Valorar y valores

Quisiera ofrecer una precisión que creo que puede ser útil para el trabajo clínico con Terapia de Aceptación y Compromiso, y que consiste en diferenciar a los valores personales en tanto productos del proceso de valorar.

Usualmente se piensa a los valores como enunciados relacionados con el propósito vital, ya sea bajo la forma de direcciones vitales generales o de cualidades deseadas bajo control apetitivo: “estar para la gente que quiero”, “ser paciente”, y así.

Una buena parte del trabajo terapéutico con valores está dirigida a producir esos enunciados, empleando conversaciones semiestructuradas y ejercicios experienciales, entre otros recursos. Parece una tarea sencilla y, sin embargo, no suele ser fácil discernir si un enunciado producido en sesión cumple con los criterios para operar eficazmente como un valor, o si en cambio debería considerárselo como una meta o un imperativo social. Esto sucede, en parte, porque no puede determinarse si un enunciado es un valor solo por su forma o topografía (lo que dice), sino que debe examinarse también su función, la clase de contexto que lo controla: “estar para la gente que quiero” puede parecer formalmente un valor, pero no lo es si esa afirmación está controlada aversivamente (por ejemplo, si la persona lo dice anticipando el rechazo social que sufriría en caso de no hacerlo). Estas ambigüedades suelen ocasionar a los terapeutas no pocas dudas respecto a si se han producido valores técnicamente “correctos”, por así decir.

Sin embargo, tengo para mí que los valores en tanto productos verbales son un aspecto más bien secundario del trabajo terapéutico en esta dimensión clínica, y que su principal objetivo, en cambio, consiste en fomentar en el paciente la habilidad, repertorio o proceso de valorar.

Esto es, los valores son el resultado de una actividad en la cual se examina una acción contra el telón de fondo de la propia vida toda y de esa vida en el mundo y la historia. Valorar una acción o situación involucra sopesar el papel que cumple en la vida, al servicio de qué está (impulsos, metas, ideales, etc.), a qué tendencias obedece y de qué mundo forma parte. La escala de lo examinado puede ir desde una acción breve y acotada en el tiempo (ceder el asiento en el colectivo, por ejemplo), pasando por una actividad más extensa (estudiar una carrera universitaria) hasta el patrón completo de actividad vital, es decir, la vida entera.

Si los valores son la respuesta, valorar es la pregunta. Una pregunta que contextualiza cada vez más la acción, que amplía progresivamente la trama vital en la que se inserta: esta respuesta que pertenece a esta actividad, que pertenece a esta meta, que pertenece a este valor, que pertenece a esta vida, que pertenece a este mundo.

En esto, creo que los valores son menos importantes que el valorar. Por supuesto, identificar con precisión los valores personales es necesario para el trabajo clínico, pero en última instancia es mucho más importante fomentar el hábito de valorar, modelar y evocar el repertorio –verbal y no verbal– que interroga por el contexto ampliado o la dirección a la que pertenece una acción o situación. Puede ser que esa interrogación produzca valores mal formulados, confusos, o simplemente un “no sé”, y eso está bien. A la larga, lo que cuenta es que las acciones sean interrogadas, que la vida no transcurra sin jamás ser examinada a la luz de lo que podría y quisiéramos que fuera.

Limitar el trabajo con valores a un par de sesiones en las que se emplean algunas intervenciones para arribar a una lista de enunciados es perderse lo más vivo y potente que tiene para ofrecer el proceso. Creo que hacer énfasis en valorar como proceso por sobre los valores como producto puede volver más fluido el trabajo y favorecer su integración con el resto de las dimensiones terapéuticas.

Como suele suceder, también aquí las respuestas son menos importantes que las preguntas.