Dejar de esperar

Hay que admitir que la definición que el conductismo ofrece de la depresión, como una situación caracterizada por una baja frecuencia relativa de actividades reforzadas positivamente, es cualquier cosa menos intuitiva. Como una partitura, hace falta saber interpretarla para llegar a la música que cifra.

No hay una única forma de traducirla al lenguaje cotidiano (la virtud de las definiciones técnicas es que evitan la polisemia), pero no sería del todo erróneo afirmar que esa definición, aunque un tanto árida,[1] roza lo que se suele llamar desesperanza, aquello que sucede cuando cesan nuestros esfuerzos para conseguir o cambiar una situación indeseada.

La definición caracteriza a la depresión como una situación que no es meramente adversa u hostil (las incomodidades y peligros del andinismo no deprimen a quienes lo practican), sino una que no responde, que no refuerza positivamente las acciones que buscan cambiarla u obtener algo. Cuando esto se extiende en el tiempo comienzan a predominar las actividades orientadas a prevenir o revertir un empeoramiento de la situación (es decir, reforzadas negativamente). La definición presenta a la depresión como una suerte de situación de desesperanza generalizada, y por ello mismo cronificada.[2] La depresión implica desesperar –es decir, dejar de esperar.

Ahora bien, la desesperanza en sí misma, aunque no tiene muy buena prensa, no es algo necesariamente indeseable. A menudo bajar los brazos abre nuevos caminos, nuevas formas de afrontar (pienso en desesperanza creativa y aceptación). El problema aparece cuando la desesperanza se extiende, se vuelve crónica y toca los pilares centrales de la vida, cuando afecta a las actividades o ámbitos que nos mueven (de aquí el término motivación). Cuando en esas áreas el mundo castiga o no responde a nuestras acciones transformadoras, éstas de a poco se apagan, se extinguen. La persona deja de esperar que algo suceda (ese es el problema con la pobreza estructural: cuando el proyecto de mejorar la vida se vuelve una quimera, tarde o temprano las personas dejan de intentarlo y se dedican más bien a evitar males peores y a buscar goces modestos a corto plazo).

En este sentido –siempre en el registro del lenguaje cotidiano–, el tratamiento de la depresión implica restaurar la esperanza. No basta con tener experiencias agradables para dejar de estar deprimido. Por supuesto, pueden aliviar una tarde o dar un empujón decisivo, pero lo que se requiere es restaurar la experiencia de que el mundo responde positivamente a nuestras acciones. Recuperar la esperanza para volver a proyectarse (en su sentido etimológico de lanzarse hacia adelante, hacia el futuro).

La cuestión es entonces, cómo sentir esperanza. Y aquí está el problema central: de acuerdo con la concepción conductual, no es posible hacerlo, al menos no por decisión propia. Tener esperanza depende de que nuestras acciones hayan sido efectivas –que en el pasado hayan sido reforzadas positivamente–, lo cual no depende de una decisión personal. Por mucho que lo deseemos, no podemos obligar al mundo a reforzar nuestras acciones.

De manera que no es posible sentir esperanza por mera voluntad. Lo que sí es posible es ponerse en situación de esperanza, disponer las cosas de manera tal que, con un poco de suerte, entremos en contacto con un contexto que responda a nuestras acciones en los ámbitos centrales de nuestra vida. Algo similar sucede con el amor, no podemos elegir que nos amen,[3] pero sí podemos ponernos en condiciones que lo hagan más probable: bañarnos, salir un poco, cultivar la sensibilidad.

Aquí son relevantes las distintas connotaciones de esperar: a veces significa mirar al futuro o anhelar que algo suceda (“espero que salga el crédito”). Otras veces quiere decir quedarse inmóvil y no hacer nada hasta que algo pase (“esperaré hasta que pase la tormenta”).

La esperanza es la salida, pero no puede buscarse sino sólo encontrarse. Salir de la depresión requiere comenzar a andar a ciegas y sin seguridades de hallar un camino (parafraseando el viejo consejo artístico: “que la esperanza te encuentre trabajando”). Crear una vida que pueda ser habitada por la esperanza. Por ello es tan importante construir un andamiaje de estructura, rutinas y afectos[4], andamios que nos sostengan en los intervalos de oscuridad. Eso es, a grandes rasgos, lo que buscan los tratamientos de activación conductual: organizar la vida y multiplicar las oportunidades de que el mundo responda, de que algo cambie, de que un proyecto vuelva a ser posible.

Se requiere entonces dejar de esperar que las cosas cambien por sí solas, dejar de esperar a sentirse mejor, dejar de esperar a sentirse más motivado, y ocuparse en cambio de crear un terreno fértil para el cambio.

La depresión sucede al dejar de esperar. Salir de ella requiere también, paradójicamente, dejar de esperar.

 

 

 

 

[1] Es como decir que la Puna de Atacama es un tanto seca.

[2] El reforzamiento positivo involucra una transición o novedad en el mundo mientras que el reforzamiento negativo tiende más bien a conservar o restaurar una situación, por lo que cuando este último predomina la situación general tiende a persistir sin cambios.

[3] “Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”.

[4] I get by with a little help from my friends.