Una idea es un medio de transporte: pragmatismo, conductismo, y verdad

Si han leído algo sobre conductismo radical o contextualismo funcional quizá les haya llamado la atención algo que en su momento me llamó la atención a mí: al contrario de lo se suele transmitir en las facultades de psicología en Argentina, el conductismo (como filosofía de la ciencia) no se parece mucho al positivismo –y menos aún a la caricatura del positivismo que suele circular por algunos foros.

Esta modesta perplejidad tiene una explicación bastante sencilla: el conductismo no es positivismo, a pesar de los alaridos proferidos por hordas de docentes universitarios. En cambio, las que hoy son las variantes más conocidas del conductismo (el conductismo radical de Skinner, el contextualismo funcional de Hayes) se identifican, más o menos explícitamente, como versiones del movimiento filosófico conocido como pragmatismo.

Confundir a una escuela psicológica de tradición pragmatista con el positivismo es medianamente comprensible: tanto el pragmatismo como el positivismo tienen raíces en el empirismo, y comparten algunos puntos (como también hay puntos en común entre las teorías freudianas y el positivismo), lo cual les da un cierto aire de familia. Pero no deja de ser una confusión. Más allá de sus afinidades los dos movimientos tienen espíritus muy diferentes. Hay diferencias importantes (y en varios puntos irreconciliables) en la ontología que manejan, en la forma de pensar a la verdad, el conocimiento, la ética y la sociedad, entre otros.

Querría en estas líneas entonces ocuparme acerca de algunos pragmatismo, en particular sobre su forma de abordar la verdad e intentar relacionarla con algunos puntos de los abordajes conductuales sobre el lenguaje. Creo que esto puede servir para entender un poco mejor de qué hablamos cuando hablamos de verdad en la ciencia conductual contextual, y para entender un poco más en donde estamos parados, filosóficamente hablando.

Querría avisar, sin embargo, que no me tomen al pie de la letra. No soy un filósofo profesional, mi experiencia y entrenamiento va por otro lado. Soy un curioso profesional (con todas las ambigüedades de la expresión), pero desorganizado, por lo cual tomen todo lo dicho aquí con una pizca de sal. Dos o tres kilos, digamos.

Deséenme suerte, que la voy a necesitar. Yo, por mi parte, espero que les sea lo menos tedioso posible y que nos veamos al final de esta cosa. Para la próxima prometo algo más apto para postearse en Instagram, que es lo que todos queremos.

Pragmáticos

Dar una definición única del pragmatismo es notablemente difícil (Papini opinaba que es lisa y llanamente imposible), ya que no es una corriente filosófica unificada ni que siga a un único autor, sino que más bien se parece a una extensa y multitudinaria conversación con algunos temas centrales y posiciones relativamente afines, pero con una extraordinaria variedad de interpretaciones y posiciones. Imagínense un almuerzo familiar en una familia compuesta exclusivamente por filósofas, psicólogos, científicos, y un par de colados –un buen número de ellos borrachos, y tendrán una buena imagen de la situación. El resultado es que hay casi tantas definiciones del pragmatismo como pragmatistas, y cada uno con una forma ligeramente distinta de interpretar puntos centrales.

Si tuviera que arriesgar un inicio de definición que más o menos se ajuste a todas las posiciones, diría, de manera muy general y tentativa que se trata de una variante del empirismo en la cual juega un papel central la acción humana (la raíz griega pragma significa “acción”).

El pragmatismo surgió hacia finales del siglo XIX de la mano de Charles Sanders Peirce, William James, y John Dewey (hay otras figuras importantes, pero estas son las más conocidas), y tuvo un fuerte auge en las primeras décadas del siglo XX. Hay una narrativa predominante en filosofía que sostiene que el pragmatismo desapareció luego de esa época, pero esa narrativa es superficial y fundamentalmente errónea. Como dice Bernstein: “Se desarrolló un mito (que desafortunadamente se enquistó), de que el pragmatismo fue mayormente una anticipación del positivismo lógico”(Bernstein, 2010, p. 12). En realidad, las ideas surgidas del pragmatismo no sólo no desaparecieron, sino que permanecieron vigentes durante todo el siglo XX, influenciando a filósofos como Wittgenstein, Quine, Sellars, Davison, Habermas, Haack, Misak entre otros (para un resumen de figuras asociadas al pragmatismo pueden revisar el excelente texto de Bacon, 2012).

Hacia finales del siglo XX, figuras como Richard Rorty y Hilary Putnam rescataron contribuciones clave de los pragmatistas clásicos y el movimiento se revitalizó, abordando nuevos temas y sumando nuevas contribuciones. El pragmatismo es una filosofía viva, y como tal, no carente de contradicciones y voces, lo cual es una buena cosa, de todos modos.

El pragmatismo surgió inicialmente como un método para esclarecer enunciados, y de a poco se espesó en una forma de entender la verdad y de allí a una forma de ver el mundo (una hipótesis del mundo, usando la expresión de Pepper). En otro lugar (aquí) nos hemos ocupado del pragmatismo en tanto hipótesis del mundo, pero en esta ocasión querría detenerme más en el papel de la verdad en el pragmatismo, y cómo se relaciona con nuestras prácticas científicas.

Whatever works

Empecemos haciendo unas precisiones sobre la verdad desde un punto de vista pragmático, ya que su uso cotidiano no coincide del todo con su uso más riguroso y puede por ello llevar a confusiones.

Cuando en lo cotidiano usamos el término “pragmático” solemos usarlo en el sentido más bien político del término, refiriéndonos a alguna decisión o acción que está orientada exclusivamente hacia obtener algún resultado, eludiendo consideraciones éticas o ideológicas que se juzgan superfluas. Decimos entonces que un político ha actuado de manera pragmática cuando ha realizado tal o cual concesión ideológica o partidaria para lograr algún objetivo. La idea detrás de este uso del término “pragmático” es que lo único que importa son los resultados: lo que sea que funcione es válido.

Esto suele derivar en un criterio para la verdad que probablemente conozcan, aquél que postula más o menos que es verdad lo que sea que funcione. Esto tiende a ser interpretado como que cualquier acción que arroje un resultado positivo es por ello verdadera –por ejemplo, si una intervención psicológica funciona es verdadera, o incluso, si una falsedad consigue un resultado deseado, se convierte por ello en verdadera.

Esta forma de interpretar el criterio de verdad es a todas luces problemática y poco consistente con una perspectiva pragmática.

Lo primero que podríamos objetar es que la verdad es una propiedad de una proposición, enunciado, hipótesis, o creencia, pero no de una acción. Pepper, en World Hypotheses, formula esta objeción así: “esto no define verdad y error; meramente señala hechos existentes. Algunas acciones son exitosas y alcanzan sus metas, y otras no”(citado en Maero, 2022, p.47). Esto es, las acciones pueden ser exitosas o fallidas, no verdaderas o falsas. Caso contrario “exitoso” sería sinónimo de “verdadero”, con lo cual tendríamos dos términos para un mismo concepto.

Pero aún si nos limitáramos a aplicar ese criterio a los enunciados, el asunto dista de estar resuelto, ya que podríamos encontrarnos entonces con la siguiente reformulación “cualquier enunciado que funcione es verdadero”. Esta objeción es un poco mejor, pero aún sigue siendo problemática, pero necesitamos avanzar un poco más para señalar cuáles son sus problemas.

La verdad os hará libres

A grandes rasgos, decimos que un enunciado es verdadero cuando guarda alguna relación con los hechos. Lo que es objeto de arduas discusiones filosóficas, por supuesto, es cuál es la naturaleza de esa relación, de qué hechos se trata y qué demonios es un hecho. Así que, como siempre, aclaramos un punto y oscurecemos diez. Veamos qué es lo que tiene para decir sobre este punto el pragmatismo (o más bien algunos de sus proponentes, o más bien lo que yo entiendo que dicen algunos de sus proponentes).

Los inicios del pragmatismo suelen ubicarse en los escritos de Charles Sanders Peirce, cuya conocida “máxima pragmática”, formulada en el artículo de 1878 How to make our ideas clear suele citarse como una de las piedras fundacionales del pragmatismo:

“Consideremos qué efectos, que puedan tener concebiblemente repercusiones prácticas, concebimos que tenga el objeto de nuestra concepción. Entonces, nuestra concepción de esos efectos es la totalidad de nuestra concepción del objeto.”

Esto, siguiendo a Talisse y Aikin (2008, p. 10), puede entenderse como “si fuéramos a realizar la acción A, observaríamos el resultado B”. Esto es, afirmar que “el diamante es el material más duro que existe” significa –entre otras cosas– que si fuéramos a frotar un diamante contra un trozo de metal, se rayaría el metal y no el diamante. Especifica las consecuencias de una acción. Entonces, según la máxima pragmática, el sentido de toda proposición puede aclararse por medio de especificar las consecuencias de las acciones que por ella se guían (tengan en mente esto porque vamos a volver sobre este punto más adelante).

Por ejemplo, esta es la definición que Peirce (que además de ser uno de los originadores del pragmatismo y fundador de la semiótica, era un matemático y científico) proporciona sobre el litio en su escrito Diversas concepciones lógicas, de 1903:

“Si miras en un libro de texto de química la definición de litio, te puede decir que es un elemento cuyo peso atómico es cercano a 7. Pero si el autor tiene una mente más lógica te dirá que si buscas entre los minerales vítreos, translúcidos, grises o blancos, muy duros, quebradizos e insolubles, uno que le dé un matiz carmesí a una llama sin luz, triturando este mineral con cal o con veneno para ratas y fundiéndola, puede disolverse en parte en ácido muriático; y si esta solución se evapora, y se extrae el residuo con ácido sulfúrico, y se purifica debidamente, puede transformarse, por medio de métodos ordinarios, en un cloruro, que al ser obtenido en estado sólido, fundido y electrolizado con media docena de células energéticas, producirá un glóbulo de un metal plateado de color rosáceo que flotará en gasolina; y el material de eso es un espécimen de litio. La peculiaridad de esta definición material de eso es un espécimen de litio. La peculiaridad de esta definición –o más bien este precepto, que es más útil que una definición– es que te dice qué denota la palabra litio al prescribir lo que has de hacer para obtener una familiaridad perceptual con el objeto de la palabra”

En el fragmento podemos apreciar cómo el sentido del concepto “litio” se define por los resultados que podemos esperar al realizar ciertas acciones. Pero tenemos que señalar con Bernstein (2010, p. 35), que Peirce introduce la máxima como una forma de clarificar el sentido de una proposición, pero no como un criterio de verdad verdad. Para Peirce esta es una forma de organizar y esclarecer el sentido de un concepto, lo que significa. Por tanto, si una proposición no tiene consecuencias prácticas discernibles, carece de sentido.

Aquí querría señalar que, si traemos nuevamente aquella idea de “lo que funciona es verdadero”, y la examinamos a la luz de la máxima peirceana, tendríamos que decirlo exactamente al revés: no es que un enunciado o proposición sea verdadero porque funciona, sino que funciona porque es verdadero. Es decir, cuando una proposición es verdadera produce confiablemente ciertas consecuencias, que no encontraremos siguiendo una proposición falsa.

William James (amigo de Peirce y el acuñador del término “pragmatismo”), interpreta la máxima pragmática de esta manera: “El sentido efectivo de cualquier proposición filosófica siempre puede ser traído a tierra a alguna consecuencia particular en nuestra experiencia práctica futura” (Talisse & Aikin, 2008, p. 11). La máxima pragmática para Peirce era un método para discernir el sentido de una proposición, pero fue James quien la adoptó como un criterio para la verdad, para establecer qué es verdadero y qué es falso.

Un buen resumen de cómo James toma a la máxima pragmática como criterio de verdad lo proporciona Dewey (y así completamos la tríada de pragmatistas clásicos), glosando a su vez un texto de James:

“’Verdad’ significa, eso está claro, acuerdo, correspondencia entre la idea y el hecho, mas, ¿qué significan, a su vez, “correspondencia”, “acuerdo”? En el racionalismo significan “una relación inerte, estática” que de tan última nada más puede decirse sobre ella. En el pragmatismo significan el poder directivo o conductor que tienen las ideas, en virtud del cual “nos sumergimos de nuevo en los particulares de la experiencia” y, si con su ayuda establecemos aquella disposición y conexión entre objetos experimentados que la idea pretende, ésta queda verificada; es decir, se corresponde con las cosas con las que pretende cuadrar. Verdadera es la idea que funciona a la hora de conducirnos a lo que se intenta decir. O también: “cualquier idea que nos transporte felizmente desde cualquier parte de nuestra experiencia a cualquier otra, vinculando entre sí cosas satisfactoriamente, operando de modo seguro, simplificando, ahorrando trabajo, es verdadera justamente por eso, verdadera en esa medida” (Dewey, 1908/2000, p.82, la cursiva es mía)

Enfatizo este punto que me parece extraordinario: una idea es verdadera cuando nos lleva satisfactoriamente (y económicamente, eso es importante) de una experiencia a otra. La verdad es un medio de transporte. Es un medio de transporte para pasar de una situación actual a una situación futura, para lidiar con una situación actual.

Hagamos una pausa para recapitular lo que hemos visto hasta aquí. Les juro que hay mucha, mucha más tela para cortar –basta con observar que los textos citados son de principios del siglo XX, por lo cual estamos pasando por alto un siglo entero de desarrollos pragmatistas–pero creo que estos párrafos pueden servir como una introducción al tema.

Podríamos resumir esta forma particular de pensar a la verdad más o menos así: al lidiar con nuestra experiencia actual nos encontramos (ya sea que formulemos o recibamos) algún enunciado o proposición cuyo seguimiento entraña ciertas consecuencias concretas (ya que si el enunciado no pudiese traducirse en consecuencias prácticas entonces carecería de sentido); si al seguir ese enunciado nos topamos con las consecuencias prometidas, entonces ese enunciado es verdadero; caso contrario es falso.

Pepper utiliza este ejemplo:

“un cazador sale de su cabaña hasta una pradera en la cual cree que hay ciervos. Su camino es obstruido por un arroyo [que bloquea] su camino hacia la pradera. Observa la situación, trae sus recuerdos y conceptos para afrontarla, y formula una hipótesis verbal o un equivalente, que consiste en una textura de referencias que pasan a una sucesión de actividades[:]recoger una pértiga, subirse a un tronco, empujarse con la pértiga), lo cual lo lleva a la otra orilla, donde prosigue su camino” (Maero, 2022, pp. 42, 47).

En ese ejemplo, si el cazador cruza exitosamente el arroyo, entonces la hipótesis se verifica en ese acto, y podemos decir que es verdadera. Como notarán, esto es bastante más sutil y preciso que “es verdadero lo que funciona”, y entraña algunos puntos destacables.

Lo primero que podríamos señalar es que efectivamente, el pragmatismo requiere la corroboración o verificación de las hipótesis. No podemos saber cabalmente si una proposición es verdadera o falsa sin una acción que nos enfrente con sus consecuencias. Creo que este es el principal punto de contacto que el pragmatismo tiene con el positivismo lógico (y lo que suele llevar a confusiones), pero en el pragmatismo cumple una función y toma un cariz completamente diferente.

Otro punto que podemos observar es que no es verdadera una idea o creencia porque se corresponda con una realidad anterior inmutable, sino más bien porque guía la acción hacia una experiencia futura de ciertas características. La verdad, desde este punto de vista, no describe la realidad, sino que sirve para lidiar con ella.

El realismo ingenuo que cunde en la psicología asume que hay un mundo objetivo y que el conocimiento del mismo consiste en generar representaciones fieles de esa realidad última. Para Freud, por ejemplo, los términos “inconciente” o “pulsión” representaban algo de la realidad objetiva (aunque se tratase de una realidad psíquica). Por eso se habla del descubrimiento del inconciente, en el sentido de encontrar algo que ya estaba allí. Esa es la noción de verdad por correspondencia: es verdadero lo que refleja la realidad.

El pragmatismo pone esa noción de cabeza. Una proposición sólo tiene alguna relevancia al lidiar con un problema actual (el cazador intentando llegar a una pradera, por ejemplo), y su valor radica en que nos permite llegar a una resolución. En cierto sentido, podríamos decir que la verdad de una proposición no se apoya en una realidad anterior absoluta, sino en una realidad futura, relativa a la situación actual. Por esto, para el pragmatismo un concepto no es un descubrimiento, sino una invención que nos permite lidiar con una situación actual, y su valor no radica en cuánto se ajuste a la realidad objetiva, sino en su efectividad para lidiar con el mundo.

Por esto, un término del análisis de la conducta, digamos, reforzamiento, no es considerado en como un descubrimiento, sino más bien como algo acuñado, una invención, una forma de hablar que es útil para lograr ciertos resultados. El valor de una proposición está en su capacidad de resolver problemas. Rorty lo formula de una manera muy interesante:

“En lugar de brindarnos representaciones de los objetos, el lenguaje nos proporciona herramientas para hacerles frente, así como distintos juegos de herramientas para satisfacer diferentes fines [lo cual] hace que sea difícil ser un esencialista … La relación entre las herramientas y lo que éstas manipulan es simplemente un asunto de utilidad para un fin determinado, no de una cuestión de correspondencia”(Rorty, 2019, p. 162).

El lenguaje, los términos y conceptos, son herramientas inventadas, no representaciones. Los términos conductuales (reforzamiento, castigo, estímulo discriminativo, etc.), son ante todo herramientas, no representaciones de la realidad. Véase por ejemplo las siguientes líneas de un texto sobre conductismo de William Baum:

El conductismo radical, en (..) lugar de enfocarse en métodos, se enfoca en conceptos y términos. Así como la física avanzó con la invención del término “aire”, así una ciencia de la conducta avanza con la invención de sus términos. Históricamente, los analistas de conducta usaron conceptos como respuesta, estímulo, y reforzamiento (…) En el futuro, su uso podría cambiar, o pueden ser reemplazados por otros términos, más útiles.(Baum, 2017, p. 29)

En estos últimos párrafos podemos notar otra característica clave del pragmatismo: el cambio y la novedad, no la permanencia, es lo central en el mundo visto con ojos pragmáticos, algo que Pepper señaló explícitamente en World Hypotheses. Dado que las proposiciones sirven para lidiar con el mundo, y el mundo está en constante cambio, nuestros términos y conceptos necesitan cambiar para ajustarse a él, y algo que fue verdadero en una época no necesariamente va a serlo en otra época lidiando con otros problemas. La verdad, desde este punto de vista, es inseparable de la condición de los seres humanos lidiando con el mundo, y por tanto está en constante cambio. La noción misma de verdad queda bastante atenuada en esta perspectiva: ya no se trata de alcanzar verdades eternas y universales, sino locales, provisorias, útiles para lidiar con lo que se nos presenta en esta época histórica.

La tarea del análisis de la conducta, entonces, consiste en desarrollar un lenguaje que nos permita lidiar mejor con el mundo, en particular (porque es el eje de nuestra disciplina) en lo relevante a la conducta de los seres humanos. No estamos tratando de describir cómo son las cosas, como quien describe la estructura inmutable del mundo, sino intentando llegar a alguna parte con ellas, lograr predecir e influenciarlas. Es una disciplina dinámica, local, provisoria, y en constante cambio y evolución.

Similarmente la tarea de la filosofía entonces, afirma Rorty citando a Dewey, “consiste en mediar entre las viejas formas de hablar, desarrolladas para cumplir con ciertas tareas de entonces, y las nuevas formas de hablar, desarrolladas en respuesta a las nuevas demandas” (Rorty, 2019, p. 163). Por eso la ciencia conductual pone tanto énfasis en la filosofía de esa ciencia: estamos tratando de adaptar viejas formas de hablar –el vocabulario de emociones, raciocinio, instintos, pasiones, y demás términos que han sido heredados de otras épocas y que servían para lidiar con otros problemas.

Quizá sea por esto que el pragmatismo ha estado desde sus inicios ligado a una amplia gama de problemas humanos. No ha sido una filosofía que se mira el ombligo, sino una que se ocupa de una amplia gama de asuntos: James famosamente escribió sobre psicología, religión, voluntad, sentido; Dewey escribió sobre educación, arte, psicología, democracia; Peirce escribió sobre… bueno, sobre casi todo lo que se podía escribir. Hay intercambios fluidos entre el pragmatismo y el feminismo (véase por ejemplo Miller, 2013), ética, y democracia (véase por ejemplo Bernstein, 2010). El pragmatismo no es unívoco ni estable como doctrina, sino que se ha ocupado de fines diversos, de diversas maneras. Por esto es que Giovanni Papini llamó al pragmatismo una “teoría-pasillo”:

“[El pragmatismo es como] un pasillo de un gran hotel, donde hay cien puertas que se abren sobre cien habitaciones. En una hay un reclinatorio y un hombre que quiere reconquistar la fe; en otra un escritorio y un hombre que quiere acabar con toda la metafísica; en una tercera un laboratorio y un hombre que quiere encontrar nuevos “puntos de agarre” sobre el futuro… Pero el pasillo les pertenece a todos y todos lo transitan: y si en alguna oportunidad suceden conversaciones entre los distintos huéspedes, ningún camarero es tan villano como para impedirlas” (Papini, 1905/2011, p. 90)

Como verán, estamos bastante lejos aquí de la caricatura del conductismo/pragmatismo que suele cundir en las aulas de psicología.

Verdad y conducta gobernada por reglas

Si aún no me han abandonado, continuemos un poco más (si ya me abandonaron, entonces no leerán esto, así que revienten nomás). Abramos una puerta en el hotel de Papini, e intentemos pensar sobre qué queremos decir por verdad, no ya desde una perspectiva filosófica, sino desde una más cercana al análisis de la conducta. Intentemos traducir filosofía en conductismo, por así decir.

Hagamos un breve resumen de lo expuesto hasta aquí. Mencionamos que, para el pragmatismo, la verdad es una propiedad de los enunciados, no de las acciones, y que involucra actuar siguiendo una hipótesis o enunciado hasta verificar sus consecuencias: si las consecuencias esperadas suceden, si tiene lugar la experiencia prometida por el enunciado, decimos entonces que el enunciado es verdadero, si no, que es falso.

Desde una perspectiva conductual, verdadero es algo que decimos de una formulación verbal que funciona como guía de una secuencia conductual, especificando exitosamente las consecuencias esperables. Pero ésta es precisamente la definición de lo que lo que en análisis de la conducta se denomina conducta gobernada por reglas (o conducta gobernada verbalmente, como prefiere Vargas).

Conducta Gobernada por Reglas (CGR, para abreviar) es un término que utilizamos para designar a toda conducta bajo la influencia de antecedentes verbales (reglas, instrucciones, órdenes, etc.), sean formulados por la propia persona o prescriptos por el entorno sociocultural: seguir una receta de cocina, actuar según las instrucciones de un supervisor, ofrecerle un sacrificio a Zeus, buscar un paraguas cuando el noticiero dice que va a llover, y un interminable etcétera. Es guiarnos por palabras.

Se suele contrastar a la CGR con la conducta moldeada por contingencias, término que se refiere a las conductas que han sido moldeadas directamente por las contingencias del ambiente, por ensayo y error, digamos. Si una persona aprende a evitar los enchufes luego de recibir una descarga eléctrica de uno, decimos que se trata de una instancia de conducta moldeada por las contingencias, es decir, las consecuencias naturales de sus acciones influyeron su conducta futura. Si en cambio, evita los enchufes porque le dijeron “tocar un enchufe puede ser fatal”, estaríamos hablamos de una CGR.

Las CGR son una prerrogativa exclusivamente humana (hasta donde sabemos, por lo menos), y son la base de nuestros intercambios sociales y culturales. Nos permiten actuar sin necesidad de un contacto previo con las contingencias (sin tener que aprender que un enchufe es peligroso por medio de ensayo y error, por ejemplo), y transmitir conocimientos y prácticas a través de las generaciones.

Según la teoría de marco relacional (RFT) hay tres tipos de CGR: pliance, tracking, y augmentingPliance es la conducta de seguir reglas basada en una historia de reforzamiento social: es lo que sucede cuando seguimos una regla a causa de una historia de aprendizaje en la cual otra persona (o la sociedad en general), nos ha reforzado por hacerlo (o nos castigado por no hacerlo). Dicho mal y pronto, se trata de seguir reglas porque alguien nos lo dice.

Si una niña sigue la instrucción dada por su madre “abrigate que vamos a salir” por una historia de reforzamiento social arbitrario (es decir, una historia en donde se ha reforzado hacerle caso a su madre), estaríamos hablando de un caso de pliance. Se llama pliance a esa CGR, mientras que a la regla en sí se la llama ply.

Tracking, por su parte, es la conducta de seguir reglas basada en una historia que involucra las consecuencias naturales que ha tenido el seguir reglas en el pasado. Si en el ejemplo mencionado, la niña sigue la instrucción “abrigate que vamos a salir” basada en una historia en la cual seguir esas instrucciones llevo a consecuencias naturales reforzantes (estar abrigada en un día frío), entonces estaríamos hablando de un caso de tracking. En ese caso se llama tracking a esa CGR, mientras que la regla en sí se llama track.

Es decir, en el primer caso la niña sigue la regla porque alguien se lo dice, en el segundo caso, sigue la regla porque en el pasado le ha dado buenos resultados.

Augmenting, a su vez, se refiere a una conducta gobernada por reglas en las cuales las mismas alteran el valor de reforzamiento o castigo de un estímulo (una suerte de operación estableciente, pero verbal). Augmenting funciona modificando el valor de una regla de tipo track o ply. Cuando una regla altera las consecuencias reforzantes o punitivas de una conducta, es vista como un augmental.

Repasemos entonces lo que mencionamos un par de párrafos antes: para el pragmatismo, la verdad involucra actuar siguiendo una o proposición para corroborar sus consecuencias: si las consecuencias esperadas suceden, decimos entonces que el enunciado es verdadero, si no, que el enunciado es falso. Volvamos al ejemplo que da Pepper del cazador y destaquemos los puntos cruciales:

“un cazador sale de su cabaña hasta una pradera en la cual cree que hay ciervos. Su camino es obstruido por un arroyo [que bloquea] su camino hacia la pradera. Observa la situación, trae sus recuerdos y conceptos para afrontarla, y formula una hipótesis verbal o un equivalente, que consiste en una textura de referencias que pasan a una sucesión de actividades [:]recoger una pértiga, subirse a un tronco, empujarse con la pértiga), lo cual lo lleva a la otra orilla, donde prosigue su camino” (Maero, 2022, pp. 42, 47).

Si vemos el ejemplo a la luz de las CGR, es claro que lo que Pepper está describiendo allí es básicamente una instancia de tracking: hay una situación determinada, que el cazador para afrontar recurre a una regla autoformulada (la hipótesis), que gobierna una secuencia conductual (recoger la pértiga, subirse a un tronco, empujarse), que lleva a una consecuencia (llegar a la otra orilla) que resuelve la situación. Decimos entonces que su hipótesis fue verdadera, y por ello esa instancia de tracking fue exitosa. Funciona porque es verdadera.

La verdad es entonces algo que decimos de la regla (track) que participa en una instancia de tracking: en esas condiciones, esa acción guiada por esa regla generó las consecuencias esperadas. Decir que un track fue verdadero equivale a decir que seguirlo generó las consecuencias esperadas. Un track requiere una experiencia de corroboración, requiere eventualmente actuar de acuerdo a él y experimentar sus consecuencias especificadas (un track solo es tal dentro de una instancia de tracking).

Esto nos permite entender mejor por qué el pragmatismo tiende a evitar pronunciarse sobre una realidad inmanente o estructuras inmutables: un track no dice nada respecto a la estructura de la realidad, ni nos asegura que siempre vaya a producir las consecuencias esperadas. Un track es siempre provisional, siempre sujeto a corrección y revisión, y podría pasar que en el futuro dejase de funcionar.

Por eso mencioné antes que no se trata de “cualquier cosa que funcione es verdadera”. Que una acción tenga algún efecto deseable no la hace verdadera: tiene que suceder la consecuencia que el track especifica, no cualquiera, por más que sea positiva.

La función de la verdad

Ahora bien, según lo que he expuesto hasta ahora, la verdad pareciera quedar reducida a bastante poco. Decir que una instancia de tracking fue exitosa con respecto al track seguido no pareciera darle un papel muy fuerte a la noción de “verdad”: esa verdad no señala ninguna estructura objetiva, es local, falible, provisional. Nos informa principalmente que bajo ciertas condiciones, seguir la regla X llevó a la experiencia Y. Sin embargo, creo que la noción tiene una función crucial, si añadimos un ingrediente más a nuestro ya cuestionable mejunje conceptual.

Para esto, tenemos que mencionar brevemente a las teorías deflacionarias de la verdad (Blackburn, 2006, 2018). En filosofía, las teorías deflacionarias de la verdad (o deflacionismo) se refiere a un conjunto de teorías que sostienen que el concepto de “verdad” no tiene un papel explicativo ni substantivo, y por tanto le restan importancia al concepto en sí mismo (por eso lo de “deflacionario”, en el sentido de reducción).

El deflacionismo sostiene que si tomamos una afirmación como “el agua hierve a 100 grados”, y le agregamos “es verdad que el agua hierve a 100 grados”, estamos a fin de cuentas en el mismo lugar, no estamos explicando ni añadiendo nada nuevo a la primera afirmación. Por este motivo, en sus inicios, el deflacionismo se denominaba teoría de la redundancia de la verdad, porque afirmar que algo es verdadero es una redundancia sobre lo afirmado.

Esto, por supuesto, no significa pensar que todo es válido ni nos exime de corroborar lo que afirmamos. Los enunciados e hipótesis aún deben ser corroborados de alguna manera –el pragmatismo remite siempre a la experiencia, no a la especulación– sólo que un abordaje deflacionista propone que decir que llamar a un enunciado corroborado “verdadero” es redundante. Es, al fin y al cabo, lo que se hace en ciencia: las hipótesis se corroboran, se proporciona evidencia para los enunciados, pero la ciencia prescinde del concepto de “verdad” –no van a encontrar ese concepto en un paper científico, sino correlaciones y descripciones de contingencias.

Una posición deflacionista parece coherente con nuestra posición conductual: la verdad es una evaluación, una conducta verbal que emitimos frente a ciertas condiciones estimulares, no algo sustantivo u objetivo. Desde esta posición, podríamos estar tentados de pensar que entonces podemos directamente prescindir de la noción de “verdad”, limitándonos a corroborar nuestras hipótesis.

Pero el deflacionismo reserva una función especial a la verdad: la trata como si fuera un dispositivo de generalización. Permítanme explicar.

Cuando decimos algo como “la teoría de Einstein es verdadera”, no nos estamos refiriendo a un enunciado particular de esa teoría, ni tampoco significa que la hayamos efectivamente comprobado a través de las acciones correspondientes –quizá ni siquiera conozcamos sus términos. Más bien, al decir eso, estamos dando un asentimiento de manera general al conjunto de enunciados que constituyen la teoría de Einstein. Veamos lo que dice Blackburn al respecto:

Mientras sostengo que “todo lo que dijo Einstein era verdad”, quizá no sepa aún qué pensar sobre el espaciotiempo. Pero cuando aprendo que Einstein dijo que la curvatura del espaciotiempo es la responsable de la gravedad, debo, o bien adherir a que la curvatura del espaciotiempo es responsable de la gravedad, o abandonar mi adherencia a Einstein. La verdad quizá también sea un dispositivo para hacer otras cosas, pero ésta es quizá su función central. (Blackburn, 2018, p.57).

Esto es, la verdad no le confiere ninguna propiedad especial a un enunciado, sino que nos sirve para generalizar, para economizar, para comunicarnos, para apuntar en la dirección general en la cual podemos encontrar una explicación real. Entonces, desde una perspectiva deflacionista, “verdadero” es una suerte de respaldo social que damos a un enunciado. En lugar de especificar las acciones y operaciones que son la real explicación de una hipótesis (por ejemplo, los detalles de la teoría de Einstein), decir que es “verdad”, generalizando, nos sirve para apuntar hacia ellas.

Cuando le digo a un paciente “es verdad que la terapia de exposición funciona para fobias”, no le estoy dando una explicación real, sino señalando en dónde se podría encontrar una. Es una forma de generalizar y socializar un conjunto de enunciados, sin necesariamente detallar cada uno de ellos y sus operaciones (digamos, todos los enunciados necesarios para entender el funcionamiento de terapia de exposición). Al usar el rótulo de “verdad” (o implicarlo) estoy pidiendo que adhiera al enunciado mismo.

Pero… así es precisamente como funciona la CGR que llamamos pliance. Pliance consiste en seguir reglas porque alguien lo dice, no por las consecuencias que tendría seguirlas. Es la forma inicial en la cual aprendemos a seguir reglas los seres humanos –si una madre tuviese que explicarle a su hijo: “oh, pequeño retoño, retírate de la calle porque está viniendo el colectivo 59 y si permaneces en esa ubicación geográfica te va a dejar como cien gramos de queso en fetas”, el niño tendría pocas chances de supervivencia. “Salí de la calle ya mismo” es más expeditivo y económico –ya habrá tiempo de explicar luego.

Pero cuando decimos que algo es verdad, le estamos asignando un calificativo que tiene un valor social. Algo “verdadero” es socialmente más valioso que algo que no lo es –aumenta el valor de refuerzo de actuar siguiendo ese enunciado. Es decir… se trata de una instancia de augmenting, que como señalamos anteriormente, funciona en tándem con tracking y pliance, alterando el valor de sus consecuencias. No es lo mismo “yo lo digo”, sino “yo lo digo… porque es verdad”.

Cerrando

¿Qué es lo que tenemos hasta aquí, entonces? Desde esta perspectiva, “verdadero” es algo que decimos de un track que ha funcionado en una determinada instancia, en el sentido de ocasionar las consecuencias prometidas. Parafraseando a James, un tracking verdadero es un medio de transporte, ya que nos permite lidiar exitosamente con una experiencia, llevándonos a otra.

Pero para llegar a ese tracking, necesitamos pasar primero por algo de pliance, es decir, guiarnos por las palabras de alguien o algo que nos señale dónde encontrar esos enunciados verdaderos (efectivos). En todo proceso educativo, siempre tenemos a alguien que nos dice qué es lo que entendemos por verdad: un maestro, una profesora, que nos apunta en la dirección correcta. En esos casos, “verdad” es utilizado como un dispositivo de generalización, una brújula que ambiguamente señala el camino que nos llevará al resultado apetecido. Pero la verdad nunca radica en el ply, sino en el track señalado, que se vuelve verdadero sólo cuando es corroborado de alguna manera (el modo de corroboración es relativamente indiferente en este momento).

Una última observación. Los problemas actuales con respecto a la posverdad, pueden entenderse, desde esta perspectiva, en un deslizamiento del énfasis: en lugar de realzar el papel de la experiencia rigurosa, el énfasis se pone en la figura de quien señala las cosas. Importa más quién dice las cosas, que si las cosas dichas efectivamente funcionan de esa manera. Digamos, importa más la verdad del cambio climático como cuestión política o partidaria, que como fenómeno verdadero. Idealmente, el augmental “verdad” es útil para que las personas se acerquen al conocimiento efectivo (los tracks corroborados); por desgracia, ese augmental se está cada vez más utilizando como una forma de reforzar el pliance hacia las cosas que dice quien se postula como figura de autoridad.

Este es mi granito de arena en ese sentido: una forma torpe y rudimentaria de pensar la noción de verdad, que nos ayude a comprender de qué estamos hablando, y de qué tenemos que cuidarnos al transmitir conocimiento: nunca desde un “yo digo esto”, sino “esto es lo que sabemos sobre este tema en este momento”.

Si han llegado hasta aquí, vaya mi agradecimiento más sentido. Sé que han sido unas arduas páginas, y espero que algo de todo esto les resulte de provecho (aunque más no sea que para confundir a sus enemigos).

Nos leemos la próxima.

Referencias

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Baum, W. (2017). Understanding Behaviorism: behavior, culture, and evolution (3rd ed.). Blackwell Publishing.

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Miller, M. C. (2013). Pragmatism and feminism. In A. Malachowski (Ed.), The Cambridge Companion to Pragmatism. Cambridge University Press.

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Rorty, R. (2019). El pragmatismo, una versión: Antiautoritarismo en epistemología y ética. Editorial Ariel.

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