La posición que el conductismo tiene sobre el lenguaje difiere notablemente de las concepciones tradicionales y presenta por ello varias curiosidades.
Ante todo, el conductismo no ve al lenguaje como una habilidad unitaria, sino más bien como una familia de habilidades o competencias relacionadas de varias maneras, aunque relativamente independientes entre sí. Debido a esto, una misma topografía verbal (una palabra o frase) puede cumplir varias funciones. Por ejemplo, supongamos tres escenarios:
- Una médica examinando a un niño le pregunta: “¿Qué te dijo tu mamá que tenías que decirme?”, a lo que éste responde: “Me duele la panza”.
- La médica vuelve a preguntarle al niño: “¿Qué te ha estado pasando en los últimos días?”, y el niño responde: “Me duele la panza”.
- Luego, mientras le realiza una palpación abdominal, en el momento de presionar el abdomen, el niño dice: “Me duele la panza”.
En cada escenario la respuesta verbal, topográficamente, es prácticamente idéntica. Sin embargo, en el primer escenario, la respuesta no está controlada por sensaciones físicas del niño, sino que está repitiendo algo que le dijeron. En el segundo escenario, la respuesta está bajo el control de la pregunta del médico, sin que el niño esté sintiendo dolor en ese momento. En el tercer escenario, la respuesta sí está bajo el control, al menos parcialmente, de una estimulación privada dolorosa. Tenemos entonces una topografía verbal idéntica que, sin embargo, puede cumplir diferentes funciones, es decir, puede tener diferentes relaciones con el contexto. En el uso cotidiano del lenguaje es prácticamente imposible distinguir qué función está en juego cada vez en un caso así, porque sus funciones posibles dependen de a) un estímulo privado que puede o no estar, y cumplir distintas funciones cada vez (escenarios 2 y 3) y b) la historia de aprendizaje, de haber aprendido a emitir una respuesta así al servicio de diferentes finalidades (tanto es así que Skinner sugirió que era imposible “fijar” definitivamente el sentido de los términos psicológicos y que la psicología debía tomar otro camino). Cada uso de “me duele la panza” (y la lista podría ser mucho más larga) involucra una competencia diferente.
La conducta verbal, para el conductismo, es un conjunto enorme, variado y complejo de competencias o habilidades, cuyo único rasgo común es que operan de manera socialmente mediada, es decir, que son reforzadas por la acción de otras personas que siguen las mismas prácticas verbales comunitarias, que hablan un mismo idioma. Lo característico de la conducta verbal es que involucra una mediación social que ha sido entrenada. La conducta verbal implica actuar a través de otras personas.
Otra particularidad es que, para el conductismo, el lenguaje es asimétrico. Desde la perspectiva tradicional se asume que el receptor hace lo mismo que el emisor sólo que en reversa. El emisor codifica sus ideas en palabras, el receptor decodifica esas palabras en ideas. Para el conductismo, en cambio, el hablante y el oyente están haciendo cosas diferentes, de manera que el episodio verbal es asimétrico.
Por ejemplo, si le pido a alguien “traeme el diario” estoy emitiendo una respuesta que, de acuerdo con la definición conductual, es verbal, es decir, está bajo el control de una historia de reforzamiento socialmente mediado. Pero cuando esa persona me alcanza el diario, su conducta no es verbal: ante una señal busca el diario y me lo trae; es una respuesta operante, pero no necesariamente verbal. De hecho, ni siquiera es necesario que sepa hablar, ya que se podría perfectamente entrenar a un perro para que hiciese lo mismo. Similarmente, cuando le pedimos a alguien que “imagine” una cosa, su respuesta no es la producción de una respuesta verbal sino de una operante visual bajo control del pedido y el resto del ambiente. Podría involucrar alguna clase de mediación a través de una respuesta verbal, pero eso no quiere decir que necesariamente haya una.
Esto implica una curiosidad en la que quisiera detenerme. Para Skinner, en los episodios verbales ordinarios, frecuentemente la conducta del oyente no es verbal. Esto es algo que explicitó en múltiples ocasiones a lo largo de los años:
En una comunidad verbal determinada, un individuo se convierte no sólo en un hablante sino también en un oyente. La conducta del oyente no contiene nada que sea típicamente verbal, excepto cuando el oyente, en algún sentido, también está hablando. (Skinner, 1948)
Una gran parte de la conducta del oyente no tiene parecido con la conducta del hablante y, de acuerdo con nuestra definición, no es verbal […] La conducta del hombre como oyente no se distingue de otras formas de su conducta. (Skinner, 1957, pp. 33-34)
La mayor parte de mi libro Conducta Verbal se trató sobre el hablante. Contenía algunos diagramas que mostraban interacciones entre hablantes y oyentes, pero poco análisis directo de la escucha. Pude justificarlo porque, excepto cuando el oyente en cierto grado también está hablando, la escucha no es verbal en el sentido de ser efectiva sólo a través de la mediación de otras personas (Skinner, 1989, p. 36).
No se trata ni de una contradicción ni de un problema conceptual, pero lo cierto es que la noción resulta como mínimo curiosa: ¿Cómo puede ser que el repertorio del oyente no sea verbal? Aquí tenemos que notar que, en los fragmentos citados, Skinner no está diciendo que el oyente no pueda comportarse verbalmente, sino que no siempre lo hace: “La conducta del oyente no contiene nada que sea típicamente verbal, excepto cuando el oyente, en algún sentido, también está hablando”.
Pero esto oscurece antes que aclarar el asunto: en los episodios verbales cotidianos el oyente permanece en silencio, al menos mientras está en ese rol. ¿Qué puede significar entonces que esté hablando “en algún sentido”? Schlinger(2008), sugiere una respuesta: los estímulos verbales pueden evocar en el oyente una cascada de respuestas verbales subvocales encubiertas, es decir, puede estar “hablando en silencio” junto con el hablante (p. 150).
Su tesis se sustenta en un fenómeno conductual muy común: una respuesta pública puede reducirse en intensidad hasta volverse incipiente o indetectable (Skinner, 1984, p. 549). Muchas respuestas pasan por este proceso, que las vuelve más eficientes y las sustrae de consecuencias sociales indeseadas. Por ejemplo, al aprender a jugar al ajedrez es común que las personas piensen “con las manos”, es decir, que tomen una pieza, la suelten, tomen otra, y que ensayen con ella diferentes acciones sobre el tablero. Esto presenta varios inconvenientes: es engorroso, revela al oponente las movidas consideradas, y además tiene sanciones que se le perdonan al principiante pero no a quien juega en serio (la regla es “pieza tocada, pieza movida”). De manera que la persona va inhibiendo progresivamente esos movimientos tentativos (por ejemplo, haciendo el movimiento de tomar la pieza pero frenándose en el último momento) hasta que dejan de ser observables, volviéndose más eficientes y disimulados. Es entonces cuando decimos que hace las jugadas “en su cabeza”, pero esto no implica un cambio de naturaleza: la respuesta no ha pasado de física a mental, sino de pública a encubierta o incipiente.
Este proceso de “privatización” de una conducta puede verificarse de primera mano repitiendo una palabra cualquiera y reduciendo progresivamente su volumen hasta decirla de manera completamente privada. Si prestamos atención al hacer eso notaremos que se vuelve cada vez más silenciosa, incipiente, pero que no hay un punto en el cual cambie de naturaleza, sino más bien que se vuelve propioceptivamente inaudible, por así decir. E incluso cuando se vuelve completamente encubierta quizá podamos notar que se siguen produciendo levísimos movimientos en la lengua y en el resto del aparato fonador –no es una ilusión, se ha comprobado que cuando hablamos en silencio hay actividad nerviosa vinculada con los músculos productores del habla (Ryding et al., 1996).
De manera que en un episodio verbal el oyente puede actuar de manera no verbal, como cuando le pido a alguien el diario o que imagine algo, o actuar de manera verbal, lo que implicaría emitir una respuesta verbal subvocal. Son dos formas diferentes de participar en un episodio verbal, que equivalen aproximadamente a la distinción entre lo que cotidianamente llamamos oír y escuchar.
Dicho de otro modo, escuchar es comportarse verbalmente. A diferencia de lo que postula la concepción tradicional, escuchar no es recibir información pasivamente, sino que implica una conducta verbal activa, implica hablar con el hablante. De hecho, la fisiología ha descubierto que al escuchar a alguien que habla se eleva el potencial motor de los músculos de la lengua y los labios, lo que podría sugerir la producción de algún tipo de respuesta verbal (Fadiga et al., 2002; Watkins et al., 2003).
De manera que “parece razonable sugerir que lo que hacemos cuando escuchamos a alguien es hablarnos a nosotros mismos (de manera encubierta), acerca de lo que el hablante está diciendo” (Schlinger, 2008, p. 152). Dicho de manera más técnica, escuchar implica emitir una cascada de respuestas verbales controlada parcialmente por los estímulos verbales producidos por el hablante. La pregunta, entonces, es qué clase de respuestas verbales estarían involucradas.
Skinner ofreció en Conducta Verbal (1957) una clasificación general de las operantes verbales: mandos, tactos, intraverbales, ecoicas, y autoclíticas. Cada una describe una función conductual diferente, de manera que una respuesta verbal idéntica en forma puede cumplir diferentes funciones según el contexto: si decimos “agua” cuando se nos pregunta qué hay en un vaso, estaríamos probablemente emitiendo un tacto; si, en cambio, deshidratados en el desierto, imploramos “agua”, se trataría de un mando (en términos comunes, una descripción y un pedido, aproximadamente). Misma forma, distinta función según cómo sea controlada por el contexto.
La conjetura de Schlinger es que escuchar involucraría, como mínimo, la emisión de respuestas verbales ecoicas e intraverbales. Las primeras, como su nombre lo indica, son aquellas que hacen eco de las palabras escuchadas. Es repetir lo que se nos dice, como cuando nos repetimos el nombre de una persona que nos acaban de presentar. Las intraverbales, por su parte, se definen como respuestas verbales que han sido reforzadas frente a un estímulo verbal particular (Palmer, 2016), es decir, lo que en el lenguaje cotidiano se denomina asociación de palabras. Por ejemplo, decir nuestro nombre ante el estímulo verbal “¿cómo te llamás?” sería un caso de control intraverbal. Las intraverbales componen la mayoría de nuestro repertorio verbal: son nuestros refranes, frases comunes, definiciones, y un extensísimo catálogo de cosas que decimos “de memoria”. La extensión de las intraverbales es altamente variable; pueden ser tan breves como una sola palabra o tan largas como un poema entero. En un sentido, las intraverbales reflejan nuestra historia:
Mi repertorio intraverbal será muy diferente al tuyo debido a las diferentes canciones que escuchamos, los diferentes poemas que hemos memorizado, los diferentes autores que hemos leído, las diferentes cosas de las que nuestros amigos han hablado, y así. Algunas intraverbales son comunes a toda una cultura (…) pero de seguro forman solo una pequeña parte del repertorio intraverbal de un individuo (Palmer, 2016, p. 100).
La técnica psicoanalítica de la atención libre, de acuerdo con la mirada conductual, consistiría en propiciar secuencias de respuestas verbales bajo control mayormente intraverbal, [1] intentando inhibir otras fuentes de control con la expectativa de identificar patrones y regularidades en ellas que se relacionen con las conductas clínicamente relevantes (el problema es que el control de la conducta verbal siempre es múltiple, por lo que, más allá de la instrucción, las respuestas verbales evocadas de esa manera se verán influenciadas por cualquier estimulación accidental, incluso la que es imperceptible tanto para el paciente como el terapeuta: una molestia en el abdomen, una incomodidad en la silla, cambios en la luz, etc., haciendo casi imposible distinguir la señal entre el ruido).
Entonces, lo que llamamos escuchar involucraría (sin limitarse a) decir lo que el hablante está diciendo y responder a ello con nuestro propio acervo de respuestas verbales. Podríamos entonces pensar que escuchar a alguien que dice “en casa de herrero…” implica repetir esas mismas palabras y completarlas, de acuerdo con la historia personal, diciendo de manera encubierta “cuchillo de palo”. Una ecoica y una intraverbal.
Escuchar, entonces, involucra repetir las palabras de quien habla, decir sus palabras con nuestra voz, y sumar nuestras propias palabras, nuestra propia historia. Escuchar abarca eco y deriva.
El arte de escuchar
Hay algunas observaciones interesantes que se desprenden de esta concepción. En primer lugar, esto implica que la escucha tiende a socavarse a sí misma por su propia naturaleza:
Cuando escuchamos a alguien, algunas de nuestras respuestas ecoicas pueden funcionar como estímulos discriminativos (Ed) para respuestas intraverbales que pueden (…) evocar otras respuestas intraverbales, ya sea acerca de lo que el hablante está diciendo o que no tengan nada que ver con lo que está diciendo. Cuando esto último ocurre, dejamos de escuchar al hablante (se dice que ya no estamos prestando atención), convirtiéndonos en nuestro propio hablante y oyente. (Schlinger, 2008, p. 155)
El proceso es suficientemente familiar: nos dicen algo, escuchamos un poco y luego nos perdemos en nuestras propias ideas. De manera que en la escucha constantemente compiten, como fuentes de control, las palabras del hablante y la propia historia verbal del oyente, y esta es una dinámica que es crucial navegar con habilidad en el trabajo clínico.
Responder a lo que el paciente nos dice con alguna parte de nuestra historia verbal (es decir, conceptualizar, clasificar, interpretar, etiquetar, evaluar, considerar posibles respuestas, etc.), es parte integral de la tarea pero tiende a distanciarnos de lo que dice, por lo que hay que tener siempre presente a quién estamos escuchando: al paciente o a nosotros mismos.
Relacionado con esto, podemos notar que la instrucción de atención flotante psicoanalítica implicaría, de acuerdo con esta lectura, fomentar en el oyente un repertorio bajo control mayormente ecoico, inhibiendo o postergando el control intraverbal. Al margen de las especulaciones psicoanalíticas sobre el funcionamiento y objetivos de este procedimiento, desde un punto de vista puramente conductual es interesante considerar la posibilidad de inhibir la deriva intraverbal para sostener la escucha sobre secuencias verbales más extensas, responder a fragmentos más extensos de la conducta verbal del paciente. Por así decir: en lugar de escuchar palabras u oraciones, escuchar párrafos, páginas, capítulos.
Otra cosa que podemos señalar es que escuchar es difícil porque no es sólo recibir información de manera pasiva sino un hacer. Cuando alguien pide ser escuchado está pidiendo que pronunciemos sus palabras, que las hagamos nuestras, en un sentido.
No es difícil imaginar por qué eso podría despertar rechazo. No querríamos hacer propias las palabras de un nazi, digamos, pero incluso sin llegar a ese extremo esto es relevante en la vida cotidiana. Es bastante común que una discusión acalorada llegue a un punto tal que uno de sus participantes deje de escuchar. En esos momentos, hablar es tan vano como gritarle a una nube, por lo que es una cortesía y una cuestión práctica identificar cuándo no estamos en condiciones de hacerlo.
La escucha es algo que se invita o se ofrece, no algo que se impone. Podemos obligar a alguien a oírnos, pero no a escucharnos. De manera que, si queremos ser escuchados, especialmente al tratar temas delicados, tenemos que crear las condiciones necesarias para que ese oyente pueda hacer con nosotros, como al invitar a alguien a bailar. Propiciar las condiciones para la escucha, hablar de manera tal, en tono, ritmo y vocabulario, que la persona que tenemos enfrente pueda seguirnos, que responder a nuestras palabras no le resulte intolerablemente aversivo. Cuando es imposible hacerse eco de las palabras, la escucha se desvanece.
Escuchar haciendo eco de las palabras ajenas, con el cuidado de no perdernos en las propias; hablar de manera tal que nuestras palabras inviten a escuchar y a regresar, en un movimiento constante de eco y deriva.
Referencias
Fadiga, L., Craighero, L., Buccino, G., & Rizzolatti, G. (2002). Speech listening specifically modulates the excitability of tongue muscles: A TMS study. European Journal of Neuroscience, 15(2), 399–402. https://doi.org/10.1046/j.0953-816x.2001.01874.x
Palmer, D. C. (2016). On Intraverbal Control and the Definition of the Intraverbal. The Analysis of Verbal Behavior, 32(2), 96–106. https://doi.org/10.1007/s40616-016-0061-7
Ryding, E., Brådvik, B., & Ingvar, D. H. (1996). Silent speech activates prefrontal cortical regions asymmetrically, as well as speech-related areas in the dominant hemisphere. Brain and Language, 52(3), 435–451. https://doi.org/10.1006/brln.1996.0023
Schlinger, H. D. (2008). Listening is behaving verbally. Behavior Analyst, 31(2), 145–161. https://doi.org/10.1007/BF03392168
Skinner, B. F. (1948). Verbal Behavior – William James Lectures. Harvard University Press.
Skinner, B. F. (1957). Verbal Behavior. Prentice-Hall.
Skinner, B. F. (1989). Recent Issues in the Analysis of Behavior. Merrill Publishing Company.
Watkins, K. E., Strafella, A. P., & Paus, T. (2003). Seeing and hearing speech excites the motor system involved in speech production. Neuropsychologia, 41(8), 989–994. https://doi.org/10.1016/S0028-3932(02)00316-0
[1] Como en la construcción de un cadáver exquisito.

