Virgencita de los Pensamientos

Me he estado acordando de una virgencita que había en mi casa de la infancia, una pequeña estatuilla de plástico transparente que cambiaba de color según el clima, siendo azul en días despejados y volviéndose rosada al acercarse una tormenta. En la Argentina de hace algunas décadas era un souvenir de viaje bastante popular. El cambio de color, vine a enterarme mucho después, se debía a una sustancia con la que estaba impregnada, el cloruro de cobalto, que pasa de azul a rosa cuando aumenta la humedad en el ambiente, lo que suele coincidir (aunque no siempre) con la gestación de una tormenta.

Creo que, en un sentido, esa virgencita sirve para ilustrar el papel de los pensamientos desde una perspectiva conductual-contextual y su diferencia con la perspectiva tradicional. Sé que suena extraño, pero ténganme paciencia.

La perspectiva tradicional asume que, en un momento dado, un pensamiento (limitémonos aquí a los verbales) controla la conducta subsiguiente, sea observable o privada: una persona huye de una fiesta porque piensa “no tengo nada interesante para decir”, otra rumia desesperadamente porque piensa “mi matrimonio puede fracasar”. Su efecto puede estar matizado por ciertas condiciones, pero en general se lo trata como una causa, un eslabón de una cadena. En particular, se considera que el factor activo de un pensamiento, lo que causa la conducta posterior es su contenido o sentido literal (“no tengo nada interesante para decir”, “mi matrimonio puede fracasar”). Por este motivo es su contenido lo que se intenta modificar –ya sea por vía persuasiva, diálogo socrático, psicoeducación y demás–, esperando así impactar sobre la conducta subsiguiente, que es la acción que realmente nos importa en términos clínicos (la huida de situaciones sociales, la rumiación).

Esta es una forma de conceptualizar el papel de los pensamientos que ha hecho carrera en una buena parte de la psicología, pero que presenta múltiples problemas. Entre otros, podemos señalar que a menudo las acciones no van precedidas de ningún pensamiento detectable (lo cual la perspectiva tradicional intenta solucionar postulándolos como inconcientes), y que los intentos de reformulación de contenidos, aun cuando sean relativamente exitosos, no siempre llevan a un cambio en las acciones, por lo que su utilidad como factor de cambio clínico ha sido cuestionada en varias ocasiones (Longmore & Worrell, 2007).

Desde una perspectiva conductual-contextual, en cambio, la relación entre pensamientos y acciones es otra, y aquí es donde entra en juego la analogía con la virgencita. Esto es, al igual que la virgencita con el clima, no puede decirse que el pensamiento controle ni que explique la conducta subsiguiente, sino que más bien la predice. El pensamiento “no tengo nada interesante para decir” predice la huida de la situación social en que sucede, pero no la causa, así como no puede decirse que “mi matrimonio puede fracasar” cause la rumiación sino que la predice o la justifica (todo esto puede decirse también respecto a las respuestas emocionales, por supuesto).

La diferencia es sutil pero importante. En primer lugar, la conducta que el pensamiento predice no necesita guardar ninguna relación lógica con su contenido (puede hacerlo en algunos casos, pero no siempre). La relación entre ambos es psicológica, contingente, arbitraria, dependiente de la historia de aprendizaje y la situación. En otras palabras, no se puede deducir la acción a partir del pensamiento (lo cual sí sería el caso si la relación fuese lógica). Un pensamiento es solo un predictor entre muchos de la conducta subsiguiente, y ni siquiera es siempre el más eficaz. No hay una relación lógica necesaria entre pensar “no tengo nada interesante para decir” y retirarse de una fiesta, sino que ese mismo enunciado podría seguirse de otras acciones como, por ejemplo, escuchar otras conversaciones o ponerse a bailar (en lugar de hablar). Que la huida sea la acción efectivamente llevada a cabo depende de la interacción entre múltiples factores, entre los cuales el pensamiento puede jugar un papel variable, de manera que la huida podría producirse aún en ausencia de ese pensamiento o a pesar de la presencia de un pensamiento de signo opuesto.

Por eso no es lícito afirmar que la persona huye de una fiesta porque piensa que no tiene nada para decir. Sería más correcto decir que suele huir cuando piensa que no tiene nada para decir, en el mismo sentido en que decimos que suele llover cuando la virgencita se pone rosa (cuando, no porque). Más precisamente, ese pensamiento es una de las múltiples respuestas evocadas por el contexto de la fiesta, y es a su vez uno de los múltiples factores que integran el contexto de la respuesta de huida, pero sin ser necesariamente el factor clave. Por este motivo su reformulación en términos más lógicos o racionales puede ser perfectamente inútil (aunque no siempre): por un lado, no siempre hay una relación lógica entre pensamiento y acción, por lo que corregir el primero no afecta a la segunda. Por otro lado, su participación como contexto para la acción puede ser modesta, por lo que puede suceder que aun cuando el pensamiento cambie o no suceda, el resto de los factores del contexto pueden seguir ocasionando la misma conducta.

Esto no quiere decir que siempre sea en vano intentar modificar lo que una paciente piensa, claro está. El problema con la formulación tradicional es más bien el papel mecánico y estático que le asigna al contenido de los pensamientos, estableciendo a priori su función, en lugar de examinarla cada vez. Cuando aceptamos esa suposición, tendemos a buscar el cambio por medio de la modificación de ese contenido que se supone causal.

En cambio, desde una perspectiva conductual, un pensamiento es un factor de muchos, y su función es dinámica y cada vez está determinada por el resto del contexto. La conducta es función del contexto, que es un todo; el pensamiento es sólo una parte de ese todo. A lo sumo, un pensamiento nos permite predecir la ocurrencia de una conducta y así llevar a cabo acciones para prevenirla o modificarla. Como la virgencita, influencia pero no determina la conducta.

Esta no es una precisión puramente académica. Saber que la virgencita no predice el clima sino que señala un aumento en la humedad del ambiente hace que le perdamos un poco nuestra fe meteorológica, pero al mismo tiempo nos permite responder a ella de manera significativa, consultando otros indicadores. En el ámbito clínico esta posición nos invita a reducir la centralidad que automáticamente se le asigna a los pensamientos y su modificación, reduciendo la tendencia a enfrascarnos en debates inútiles sobre su racionalidad o adecuación, obligándonos a considerarlos como eventos de función dinámica, y a expandir la mirada para incluir otros aspectos del contexto. En lugar de preguntarnos si el pensamiento es verdadero o falso, esta posición nos invita a preguntarnos qué papel cumple dentro del evento conductual completo.

Perderles la fe nos ayuda a responderles mejor.

Referencias

Longmore, R. J., & Worrell, M. (2007). Do we need to challenge thoughts in cognitive behavior therapy? Clinical Psychology Review, 27(2), 173–187. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2006.08.001