Acerca de las diferencias entre aceptación y resignación

Una de las distinciones más difíciles de aprehender en ACT es la que existe entre aceptación y resignación. En general, solemos tener una idea difusa al respecto, del estilo “la aceptación es buena, la resignación es mala”, o alguna definición que suena simpática sin ser muy precisa (podría citar un par de ejemplos pero estoy tratando de mantener reducido mi número de enemigos).

Ahora bien, creo que hay algunas razones a favor de sostener que una idea clara y precisa de la diferencia entre ambos conceptos puede resultar de utilidad, no sólo para presumir de solvencia conceptual en reuniones de colegas, sino también para mejorar la práctica clínica, y en particular el uso de procedimientos de terapia de exposición. Para esto, necesitamos dar antes un pequeño rodeo, como siempre.

Evitación experiencial y función

Algo a tener en cuenta antes de avanzar es que ningún estímulo tiene efectos por mera proximidad, por el mero estar en el rango perceptual de un organismo, sino que se requiere el establecimiento de una relación con alguna conducta para que tenga una función psicológica, para que ese estímulo importe, psicológicamente hablando. Por ejemplo, el borde de la pantalla del aparato con el que están leyendo ahora mismo probablemente no esté ejerciendo ninguna función (hasta este momento en que lo señalo), a pesar de que está disponible para ser percibido. Es, por así decirlo, parte del paisaje. Es su relación con una conducta lo que establece una función para ese estímulo.

Veamos entonces evitación experiencial. Dicho de la manera más simple posible, hablamos de evitación experiencial de una persona cuando algunas de sus experiencias internas (pensamientos, sentimientos, recuerdos, emociones, sensaciones físicas, impulsos, etc.), son la ocasión para que emita conductas de evitación o escape (en formas que resultan inefectivas o que generan sufrimiento adicional). Notarán que así definida, evitación experiencial no se refiere a una estrategia específica, sino que describe una relación funcional entre estímulo y conducta. Ninguna conducta “es” evitación experiencial, sino que se la denomina así cuando “sirve” –por  así decir–  principalmente para reducir o controlar malestar. Puedo tomar una copa de vino para reducir mi ansiedad, o puedo tomar una copa de vino para apreciar su sabor, y sólo en el primer caso estaríamos hablando de evitación experiencial. La evitación experiencial consiste en que las experiencias internas pueden adquirir funciones discriminativas para conductas de evitación, es decir, las experiencias internas pueden funcionar como señales de que es un buen momento para emitir una conducta de evitación.

Quizá esto sea más claro si consideran la alarma de incendios de un edificio. Al sonar, la alarma no nos obliga a evacuar (podríamos permanecer adentro si fuera necesario), sino que meramente señala que sería una buena idea poner en marcha alguna conducta de evitación tal como poner la mayor distancia posible entre el edificio y nosotros mismos. Esta función discriminativa para emitir una conducta de evitación no es algo intrínseco de la alarma, sino que es adquirida. Imaginen que es su primer día de clases en la escuela y escuchan un timbre: solo cuando supieran si el timbre señala el fin de la clase o que la escuela se está prendiendo fuego podrían emitir una conducta de aproximación (salir hacia el patio y el recreo), o una de evitación (salir del edificio).

Lo mismo pasa con las experiencias internas: por medio de ciertos procesos –que no vamos a explicitar aquí por razones de espacio– las experiencias internas pueden adquirir funciones discriminativas para conductas de evitación (véase Friman, Hayes, & Wilson, 1998).

Ahora bien, las experiencias internas no son en sí algo a evitar. No son peligrosas, no son negativas, no son nocivas, no son tóxicas: son. Es el intento de controlar, resolver, reducir o evitar una experiencia lo que la vuelve problemática. Cuando las experiencias internas ostentan predominantemente funciones discriminativas para conductas de evitación, es ahí cuando hablamos de evitación experiencial.

Evitación, aceptación, resignación, y otras palabras que riman.

Es evitación experiencial, entonces, cuando de una experiencia interna predomina lo que podríamos llamar su función de evitación (no es una denominación técnicamente correcta, pero sí menos engorrosa para la lectura), por sobre otras funciones posibles. Volvamos al ejemplo de la alarma contra incendios: cuando suena, lo predominante sobre nuestras acciones es su función de evitación (el señalar la evacuación del edificio), no sus cualidades sonoras –uno no se pone en ese momento a ponderar la afinación de la alarma, o si tiene patrones rítmicos identificables.

Pero armados de esta idea también podemos intentar una definición de aceptación: hablamos de aceptación de experiencias internas cuando, al estar en contacto con ellas, no predominan sus funciones de evitación, sino otras funciones diferentes, como por ejemplo interés, atención, curiosidad, o aproximación en general.

Es decir, hablar de aceptación implica establecer funciones distintas de las evitativas para las experiencias internas. No basta con meramente “tener” las experiencias previamente evitadas, sino que para que podamos hablar de aceptación tiene que modificarse la relación funcional entre las experiencias internas y las conductas.

Ver la cuestión de esta manera quizá arroje algo de luz sobre la idea de resignación: podemos llamar así a la situación de estar en contacto con el estímulo (la experiencia interna en cuestión), cuando en dicho estímulo siguen siendo predominantes sus funciones evitativas, pero sin esfuerzos activos de solución. El ejemplo más conocido de resignación es el fenómeno de la desesperanza aprendida: la situación sigue siendo aversiva, pero ya no emito respuestas de evitación.

Clínicamente, decimos entonces que un paciente está resignado a tener pánico, digamos, cuando aún lo experimenta, cuando aún quiere desesperadamente dejar de sentir pánico, pero no sabe ya de qué manera. Decimos que está aceptando, en cambio, cuando se acerca al pánico, cuando lo experimenta con curiosidad, con interés, o como una experiencia predominantemente sensorial, como si fuera la primera vez que uno ve La Gioconda.

Por eso suele asociarse aceptación a actividad y resignación a pasividad. Aceptación significa que cambian las funciones de una experiencia interna, mientras que resignación significa que las funciones siguen iguales. Podríamos, haciendo un descalabro conceptual, resumir las diferencias en un cuadro que nadie debería tomarse en serio:

Funciones de las experiencias internas Conductas
Evitación experiencial Evitativas Orientadas activamente a las experiencias internas
Resignación Evitativas Orientadas pasivamente hacia las experiencias internas
Aceptación Otras (percepción, curiosidad, atención, etc.) Orientadas hacia otras características de la situación (por ej. valores)

Hayes y colaboradores lo dicen mejor:

Aceptación no es tolerancia pasiva o resignación sino una conducta intencional que altera la función de las experiencias internas, de eventos a ser evitados a focos de interés, curiosidad y observación como parte de vivir una vida valiosa.(Hayes, Levin, Plumb-Vilardaga, Villatte, & Pistorello, 2013)

Por eso hablamos con frecuencia en las terapias de tercera ola de “la función de los pensamientos/sentimientos/sensaciones”, porque lo que estamos intentando modificar es la función, no la forma de la experiencia interna. Cada ejercicio, cada metáfora, está destinada a que las experiencias internas pierdan sus funciones discriminativas evitativas, que pierdan su gancho sobre las acciones.

Exposición y aceptación

Por lo que venimos diciendo, quizá resulte clara la cercanía entre aceptación y las terapias que utilizan exposición. Ya sea que se trate de procedimientos estructurados (exposición prolongada, interoceptiva, con prevención de respuesta, etc.), o de procedimientos más bien informales (vulnerabilidad, escritura expresiva, exposición emocional), las terapias basadas en exposición siempre recurren a reducir la distancia psicológica entre la persona y el estímulo evitado en cuestión.

Pero aquí está el nudo del asunto: para que sea exposición (o al menos para que sea una buena exposición), tiene que existir un cambio en la función del estímulo evitado –o en el caso que nos ocupa, un cambio en la función de la experiencia interna evitada. Esto es algo que a menudo es fuente de confusión para terapeutas de otras orientaciones teóricas: no es exposición tirar a la pileta a una persona que le tiene miedo a nadar; no porque sea feo, malo o poco ético, sino porque no hay cambio en la función del estímulo. Reducir la distancia física entre una persona y un estímulo no modifica su función, de la misma manera que no importa si la alarma de incendios suena al lado de mi cabeza o a 50 metros, en ambos casos voy a abandonar el edificio. Cuando tiro a la pileta a una persona que tiene miedo a nadar no estoy cambiando ninguna función, el agua sigue teniendo funciones aversivas, sólo he reducido la distancia entre el agua y la persona.

Ahora bien, es posible pensar que en algunos casos la mera proximidad física con el estímulo podría, hipotéticamente, llevar a cambios en su función. Si tengo miedo a los gatos y me encierran con uno durante 5 años, quizá eventualmente nos haríamos amigos, pero como estrategia terapéutica resulta poco recomendable. Por eso mismo, la resignación podría pensarse como un poco más cercana a la aceptación, pero aún implica un proceso fundamentalmente distinto.

Por todo esto, un buen terapeuta de exposición no es el que tira al paciente al agua, sino el que crea un contexto en el cual puedan desarrollarse otras funciones para el estímulo evitado, el que fomenta una mayor variabilidad de la conducta en presencia de dicho estímulo. El terapeuta que modela y propicia atención, humor, interés, curiosidad, contemplación hacia lo evitado, es decir, el que favorece funciones que compitan con las funciones evitativas, no el que meramente obliga a tolerar el malestar (hay buena evidencia de que es mala idea hacer exposición con foco en la reducción de ansiedad, véase Craske, Treanor, Conway, Zbozinek, & Vervliet, 2014). Por lo mismo, añadiría, aceptación no consiste en un “bancátela”, es decir, el mero experimentar un malestar, sino que aceptación implica un cambio en la función de ese malestar, a diferencia de la mera resignación. Vale notar que en ambos casos no se intenta modificar el estímulo (por ejemplo, no se trata de reducir la ansiedad), sino su función.

Por eso, quizá la mejor manera de trabajar exposición o aceptación no sea hacer hincapié en tolerar y en “esperar que pase el malestar”, sino en favorecer conductas con funciones distintas de las evitativas. En el caso de la persona con miedo al agua, por ejemplo, alentar a notar cómo se siente el agua en el cuerpo, como se siente el cuerpo en el agua, el cambio de temperatura, el sabor, el cambio en el paisaje sonoro al meter la cabeza bajo el agua, las otras experiencias internas que surgen al estar en contacto con el agua, etc. De la misma manera, en el caso de una emoción en sesión, el notarla en el cuerpo, apreciar sus cualidades sensoriales, los recuerdos, impulsos y pensamientos que la acompañan, etc.

El punto al cual quería llegar con estos insoportables y erróneos rodeos es este: aceptación y exposición son distintas formas de nombrar el mismo proceso, esto es, no la mera cercanía con un estímulo previamente evitado sino el cambio en su función.

Espero que les haya resultado útil, nos leemos la próxima.

(Con un agradecimiento a Paula José Quintero por el feedback!)

Referencias

Craske, M. G., Treanor, M., Conway, C. C., Zbozinek, T., & Vervliet, B. (2014). Maximizing exposure therapy: An inhibitory learning approach. Behaviour Research and Therapy, 58, 10–23. http://doi.org/10.1016/j.brat.2014.04.006

Friman, P. C., Hayes, S. C., & Wilson, K. G. (1998). Why behavior analysts should study emotion: the example of anxiety. Journal of Applied Behavior Analysis, 31(1), 137–156. http://doi.org/10.1901/jaba.1998.31-137

Hayes, S. C., Levin, M. E., Plumb-Vilardaga, J., Villatte, J. L., & Pistorello, J. (2013). Acceptance and Commitment Therapy and Contextual Behavioral Science: Examining the Progress of a Distinctive Model of Behavioral and Cognitive Therapy. Behavior Therapy, 44(2), 180–198. http://doi.org/10.1016/j.beth.2009.08.002

 

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