Metáforas de la memoria

La metáfora no sólo puede usarse para embellecer lo que se dice, sino también para guiar nuestro pensamiento, es decir, puede cumplir funciones tanto estéticas como heurísticas (Lakoff & Johnson, 1980).

Esto último tiene lugar cuando un evento o experiencia que se busca comprender (que técnicamente sería el tenor) es abordado usando como modelo conceptual las características de otro evento que se entiende mejor (el vehículo). Se toman prestadas las categorías de uno para entender de qué se trata el otro. Por ejemplo, el esquema vulgar de las heridas físicas fue adoptado como modelo para conceptualizar las respuestas psicológicas ante un evento adverso intenso, dando origen al concepto de trauma como “herida psicológica” (algo similar ha sucedido con conceptos tales como resiliencia, depresión, apego, entre otros).

No se trata de una analogía simple, sino que la estructura conceptual entera del vehículo es superpuesta al tenor, invitando a pensarlo de cierta manera: una herida es algo recibido más bien de manera pasiva, relativamente independiente de la historia personal; implica una víctima; un evento causal discreto; una localización; un proceso de curación restaurativo; una cicatriz, etcétera. Este esquema conceptual organiza nuestra comprensión de esas reacciones psicológicas de una cierta manera, y aunque esto puede ayudarnos a entender mejor, no pocas veces termina teniendo el efecto contrario. El tiempo y la costumbre tienden a invisibilizar la operación metafórica original, y cuando esto sucede el evento a comprender queda preso en una estructura conceptual que le es ajena pero que no es percibida como tal, y que nos obliga a pensarlo de ciertas maneras, excluyendo otras. Lo que pretendía ser un andamio termina siendo un chaleco de fuerza.

Pensar al trauma psicológico según el modelo de la herida puede hacernos pasar por alto las formas en las cuales ambas experiencias difieren. A diferencia de, digamos, una herida causada por un buen piedrazo en la cabeza, el trauma psicológico es fuertemente dependiente de la historia personal y de la evitación peritraumática (Marx & Sloan, 2005); es también multicausal e histórico, mientras que no suele considerarse de esa manera a la herida causada por un piedrazo; tampoco hay una proporcionalidad en la respuesta: una piedra más grande tiende a causar una herida peor, pero esto no es así con el trauma; tampoco es muy adecuado hablar de respuestas psicológicas en términos de una “curación” que implique una vuelta al funcionamiento “normal”. Por todo esto, pensar a esa experiencia según el modelo de la herida puede hacer que el psicólogo fuerce una estructura conceptual inadecuada sobre la experiencia del paciente.

Las metáforas pueden oscurecer tanto como iluminar, y por eso hay que usarlas siempre con cuidado. Quisiera dedicarle estas líneas a una de las metáforas más ampliamente empleadas por la psicología: la metáfora de almacenamiento y recuperación (también conocida como la metáfora del archivo), una metáfora cuyas luces han proyectado largas y persistentes sombras sobre lo que pretendía explicar. Veamos entonces de qué se trata, los problemas que ofrece, y exploremos algunas formas alternativas de comprensión.

A guardar, a guardar, cada metáfora en su lugar

Un problema clave para la psicología es dar cuenta de lo que sucede cuando describimos un atardecer al día siguiente o cuando seguimos una receta de memoria –es decir, a grandes rasgos, lo que sucede cuando parece que respondemos a estímulos que no están inmediatamente presentes, estímulos del pasado.

Este es un problema clave para cualquier intento serio de dar cuenta de la conducta humana. Una buena parte del repertorio de cualquier organismo está controlada por la situación actual en la que se encuentra, y esto es algo relativamente fácil de explicar. Pero hay todo un abanico de respuestas que parecen estar controladas por eventos pasados y que por tanto están ausentes en el momento de la respuesta. Esto presenta un problema más difícil de responder: ¿cuál es el mecanismo por el cual un estímulo o evento experimentado horas, días o años atrás  “salta” la brecha temporal y afecta la conducta actual? Consideremos como ejemplo el breve cuento de Borges, “El Cautivo”:

En Junín o en Tapalqué refieren la historia. Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla. De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.

Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto. Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.

Ese “instante de vértigo” ilustra el interrogante que nos ocupa: ¿cómo puede ser que el hombre encuentre el cuchillo que guardó el niño?

Para entender este fenómeno, la psicología vulgar o espontánea ha recurrido a una actividad familiar y más inmediatamente comprensible: el almacenamiento y recuperación. Esto es, cotidianamente almacenamos objetos que luego buscamos y recuperamos: ponemos un libro en la biblioteca, ahorramos dinero en una cuenta bancaria, compramos comida para la despensa. Almacenar y recuperar es una actividad (más bien un conjunto de actividades) que está firmemente arraigada en el sentido común de la mayoría de los seres humanos. El sentido común adoptó esa actividad como vehículo y asumió la existencia de una operación psicológica similar a la operación física. Así como el cautivo guardó el cuchillo que luego recuperó, algo similar debe haber sucedido en su organización psicológica, algo debe haber sido guardado y recuperado luego, y así nació la metáfora del almacenamiento como estrategia explicativa.

Este fue el esquema conceptual que la psicología vino a adoptar para explicar el efecto de los estímulos distantes en el tiempo. De acuerdo con la metáfora, se supuso que el organismo de alguna manera almacena la experiencia, y que luego la busca y recupera. Actividades como la escritura, la pintura y la fotografía, que crean registros almacenables de las experiencias, vinieron a reforzar y refinar la analogía.

La metáfora del almacenamiento no sólo se ha empleado para explicar los mecanismos de la memoria, sino una buena porción del funcionamiento psicológico, incluyendo la acción de reglas y pensamientos: “Los procesos mentales son a menudo descriptos en términos que aplican al comportamiento real en un espacio físico. Hablamos de almacenar recuerdos, de buscarlos y de encontrarlos. Organizamos nuestros pensamientos; buscamos recuerdos que han sido perdidos y si tenemos suerte los encontramos” (Roediger, 1980, p. 232).

Ahora bien, en el mundo físico lo almacenado es un objeto o registro material en sí mismo: un cuchillo, un mapa, una fotografía. Pero al llevar este esquema conceptual a lo psicológico nos encontramos con una primera y decisiva limitación de la metáfora: obviamente, no es posible almacenar o guardar la experiencia en sí misma. Se introdujo entonces una suposición accesoria: lo que se almacena y recupera debe ser alguna clase de copia o representación del evento físico, y debe haber algún lugar donde eso sucede. De esta manera la metáfora del almacenamiento devino en la hipótesis de un espacio mental –el teatro interno cartesiano– habitado por las sombras de las experiencias.

De acuerdo con este esquema conceptual, el cautivo borgeano habría almacenado dos cosas: el cuchillo y el recuerdo del cuchillo; el primero en la cocina, el segundo en algún lugar de su mente. Al hallarse nuevamente en su hogar de la infancia, presumiblemente habría buscado y encontrado el cuchillo; primero en su mente, luego en la cocina. Noten que todo este mecanismo es completamente conjetural, ya que el fenómeno observado es meramente el de una respuesta actual al parecer guiada por un evento del pasado, el resto es hipótesis confeccionada de acuerdo con el modelo del almacenamiento.

Esta explicación ha hecho carrera en la psicología. La metáfora aparece en Platón, en Freud, en la tradición cognitiva, en las neurociencias, tanto en el ámbito académico como en la divulgación. En la película de animación sobre las emociones Inside Out (Intensamente o Del Revés, como ha sido traducida al castellano) podemos ver una ilustración literal de la metáfora: cada experiencia de la protagonista produce una bolita que contiene ese recuerdo particular y que se archiva en un almacén mental gigante para ser recuperada luego.

La metáfora ha sido tan exitosa que se ha vuelto la manera por defecto para entender esta clase de fenómenos, al punto que es difícil pensar explicaciones que prescindan de ella. Dudar que se almacenan y recuperan recuerdos y otros contenidos mentales es como dudar de que el agua moja: “La concepción de la mente como un espacio mental en el cual los recuerdos son almacenados y luego recuperados por un proceso de búsqueda ha servido como una explicación general y poderosa del fenómeno de la memoria humana. Actualmente no hay otra concepción general de la mente o la memoria que rivalice con esta perspectiva” (Roediger, 1980, p. 238).

Sin embargo, esta metáfora, que puede ser útil para hablar cotidianamente de estos fenómenos, hace agua por todas partes cuando se la examina con ojo crítico. El almacenamiento y recuperación en el mundo físico es fácil de comprender, pero cuando ese esquema conceptual se traslada a un hipotético mundo interno se presentan un sinfín de interrogantes, como por ejemplo: “¿Con qué órganos [la persona interior] puede recibir estímulos y hacer copias de ellos? ¿De qué están hechas las copias? ¿En qué espacio las almacena? ¿Cómo las etiqueta para encontrarlas luego? ¿Cómo escanea las etiquetas en el almacén de la memoria para encontrar una copia particular?” (Skinner, 1969, pp. 273–274).

No sólo estas preguntas son extraordinariamente difíciles de responder, sino que además dejan en evidencia el desplazamiento de la cuestión. El fenómeno que se buscaba explicar originalmente era el de un estímulo o situación del pasado que afecta a la acción presente, pero la metáfora nos lleva a ocuparnos de eventos hipotéticos en otra dimensión de la experiencia que requieren de complejas estructuras cognitivas conjeturales para tener sentido.

A grandes rasgos, la metáfora del almacenamiento nos induce a suponer que las personas a) crean entidades u objetos mentales discretos que copian o representan la realidad (lo que introduce la cuestión sobre la génesis, naturaleza y funcionamiento de esas entidades), b) las almacenan en una especie de almacén interno indexado (trayendo la cuestión sobre qué tipo de espacio es, sus dimensiones y la forma de indexación), c) recuperan esas representaciones (lo cual conlleva el interrogante sobre cómo se elige qué representación recuperar en cada caso[1]), y d) las representaciones son “re-contempladas” como si estuvieran presentes (lo cual conlleva el interrogante de con qué órgano interno se contemplan). Es un esquema conceptual muy poco parsimonioso, que requiere apilar suposiciones y entidades hipotéticas para explicar adecuadamente, y que por ello ha sido criticado por diversas perspectivas, entre ellas, el conductismo radical:

La metáfora del almacenamiento en la memoria, que parece haber sido confirmada de forma tan espectacular por la computadora, ha causado muchos problemas. La computadora es un mal modelo, tan malo como las tablillas de arcilla en las que probablemente se basó la metáfora en un principio. Es cierto que creamos registros externos para su uso futuro, para complementar las contingencias defectuosas de refuerzo, pero la suposición de un proceso interno paralelo de mantenimiento de registros no añade nada a nuestra comprensión de este tipo de pensamiento. (Por cierto, no es el conductista, sino el psicólogo cognitivo, con su modelo informático de la mente, quien representa al hombre como una máquina.) (Skinner, 1974, p. 122)

En última instancia, la teorización psicológica, como otras ciencias, debe prescindir de las metáforas, arribando a la descripción de la organización de las relaciones entre los hechos observados (Skinner, 1959, pp. 301, 302). En algún momento es necesario abandonar las explicaciones de tipo “es como si…” para dar una respuesta a la cuestión en términos psicológicos.

Sin embargo, esto no implica rechazar de plano cualquier metáfora. Como mencioné al principio, las metáforas tienen valor heurístico y educativo, guían la exploración, iluminan las relaciones entre los hechos observados y hacen más fácil su transmisión y divulgación. La metáfora del almacenamiento es inadecuada, ya que crea más problemas de los que resuelve, pero esto no nos impide obtener nuevas comprensiones por medio de apelar a diferentes metáforas de la memoria. Veamos algunas de ellas.

Del almacenamiento a la transformación

Recordemos que el fenómeno que la metáfora del almacenamiento busca explicar es aquél por el cual una respuesta actual está influenciada por eventos pasados, como buscar en la adultez el cuchillo que fue escondido en la infancia o responder con “en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” cuando alguien me pregunta cómo empieza el Quijote. Esa es la clase de evento a explicar.

La metáfora del almacenamiento explica estos fenómenos suponiendo que constantemente se crean copias o registros de la experiencia que se almacenan internamente para ser recuperados y consultados luego. Hay un cuasiobjeto (una regla o representación) que se posee, una pieza añadida a un museo mental infinito. Como hemos visto, esta perspectiva presenta múltiples problemas conceptuales.

Pero no es la única forma de conceptualizar la memoria. No es indispensable pensar que cada vez se guarda una re-presentación de lo mismo que se experimentó, sino que la memoria puede conceptualizarse como una transformación del organismo. El deslizamiento puede parecer sutil, pero tiene diferencias cruciales con el modelo del almacenamiento. Para ilustrar esta heterodoxia Skinner propone una metáfora un tanto curiosa:

¿Las contingencias de reforzamiento a las que una persona está expuesta se almacenan como representaciones y reglas, o el comportamiento simplemente se ve modificado por ellas? Cuando se guardan registros físicos, estos continúan existiendo hasta que son recuperados, pero ¿ocurre lo mismo cuando las personas “procesan información”? Una batería sería un mejor modelo de un organismo que se comporta. Introducimos electricidad en una batería y la extraemos cuando la necesitamos, pero no hay electricidad dentro de la batería. Cuando “ponemos electricidad”, cambiamos la batería, y es esa batería cambiada la que “entrega electricidad” cuando se la utiliza. Los organismos no adquieren la conducta como una especie de posesión; simplemente llegan a comportarse de determinadas maneras. La conducta no está en ellos en ningún momento. Decimos que es emitida, pero sólo del mismo modo en que la luz es emitida por un filamento caliente: no hay luz dentro del filamento. (Skinner, 1985, pp. 294–295).

La cita quizá amerite una explicación más extensa. Cuando ponemos a cargar una batería la electricidad que se introduce fuerza a los electrones a moverse desde el polo positivo hacia el polo negativo, haciendo que éste quede con un exceso de electrones. Cuando se le conecta un aparato los electrones fluyen a través del circuito desde el polo con exceso de electrones al otro, creando electricidad. La batería no almacena electricidad sino que se reconfigura de manera tal que queda una diferencia de potencial químico entre ambos polos. Es el mismo principio que se utiliza en el almacenamiento hidroeléctrico por bombeo; las centrales de energía solar o eólica no generan la misma cantidad de electricidad constantemente sino que varía según el día y las condiciones, de manera que a veces se genera más y a veces menos electricidad de la que necesita la red. Una forma típica de normalizar esa irregularidad consiste en usar la electricidad excedente para bombear agua a un depósito o embalse elevado, para luego, cuando hay un déficit, dejarla caer hacia un depósito inferior y obtener electricidad del movimiento del agua empleando turbinas hidroeléctricas. Es una forma de batería, sólo que en lugar de un diferencial químico se recurre a crear un diferencial físico. Pero en ningún caso se almacena electricidad, sino que se modifica el sistema de manera tal que puede emitirla cuando sea necesario.

El punto es que no se requiere almacenar electricidad para entregar electricidad, así como no es necesario almacenar una experiencia para actuar de acuerdo con ella luego: basta con que haya modificado el sistema de manera tal que responda de ciertas maneras en el futuro.

Lo que la metáfora nos ayuda a intuir es que la memoria no es almacenamiento sino transformación. Recordar implica haber sido transformado por lo vivido. La perspectiva del almacenamiento nos trata como si fuéramos receptáculos inmutables de representaciones. En cambio, esta perspectiva considera que somos organismos plásticos y dinámicos, que se modifican constantemente y de manera global en su interacción con el mundo, y esas modificaciones alteran las respuestas subsiguientes. La memoria es transformación de lo que somos.

Guerin (2016) ilustra este esquema conceptual con una metáfora que me ha resultado muy clarificadora. Supongamos una bolita perfectamente esférica de masilla o plastilina, que se comporta de ciertas formas: si la colocamos sobre un plano inclinado rodará en línea recta hacia abajo, si le damos impulso girará sobre sí misma de manera estable, si le echamos agua encima se escurrirá, y así. Pero a medida que esos movimientos u otras manipulaciones van deformando su esfericidad también se altera su comportamiento: ya no rueda hacia abajo en línea recta, al girar se desestabiliza, y su superficie retiene ahora algunas gotas si le echamos agua. Su interacción con el mundo ha modificado su forma (la ha transformado), y esa nueva forma interactúa de nuevas maneras con su entorno. La bolita lleva consigo su historia de interacciones –aunque quizá sería mejor decir que es su historia– sin almacenar ni recuperar nada:

No podríamos decir que después de ser golpeada la bola de plastilina (anteriormente esférica) procesa su nueva forma, procesa la inclinación y las fuerzas implicadas en la superficie, y entonces produce una forma nueva de deslizarse hacia abajo (…). Su propia estructura fue cambiada por las consecuencias de los golpes (…). No suponemos que haya un área de almacenamiento en algún lugar de la plastilina que recuerde la forma y el tipo de abolladuras y que esta memoria se utilice luego para ayudar a calcular todas las acciones futuras. Si aun así queremos hablar de memoria como tal, sería el hecho de que los cambios estructurales reales son la memoria.

En lugar de pensar en términos de una parte separada e invariable del objeto u organismo, que almacena y procesa una representación de lo que acaba de suceder para planificar el siguiente paso que es la acción, podemos pensar de otra manera: que el organismo es cambiado directamente por lo que sucede, y que ese cambio ya forma parte del contexto para las siguientes acciones, sin que haya ninguna otra secuencia intermedia que tenga que ser procesada, decidida, o planificada (Guerin, 2016, p. 33).

Podría objetarse que una bolita de plastilina es un modelo simplista para ilustrar algo tan complejo como un ser humano, pero no creo que sea más simplista que un almacén, y sugiere una interpretación mucho más parsimoniosa, ya que no requiere suponer una reduplicación (mental o cerebral) de la experiencia.

Desde esta perspectiva, el cautivo borgeano sólo guardó una cosa: su cuchillo. Pero, como a la bolita de plastilina rodando por un plano inclinado, realizar esa acción lo transformó sutilmente, haciendo más probable que, al encontrarse nuevamente en el contexto de su casa, emitiera la acción de buscarlo en la campana de la cocina. Así mismo, cuando leí el Quijote no almacené su primera línea, sino que su lectura me transformó de manera tal que se volvió más probable que, frente a ciertas condiciones (como estas líneas), surgiera en mí la respuesta verbal “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. No guardamos el mundo: se nos hace carne.

Noten que esta explicación no contradice ni niega ninguna evidencia fisiológica o neurológica respecto a la memoria, sino que más bien modifica su interpretación. La acción de esconder el cuchillo seguramente produjo cambios biológicos –sea en el cerebro o en otras partes del cuerpo– que pueden ser examinados por la fisiología o neurofisiología. El cuerpo es un sistema dinámico, y todo lo que hacemos lo modifica de una u otra manera. Lo que se niega es que esa transformación consista en almacenar una representación de la experiencia y que recuperar el cuchillo requiera primero recuperar su representación:

Un hombre no necesita copiar el entorno estimulante para percibirlo, y no necesita hacer una copia para percibirlo en el futuro. Cuando un organismo expuesto a un conjunto de contingencias de refuerzo es modificado por ellas y como resultado se comporta de una manera diferente en el futuro, no necesitamos decir que almacena las contingencias. Lo que se “almacena” es un organismo modificado, no un registro de las variables modificadoras (Skinner, 1969, p. 254).

La interpretación conductual tiene la ventaja de que no supone que los cambios estén confinados al cerebro. No es una interpretación reduccionista sino holística. La transformación que cualquier respuesta involucra puede ser principalmente cerebral, pero también muscular, glandular, celular, visceral, metabólica, inmunológica, etcétera. Fisiológicamente, la memoria es una propiedad distribuida. La memoria es todo el cuerpo.

Pero la fisiología no es suficiente ni necesaria para abordar psicológicamente la memoria, para lograr predicción e influencia sobre los fenómenos que involucra. No es suficiente porque, aunque estudiar exhaustivamente la forma de la bolita puede ser un ejercicio muy ilustrativo, no nos dice cómo se comportará en una situación dada, ya que para ello debemos conocer la superficie sobre la cual rodará, la fuerza con que se la ha impulsado, etc. Es decir, para predecir su comportamiento debemos conocer las características relevantes del contexto en el que actuará, y eso no está en la bolita sino en el ambiente. Y no es necesaria porque podemos dar cuenta perfectamente del almacenamiento y recuperación del cuchillo examinando solamente la historia de intercambios con el ambiente. Para predecir el comportamiento de un organismo es usualmente más útil conocer su historia que su estructura. Claro está, conocer los eventos fisiológicos que forman parte de los eventos conductuales observados puede complementar la comprensión psicológica, pero jamás reemplazarla, porque sólo es una parte de la ecuación. La psicología no puede ser reducida a la fisiología.[2]

Cerrando

Las metáforas que hemos visto nos proporcionan una perspectiva diferente –y creo que más interesante que la habitual– sobre la memoria. Vale aclarar, no implica que hablar de “los recuerdos” sea incorrecto o inútil. El lenguaje reificante es económico y cumple bien su papel en el habla cotidiana. Lo que se cuestiona aquí es su uso explicativo. El problema es hacer teoría con él.

El modelo del almacén requiere suponer un organismo que pasivamente recibe impresiones externas, una concepción psicológica que en muchos aspectos remeda el empirismo inglés del siglo XVIII. La perspectiva conductual, en cambio, supone un organismo que no recibe sino que actúa, incluso cuando “percibe”. “Ver una pelota” (o escuchar un sonido, etcétera) es algo que se aprende, una acción emitida por el organismo (y que, por supuesto, involucra el cerebro, como también movimientos oculares y otros) y que está controlada por el estímulo en cuestión –no se trata de la recepción pasiva de una impresión. Cuando más tarde la recordamos o imaginamos lo que sucede es que volvemos a emitir esa respuesta de “ver la pelota”, esta vez bajo control de otro evento contextual como, por ejemplo, una instrucción verbal.

Esta conceptualización aborda a la memoria como un fenómeno distribuido y contextual, que involucra dinámicamente a todo el organismo. La memoria no guarda: la memoria transforma.

Nos leemos la próxima.

 

Referencias

Guerin, B. (2016). Cómo Repensar la Psicología. Psara Ediciones.

Marx, B. P., & Sloan, D. M. (2005). Peritraumatic dissociation and experiential avoidance as predictors of posttraumatic stress symptomatology. Behaviour Research and Therapy, 43(5), 569–583. https://doi.org/10.1016/j.brat.2004.04.004

Roediger, H. L. (1980). Memory metaphors in cognitive psychology. Memory & Cognition, 8(3), 231–246. https://doi.org/10.3758/BF03197611

Skinner, B. F. (1959). Current Trends in Experimental Psychology. In Cumulative record: A selection of papers. Appleton-Century-Crofts.

Skinner, B. F. (1969). Contingencies of Reinforcement. Appleton-Century-Crofts.

Skinner, B. F. (1974). About behaviorism. Random House.

Skinner, B. F. (1985). Cognitive science and behaviourism. British Journal of Psychology, 76(3), 291–301. https://doi.org/10.1111/j.2044-8295.1985.tb01953.x

 

[1] Esto conlleva el problema del regreso infinito señalado por Ryle (1949): si para actuar en una situación es necesario consultar una regla, entonces primero se necesitaría otra regla que indique qué regla consultar, y otra regla que indique qué regla consultar, y así al infinito. Para que el cautivo borgeano, de entre todas las representaciones de su infancia guardadas en el almacén de su memoria, recupere justamente la representación del cuchillo y su ubicación, tendría que recuperar primero un criterio que le indicase cuál representación recuperar en esa situación, y para ello debería recuperar otra representación que le indicase qué criterio recuperar y así indefinidamente, reintroduciendo el problema sin un punto de cierre (por supuesto, si decimos que simplemente ha actuado sin consultar ningún criterio, entonces la postulación de representaciones internas resulta innecesaria y la metáfora cae).

[2] Al menos, esta versión de la psicología no puede reducirse a la fisiología. Los modelos que definen a los fenómenos psicológicos exclusivamente en términos de mecanismos internos se condenan a sí mismos a verse eventualmente reducidos a mecanismos neurofisiológicos. Si una creencia no es más que una forma metafórica de referirse a un cierto circuito neuronal, una vez que se haya esclarecido este, el concepto psicológico se convertiría en nada más que una comodidad conceptual, y el aparato conceptual de la psicología se diluiría en redefiniciones neurofisiológicas. La versión de la psicología que propone el conductismo, en cambio, define a los fenómenos psicológicos en términos de interacción entre organismo y ambiente (el reforzamiento, por ejemplo, es una relación entre acción y consecuencias ambientales), y por tanto se vuelven inmunes a una eventual reducción fisiológica.