De las palabras a las cosas

“Al afirmar que las palabras ‘mente’ y ‘mental’ se refieren a ‘procesos que ocurren dentro de la cabeza’, Hebb parece haber pasado por alto el punto elemental de que las personas han utilizado conceptos mentalistas durante muchos siglos sin tener la menor idea de lo que ocurría dentro de la cabeza. Decir que alguien está mentalmente alerta, por ejemplo, no implica absolutamente nada acerca de eventos dentro de la cabeza; e incluso si llegara a saberse que las personas mentalmente alertas poseen de hecho ciertas características fisiológicas que las distinguen de quienes no lo están, de ello no se seguiría —a menos que se optara por realizar una innovación conceptual de envergadura— que ‘alerta mental’ signifique poseer esas características fisiológicas.”

Esta cita de Harzem y Miles (Conceptual Issues in Operant Psychology, 1978, p.41), señala un problema conceptual con el que nos encontramos al intentar definir los términos psicológicos. La psicología hegemónica suele afirmar que los términos “mente” y similares se definen en relación con ciertos procesos neurofisiológicos. Pero cuando intentamos precisar más claramente la naturaleza de esa relación nos encontramos con varias dificultades.

A veces se supone que se trata de una relación de referencia, que un término como “mente” de alguna manera refiere o apunta al cerebro. Pero el problema con esta relación es que el uso de términos mentales en el habla cotidiana es anterior al descubrimiento moderno del funcionamiento del cerebro –incluso en nuestros días la mayoría de las personas emplean expresiones mentales sin tener ningún conocimiento sobre el cerebro. En la vida cotidiana, el término no puede referir a un proceso cerebral, porque si así fuera las personas que ignoran todo sobre el cerebro no lo podrían emplear –y sin embargo lo hacen. No podemos emplear consistentemente un término cuando desconocemos a qué apunta. De manera que la relación entre “mente” y cerebro no puede ser de referencia.

Pero la relación tampoco puede ser de significación: cuando le digo a otra persona algo como “tengo en mente tu pedido” no estoy significando ni describiendo mi proceso cerebral. No le estoy queriendo decir “en mi cerebro hay tal y tal elemento”, sino más bien informarle algo sobre mis acciones futuras. Mi cerebro no cumple ningún papel en el significado de esa expresión y lo mismo sucede con otras del mismo tenor. De hecho, ambos términos funcionan conceptualmente de distinta manera: sería absurdo que la otra persona me respondiera “¿en qué lugar de tu mente lo tenés?” –aunque esa respuesta sí tendría sentido si yo hubiese dicho “tengo en el cerebro tu pedido”. De manera que la relación entre “mente” y “cerebro” no es de referencia ni de significación.

Este caso ilustra de forma general el camino que siguen una buena parte de los términos psicológicos. El lenguaje ordinario incluye términos y expresiones mentalistas que se emplean en la vida cotidiana de muchas y variadas maneras en relación con acciones, disposiciones y situaciones. Son términos que quieren decir muchas cosas, lo cual es un problema para incorporarlos a la psicología, ya que para que un término técnico sea útil tiene que ser definido con precisión para que pueda ser usado de forma consistente (es decir, para evitar que cada persona le asigne un significado distinto). Para lograr esto la disciplina le asigna más o menos arbitrariamente un significado particular (por ejemplo, lo operacionaliza), restringiendo así la forma en que lo emplea. “Mente” deja de ser el término que es usado de muchas maneras diferentes para convertirse en un término técnico con un uso particular.

Lo que tenemos hasta aquí es que se adopta un término impreciso del lenguaje popular y se precisa su uso. El problema es que a continuación, el término, en su acepción restringida (aquella asignada arbitrariamente por la disciplina), es empleado como si fuera equivalente a su uso cotidiano: “cuando las personas dicen ‘mente’ se están refiriendo a procesos de su cerebro” (“ansiedad” como activación fisiológica, y así).

El truco funciona más o menos así: se toma un término que tiene múltiples usos y acepciones, se le asigna una acepción particular para uso de la disciplina, y a continuación se emplea esa acepción como si abarcara todos los usos del término.

Esta operación conceptual está presente por todas partes en la psicología. A menudo se le ha dirigido al psicoanálisis una crítica similar, sosteniendo que suele tomar un término del lenguaje ordinario tal como “madre” o “sexualidad”, asignarle un significado especial particular, privativo de la teoría (“madre” como función estructural, “sexo” en relación a todo placer), pero luego lo emplea como si el significado especial fuera el mismo que el ordinario, borrando sus diferencias.

La solución conductual a esta situación va por otro camino. En lugar de meterlo en una jaula conceptual para estudiarlo en cautiverio, lo que se propone es estudiar el término en su propio hábitat natural, por así decir, explorar las varias maneras en que las personas lo emplean en su vida cotidiana. Una palabra es una acción, de manera que puede ser abordada como otras acciones, por medio de un análisis funcional de las formas en las que es empleada en la vida cotidiana, sus antecedentes y consecuencias.

En rigor de verdad, el análisis de la conducta no ofrece una definición de “mente” o “ansiedad”, sino que lo que ofrece es una estrategia para establecer las formas en las que esos términos participan en la vida de las personas. No brinda una respuesta, sino una estrategia y herramientas para interrogar las ocurrencias particulares del término. Por supuesto, se puede brindar algo similar a una definición particular describiendo algunos usos frecuentes del término (“las personas suelen usar ‘mente’ en tal contexto de tal manera”), pero eso no es lo mismo que afirmar que esa sea la definición correcta ni la más adecuada.

La pregunta por el sentido de los términos psicológicos queda entonces siempre abierta, obligándonos a reconsiderar su sentido y contexto en cada ocasión, impidiéndonos dar por sentado alguna vez que sabemos de qué se trata. Nos obliga a estar despiertos al significado vivo de las palabras.