Metáforas y analogías en ACT

Hace algunos años con una colega solíamos señalar en tono de queja que muchas de las que se proponían como “metáforas” en ACT eran en realidad analogías o en el mejor de los casos alegorías. Se trataba, por supuesto, de uno de esos ejercicios de pensamiento y queja inútil sobre los cuales más de uno hemos hecho carrera. Pero creo que esta vez esas distinciones tienen su interés e incluso alguna utilidad clínica más allá del mero ejercicio intelectual, por lo cual, si no tienen nada mejor que hacer, acompáñenme un par de páginas.

Metáforas, analogías, y otras formas de chamuyo

Cuando hablamos de metáforas, comparaciones, analogías, y alegorías estamos hablando de recursos retóricos, formas de construir el discurso que usamos cotidianamente. Por supuesto, hay una larga lista de recursos retóricos, pero estos cuatro son los que más nos interesan para el tema de hoy. Por este motivo vamos a necesitar primero distinguir un poco más precisamente de qué se trata cada uno antes de avanzar. No pretendo ofrecer aquí una definición canónica (vean la Poética de Aristóteles para mejores definiciones sobre las figuras retóricas), sino más bien realizar algunas precisiones que sirvan para pensar. Para ordenar las cosas podemos separar estas cuatro figuras en dos grupos, según sus efectos e intenciones retóricas, y así podemos agrupar por un lado a la metáfora y la alegoría , y por otro a la comparación y la analogía.

La metáfora, como ya probablemente sepan, es la sustitución de un término por otro, como cuando decimos de alguien que está  “en el ocaso de su vida”, en donde “ocaso” viene a sustituir “final”. La alegoría es una suerte de metáfora extendida o una serie de metáforas que se encabalgan en torno a un mismo tema central. El caso más conocido es la alegoría de la caverna de Platón, en la cual se ramifican varios aspectos de la metáfora central. Por eso hacíamos el chiste de que muchas metáforas en ACT son en realidad alegorías, ya que consisten en varias metáforas imbricadas; por ejemplo la historia de la persona en un pozo sería una alegoría, ya que hay varios elementos sucesivos (caminar por un terreno con los ojos vendados, una mochila en la que hay una pala, la persistencia en cavar y la forma de recibir ayuda exterior, por ejemplo). A fines clínicos la distinción entre metáfora y alegoría no entraña una diferencia, y en el lenguaje cotidiano ambos términos se suelen utilizar intercambiablemente.

Si vemos ahora el otro par de términos, tenemos que la comparación (también llamada símil), en cambio, involucra señalar explícitamente una relación entre dos términos: “Fulanito es peligroso como una muleta con rueditas”. Aquí yace una diferencia importante con la metáfora, ya que en ésta no se suele indicar explícitamente cuál es la relación entre los términos, cosa que sí hacemos en una comparación. De la misma forma, la analogía podemos entenderla aquí como una forma avanzada de la comparación, usualmente entre pares de términos (A es a C como B es a D), como en la casi anónima frase “la justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música”.

Por eso con mi colega señalábamos que muchas de las que se postulan como metáforas en ACT se suelen presentar más bien como analogías o comparaciones: “la mente es como X”. Por supuesto, las distinciones entre metáforas y analogías no son tan tajantes –y además hay analogías metafóricas y metáforas analógicas. Estamos hablando del dominio de la poesía, después de todo, en donde la ambigüedad es reina (otra metáfora). Pero estas distinciones rudimentarias nos servirán para lo que estoy intentando decir aquí. Y para simplificar un poco en lo que sigue usaré solo los términos metáfora y analogía, incluyendo en la primera las alegorías y en la segunda las comparaciones.

La tercera rueda del triciclo

Más allá de sus diferencias, tanto la metáfora como la analogía involucran tres elementos:

  • A) el elemento del cual estoy hablando (por ejemplo, los dientes de la persona amada)
  • B) el elemento con el cual lo estoy comparando (las perlas)
  • C) el tertium comparationis, que es la cualidad que se lleva de B a A (la blancura)

Estamos bordeando el terreno de RFT, por supuesto: tenemos algunos estímulos (verbales en este caso), relaciones entre ellos, y tenemos que las funciones de dichos estímulos se ven transformadas según las relaciones que se establecen. Tomemos el notable comienzo del Poema de los Dones de Jorge Luis Borges:

Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche

En este caso, cuando captamos el uso metafórico de “noche”, refiriéndose a su ceguera, podemos apreciar de otra manera los versos.

La diferencia central entre metáfora y analogía está en el tertium, la relación entre los términos. Una comparación es explícita respecto al tertium: “fulanito es pesado como collar de bochas”, o “está desorientado como chancho en departamento”. Desglosado nos quedaría así:

  • A) Fulanito
  • B) un collar de bochas
  • C) “es pesado como”

La metáfora, en cambio, no es explícita respecto al tertium; lo sugiere, pero sin señalarlo abiertamente. En Romeo y Julieta, por ejemplo, leemos este fragmento:

“Romeo: – ¡Se burla de las llagas el que nunca recibió una herida! (Julieta aparece arriba, en una ventana). Pero, ¡silencio!, ¿qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente, y Julieta el sol! ¡Surge, esplendente sol, y mata a la envidiosa luna, lánguida y pálida de sentimiento porque tú, su doncella, la has aventajado en hermosura!”

En este caso se trata de una metáfora o una alegoría breve, en la cual podemos encontrar:

  • A) el término del cual se habla (Julieta)
  • B) el término con el cual se la compara (el sol)
  • C) …pero Romeo no señala explícitamente de qué manera Julieta es el sol –claramente no está diciendo que Julieta sea una estrella enana amarilla, que mirarla de frente provoque úlceras oculares, ni que ejerza atracción gravitatoria sobre otros cuerpos celestes. Tampoco está diciendo explícitamente “Julieta es como el sol porque está muy hot” (sospecho que eso es lo que estaba queriendo decir Shakespeare). En cambio se sugiere la relación entre Julieta y el sol, relación que el oyente se apresura a realizar.

Este carácter más bien implícito o encubierto de la relación entre los términos hace que la metáfora tenga siempre un elemento de ambigüedad en ella: “la metáfora, por más clara que sea la semejanza desde la que se construye, conserva un elemento que Aristóteles llama ‘ser dicho oscura o enigmáticamente’ (…) o ‘enigma, adivinanza’” (Vázquez, 2010)Por este motivo la metáfora no suele ser un recurso que se utilice mucho en la ciencia, que aspira más bien a la precisión y claridad en la comunicación: “Aristóteles reconoce (…) que usamos de manera común las metáforas (en general), por lo que hacer un discurso con metáforas puede no ser extraño; sin embargo, deja abierta la posibilidad a que digamos alguna metáfora (en específico) que no sea clara y resulte extraña, o que la afirmemos con propiedad, con lo cual diríamos cosas falsas” (Vázquez, 2010).La analogía en cambio, es más clara y “lógica”, por decirlo de alguna manera, porque es explícita respecto a la relaciones entre los términos. Por eso con frecuencia se utilizan analogías en la ciencia(Brown & Salter, 2010): “la mente es como una computadora”, “el átomo es como un sistema solar en miniatura”, “la célula es como una fábrica diminuta”, etc.

Diciéndolo mal y pronto: las analogías son muy útiles cuando queremos explicar algo, mientras que las metáforas son eficaces cuando lo que queremos es transmitir una experiencia. La divertida metáfora de Ramón Gómez de la Serna la soda tiene gusto a pie dormido, nos transmite muy eficazmente, a pesar de su ambigüedad, la experiencia del sabor de la soda. Entonces, podríamos decir la analogía se nos entrega ya cocinada, mientras que la metáfora requiere que el oyente le dé un golpe de horno (otra metáfora). La metáfora requiere una participación más activa por parte de quien la recibe, hay que trabajar un poco para captar su sentido.

Otra diferencia interesante entre la metáfora y la analogía, como bien señala Törneke (2017, p. 50), es que la analogía tiende a ser más bidireccional que la metáfora: “el átomo es como el sistema solar” puede invertirse sin muchos problemas (el sistema solar es como un átomo), pero si decimos “El sol es Julieta” la cosa suena rara.

Dirán ustedes, “Maero, esto es más aburrido que escuchar un partido de ajedrez por la radio ¿por qué nos hacés esto?”. Y diré que en primer lugar yo no les hago nada, están leyendo esto por propia voluntad (digo yo contestando a mi propia objeción). Y en segundo lugar, porque creo que esto puede ayudar a pensar cómo usamos el lenguaje en la clínica de ACT.

Metáforas y analogías en la conversación clínica

Como ya sabrán, en ACT utilizamos un buen surtido de metáforas, analogías y ejercicio de todo tipo para trabajar mensajes terapéuticos clave (como “controlar experiencias internas no es viable”, “los pensamientos no controlan lo que hacemos”, “podemos elegir qué es importante en nuestra vida”, etc.). En cierto modo es una forma de psicoeducación, una forma de transmitir información psicológica relevante al caso, pero una psicoeducación que funciona de manera distinta a como se suele realizar psicoeducación en la tradición cognitivo-conductual. La diferencia está en que en lugar de transmitir información de manera puramente lógica, digamos, la utilización de estos recursos indirectos nos permite transmitir estos mensajes de manera más experiencial.

Ahora bien, algo que suele suceder con quienes están dando sus primeros pasos en ACT es algo que en las supervisiones aparece así: “yo le explico las metáforas a mi paciente pero no pasa nada”, y creo que ahí está la madre del borrego. Como mencionamos en la sección anterior, la metáfora es más eficaz para transmitir una experiencia, mientras que la analogía es más eficaz para explicar algo.

Las metáforas no se explican.

Cuando una metáfora se convierte en una analogía, o más aún, una explicación, pierde mucho de su poder evocativo. Tomemos lo que dice Romeo: “¡Es el Oriente, y Julieta el sol! ¡Surge, esplendente sol, y mata a la envidiosa luna”, y notemos lo que pasa si tratamos de convertirlo en una explicación: “¡Julieta es para mí como el sol, porque así como el sol ilumina la Tierra, Julieta desde esa ventana ilumina mi vida!”. El deterioro de la eficacia poética de ese verso no es solo porque soy un animal escribiendo (aunque mucho de eso está en juego), sino porque explicar una metáfora tiene un efecto similar a explicar un chiste: se aniquila la poesía como se aniquila la gracia (y esto ya es una analogía).

Si lo decimos un poco más en términos RFT: lo que sucede es que en la analogía entregamos una relación ya formulada, que el oyente puede aceptar o no. En la metáfora el oyente tiene que emitir la relación, tiene que “relacionar” ambos términos. En una analogía estoy entregando una regla, mientras que en una metáfora estoy proporcionando un contexto verbal para que el oyente emita una relación. Proponer una metáfora tiene algo de proponer una adivinanza: la cosa queda en suspenso hasta tanto el oyente diga algo. Volviendo a la clínica, podría decir que, puestos a utilizar alguna metáfora o historia en una sesión, hay dos intenciones o aproximaciones principales que se pueden emplear:

1) una aproximación metafórica o evocativa: crear un contexto en el cual es más probable que el oyente emita cierta relación entre los términos.

2) una aproximación analógica o explicativa: indicar una relación entre los términos.

Creo que el error en que solemos caer es confundir la segunda con la primera, explicando las metáforas en lugar de proponerlas; indicamos cuál es la relación relevante, en lugar de diseñar un contexto en el cual nuestro consultante “descubra” y emita la relación. Tomemos el caso de la conocida metáfora de El invitado indeseado (click aquí para verla animada). El mensaje terapéutico que se intenta transmitir es aproximadamente este: luchar contra experiencias internas que no nos gustan es inútil y puede hacernos perder cosas importantes de nuestra vida. Ensayemos esto con una aproximación más analógica y una aproximación metafórica y noten como se siente el mensaje en cada caso:

Cuando luchas con ese pensamiento es como si trataras de echar a un invitado de una fiesta en la cual has invitado a todo el mundo. Y ese invitado, como el pensamiento, no se va, y estás todo el tiempo pendiente de eso en lugar de estar conectado con la fiesta, que vendría a ser tu vida

Versus:

Me gustaría proponerte algo: imaginá que has decidido dar una fiesta en tu casa e invitar a todos tus vecinos. El día de la fiesta empiezan a llegar los invitados, pero también uno de los vecinos a quien no invitaste. Le pedís que se vaya, pero al rato vuelve y entra por el patio sin pedir permiso, lo echás otra vez y para que no vuelva decidís quedarte en la puerta de casa. Pero al hacer eso, notás que te perdés la fiesta: ves de lejos como la gente se divierte y la pasa bien mientras vos estás haciendo guardia para que no entre ese invitado indeseado. ¿Notás alguna similitud entre esta historia y lo que te está pasando?

La historia es un poco más larga, pero creo que con estos fragmentos alcanza para ilustrar el punto. En el primer caso estamos indicando qué es lo que sucede al luchar con un pensamiento, usando una analogía entre la historia y la situación clínica; en el segundo lugar estamos proporcionando una historia y meramente invitando a la paciente a emitir las relaciones pertinentes. No estoy diciendo que la aproximación analógica sea mala y la metafórica buena, de paso. Cada una tiene su lugar y su efecto. Una aproximación analógica es más clara, más lógica y puede ser más útil para comunicar ciertos contenidos. Una aproximación metafórica es más oscura, más experiencial y puede servir para alumbrar ciertas experiencias. Creo que lo importante es saber qué es lo que queremos hacer en la situación clínica, y elegir la aproximación que resultare más relevante para ese objetivo.

La aproximación metafórica es un poco más desafiante porque involucra un grado de incertidumbre. Al igual que cuando proponemos una adivinanza, la otra persona puede no entenderla, o proponer una respuesta que no es la que queríamos obtener. Creo que por eso inicialmente tendemos a usar aproximaciones analógicas: son menos riesgosas. Pero al mismo tiempo que es más riesgosa, la aproximación metafórica tiene más probabilidad de generar un cambio, porque es la propia persona quien conecta lo descripto en la metáfora con su propia experiencia –por este motivo los profetas tienden a utilizar parábolas y lenguaje alusivo en lugar de explicaciones racionales.

Si quieren intentar una aproximación más metafórica, algunas sugerencias generales podrían ser:

  • Piensen a la metáfora que vayan a proponer como una adivinanza que el paciente debe resolver y estén atentos a si empiezan a explicarla. Especialmente noten si están usando el “como”, que suele ser indicador de analogías o explicaciones.
  • Hablen en tiempo presente principalmente (evitando otros como el condicional o subjuntivo): “supongamos que has caído en arenas movedizas” en lugar de “si hubieras caído en arenas movedizas y trataras de salir”.
  • Si la historia lo permite, pongan al consultante en el centro de la historia, en lugar de contar algo que le pasó a otra persona (“Me gustaría que imaginaras que en este momento estás en…” o “supongamos que has recibido cien millones de dólares”).
  • Pausen y dejen espacio para que la consultante emita por sí misma la relación que están tratando de generar. Involúcrenla con la historia que están contando y no hablen solo ustedes. No den todo cocinado.

Estas sugerencias son solo eso. Hay incontables excepciones que podrían hacerse –la poesía no es asunto fácil ni claro. Pero quizá les sirvan al momento de trabajar deliberadamente una metáfora o una historia. Quisiera aclarar que todo esto no son conceptos técnicos, sino meramente algunas consideraciones clínicas sobre el arte del uso de lenguaje en la clínica. Inspiradas en ACT y RFT, claro está, pero son sólo algunas ideas que no conviene tomarse demasiado en serio.

Espero que les haya servido. Pueden dejar comentarios y demás al pie.

Nos leemos la próxima!

Referencias

Brown, S., & Salter, S. (2010). Analogies in science and science teaching. American Journal of Physiology – Advances in Physiology Education, 34(4), 167–169. https://doi.org/10.1152/advan.00022.2010

Törneke, N. (2017). Metaphor in Practice. Context Press.

Vázquez, D. (2010). Metáfora y analogía en Aristóteles: Su distinción y uso en la ciencia y la filosofía. Tópicos (México), 38.