Depende

Cualquier persona que –probablemente oponiéndose a los consejos de sus allegados– se asome al mundillo de la psicología de orientación conductual notará al poco tiempo la frecuencia con la que en él se emplea la expresión “depende” y aledañas, como respuesta a todo pedido de explicación respecto a alguna acción en particular (“¿por qué mi cuñado está con los videojuegos todo el día?”).

La persona podría sospechar que el “depende” no es más que una manera de esquivar la pregunta, de lavarse las manos ante futuras responsabilidades o de exhibir un relativismo decadente –y a menudo no estaría equivocada. Por mi parte, sin embargo, quisiera señalar que, al margen de esas posibles motivaciones, el uso del “depende” emerge directamente del sustrato conceptual de la psicología conductual, que quizá podría decirse así: conducta es un concepto relacional.

Esto es, cuando hablamos de la conducta hablamos de la interacción entre, por un lado, la actividad de un organismo (digamos, el cuñado) que está compuesta de innumerables procesos pero opera como una totalidad integrada; y por otro lado, el ambiente, el conjunto de eventos en el cual y con el cual opera el organismo integrado. De manera que conducta no es “lo que hace un organismo”, sino “lo que hace un organismo en relación con su ambiente”.

Es una danza entre dos procesos, por lo que para explicar alguna respuesta particular, como por ejemplo el citado cuñado jugando a los videojuegos, necesitamos conocer los aspectos actuales e históricos de su interacción con el ambiente actual. Lo que ha hecho y lo que hace. Jugar, en un contexto, puede ser una forma de eludir responsabilidades; en otro puede ser una manera de distraerse después de una jornada intensa; en otro puede ser una forma de socializar con amigos. En otras palabras: depende.

Ninguna respuesta particular tiene una explicación única, porque su función es siempre relativa al ambiente en que sucede. No es una cuestión empírica sino conceptual: la función no es una propiedad de las respuestas, sino de su relación con el ambiente. Es esto lo que siempre se ha criticado de las interpretaciones salvajes, aquellas del estilo “fumar es un sustituto de la masturbación”: el problema no es que la explicación sea sexual, sino que le asigna a la respuesta del organismo un significado fijo para todo momento y situación, descontextualizándola, separándola de la relación.

Por supuesto, esto no quiere decir que no se puedan realizar conjeturas sobre la función de tal o cual acción, sino que más bien nos obliga a ser extremadamente cautos con ellas y a formularlas siempre en relación a un contexto. Por ejemplo, sabemos que en nuestro contexto sociohistórico particular, en ciertos cuadros clínicos la función principal de lesionarse a sí mismo suele ser el control de la activación fisiológica (el malestar). Pero eso no quiere decir que esa sea la función cada vez que suceda –ni siquiera aunque se trate de una misma persona– sino que se trata de una posible relación funcional que puede explorarse con fines clínicos. No es una regularidad de respuestas, sino de la relación entre respuestas y ambiente.

Conducta es un concepto relacional, por lo que toda explicación sobre ella es relativa.

Pero bueno, depende.