Paciencia, presencia, práctica

En su libro Cocinar: Una historia natural de la transformación, Michael Pollan refiere cómo aprendió lo que él llama “cocinar con agua”: guisos, braseados, estofados, etcétera; se trata de aquellas cocciones en las cuales el calor se transmite al alimento por intermedio de algún líquido (a diferencia de lo que sucede cuando la comida es asada). En todos los casos, son cocciones que llevan tiempo, y mucho. Tiempo de preparación, tiempo de cocción: no se puede hacer un estofado en media hora.

Estaba yo leyendo a Pollan que cuenta que quien le enseñó lo fundamental de esa forma de cocinar fue Samin, una mujer de ascendencia iraní, que enfatizó así la necesidad de no apurar el proceso: «En un momento me dijo: “La buena cocina consiste en las tres ‘p”: paciencia, presencia, y práctica»

Las 3 ‘p’ parecen una buena forma de resumir los requisitos para tantas cosas, pero me pareció algo particularmente relevante para la psicoterapia. Al igual que la cocina, tanto el aprendizaje como la práctica en sí de la psicoterapia requieren paciencia, presencia, y práctica. Hablo desde ACT, por supuesto, pero sospecho que es ampliamente aplicable a otros modelos.

La psicoterapia requiere paciencia. No es un proceso que se pueda apurar sin perjuicio, sino más bien un proceso que requiere paciencia para la lentitud que entraña. Paciencia en seguir el ritmo de la persona con la que trabajamos (que suele ser más lento de lo que nos gustaría), paciencia en desarrollar una metáfora, un ejercicio, en explorar un tema sensible. Por eso algo que van a encontrar una y otra vez en supervisiones, libros y entrenamientos es esto: desacelerar. Desacelerar cuando empieza a aparecer evitación o fusión, desacelerar cuando se tocan valores, desacelerar cuando aparece dolor. Los resultados más rápidos requieren lentitud y paciencia. Por supuesto, lentitud no significa demora ni retraso, sino hacer las cosas al ritmo que requieren.

La psicoterapia también requiere presencia. Por un lado, esto abarca cuestiones básicas como no leer el diario en sesión. Pero por otro lado, es la presencia en lo que está sucediendo, la atención a los gestos, movimientos, palabras que están ocurriendo en la sesión. Y la presencia, siendo como somos, no es tanto acerca de quedarse o concentrarse, sino más bien de volver deliberadamente cada vez que nos desconectamos de lo que está sucediendo. La terapia es un aprendizaje, y no se puede aprender algo mientras la atención está en otro lugar. Por eso a veces puede ser útil empezar una sesión respirando, para hacer una pausa, un corte que nos permita –a terapeuta y paciente– estar presentes en la sesión.

Y también requiere práctica. Todo aprendizaje requiere práctica, y esto involucra que inicialmente las cosas pueden no salir como nos gustaría. Todos los procesos que tratamos de fomentar llevan práctica: hacerle lugar a una emoción, desenredarse de un pensamiento, volver al presente, cambiar de perspectiva, contactar con valores, guiarse por valores, son habilidades con matices, y los matices requieren repetición para adquirirse. La práctica, unida a la flexibilidad suficiente para intentar diferentes ángulos para el proceso, una y otra vez. También esto aplica tanto a terapeutas como a pacientes.

Paciencia, presencia, y práctica son cualidades necesarias para la cocina, para la psicoterapia, y para casi toda habilidad que se pueda perfeccionar. Aprender  a tocar un instrumento, a componer, a bailar, a escribir, a pintar requieren paciencia, presencia, y práctica.

Las tres cualidades están relacionadas, por cierto, porque son diferentes aspectos de una misma cosa. La paciencia requiere estar presente con el ritmo de los procesos y practicar la sujeción a esos ritmos. La presencia requiere ser pacientes con nuestra propia tendencia a la distracción, y también mejora con la práctica. Y para que la práctica sea provechosa, es necesario tener la suficiencia presencia para notar los errores y lo que puede mejorar, y la suficiente paciencia para volver a intentarlo.

Nos leemos la próxima!