Resistiendo el biologismo – Citas ilustradas

Luego de un largo hiato estamos de vuelta con las citas ilustradas, y esta vez, para compensar la ausencia –que asumimos debe haber dejado huellas imborrables en la psicología de nuestros cuatro lectores (sumamos uno ahora que mi vieja sabe cómo entrar al blog) – vamos a compensar con un texto que está a mitad de camino entre una cita y una traducción completa.

El texto en cuestión es Resistiendo el Biologismo, y fue publicado por Hayes hace 20 años en la conocida The Behavior Therapist (Hayes, 1998). Lo he citado varias veces por dos motivos principales. En primer lugar, porque es una buena forma de despejar confusiones por parte de colegas pertenecientes a tradiciones no conductuales, que tienden a amalgamar conductismo y biología como uña y mugre. La tensión se demuestra en el título mismo: es un texto publicado en una revista que se llama “El terapeuta conductual”, cuyo título es “Resistiendo el biologismo”, por quien era en ese momento el presidente de la Asociación Americana de Terapia Conductual. Digamos, si tuviéramos que imaginar una versión local sería Rolón publicando un texto en el boletín de la EOL cuyo título fuera “La evidencia me rompe las pelotas”.

En segundo lugar, me gusta este texto porque es una excelente forma de presentar el argumento respecto a los peligros del biologismo en el pensamiento psicológico, sin caer en el sofisticado argumento intelectual de “biología laboratorio malo feo enemigo caca”, que suele infestar ciertos foros psicológicos.

El texto es una traducción (hecha por un servidor), de la cual omití algunas partes por cuestiones de brevedad (incluso ahora estoy viendo que son cinco páginas en mi procesador de texto) y para prevenir el hastío de los lectores, pero lo que está aquí debe ser un 70% del texto. Como es costumbre, marcamos con “(…)” los lugares en los cuales omitimos fragmentos del texto.


Resistiendo el biologismo

Steven C. Hayes

El diario de ayer fue interesante y bastante típico. En la página 81 se nos decía que el oído interno de las lesbianas difiere ligeramente de las mujeres heterosexuales y que esto muestra que la orientación sexual está biológicamente determinada. En la primera página me enteré de que una secuencia particular de nucleótidos tiende a ser distinta en las personas que fuman versus en las personas que no, y que la adicción está biológicamente determinada. En la página 41 se me informó que los cerebros de las personas con dislexia son distintos de aquellos de las personas sin dislexia, y que la dislexia está biológicamente determinada. Esto no es ciencia biológica, es biologismo, y es tiempo de que los científicos conductuales la confronten abiertamente.

Por “biologismo” me refiero a la creencia de que la estructura del organismo o de sus partes explican complemente sus acciones contextualmente situadas. El biologismo localiza los procesos psicológicos, sociológicos, históricos, y antropológicos, en la carne y huesos del organismo individual.

(…) Uno de los baluartes del biologismo en la ciencia conductual es el estudio de gemelos. Siempre me sorprende que incluso científicos conductuales bien entrenados parecen tomarlos sin el necesario grano de sal. No merecen la credibilidad que se les reputa. Los estudios de gemelos hacen una pregunta mal encarada acerca del papel de la genética y el ambiente y entonces producen respuestas inherentemente desencaminadas incluso a esa pregunta. Como intentaré demostrar, los estudios de gemelos son lógicos sólo si un investigador no está interesado en los procesos que generan los resultados observados.

Para ilustrar el problema les pido que consideren el estudio de gemelos perfectamente diseñado. El investigador está interesado en algún fenómeno “X” clínicamente relevante. Los investigadores toman una medida confiable y válida de X y examinan las tasas de concordancia para X en grupos de gemelos idénticos y fraternos. En cada caso, la mitad de los pares de gemelos han sido criados juntos y la mitad han sido separados desde el nacimiento. Supongan que encontramos que las tasas de concordancia para gemelos monocigóticos son altas, mientras que son moderadamente bajas para pares de gemelos dicigóticos. La diferencia entre los gemelos criados juntos versus aquellos criados separados es estadísticamente significativa pero bastante baja, y esta diferencia es similar para ambos tipos de gemelos. Los investigadores introducen los resultados en un análisis estadístico que arroja estimados para G + A + G*A (génetica, ambiente, y su interacción), razonando que toda la conducta es resultado de estas tres fuentes de influencia. En ese caso, los investigadores concluyen que el fenómeno X es dominantemente genético. El ambiente juega un papel pequeño, y su interacción no es muy importante.

Para comenzar a mostrar por qué esta conclusión es engañosa o incluso errónea, imaginen lo que hubiera sucedido si los investigadores hubieran omitido la distinción entre pares de gemelos dicigóticos que fueran del mismo sexo versus los pares de sexo opuesto (el ejemplo no es artificial, ya que algunos de los primeros estudios hicieron exactamente esto). Este error hubiera tenido el efecto perverso de etiquetar como “genética” todas las formas de sesgo cultural sexual que son relativamente universales. Consideremos un ejemplo. Imaginemos que vivimos en una cultura en la cual las mujeres, pero no los hombres, son guiadas para pensar sobre sí mismas como objetos sexuales y que este rasgo es el fenómeno X de interés. Cuando los gemelos fraternos son del mismo género, tienden a estar de acuerdo en este rasgo, pero no cuando son hombre/mujer. Los gemelos monocigóticos siempre tienden a estar de acuerdo dado que son siempre del mismo género. Dado que el sesgo cultural es ampliamente compartido no hace mucha diferencia  si uno está criado en la misma o en diferentes familias: esta forma de sexismo está en todas partes. Un estudio de gemelo en esta área llevaría a la sorprendente conclusión de que pensarse a sí mismo como un objeto sexual es dominantemente “genético”.

(…)

Consideremos otro ejemplo: el atractivo físico (AF). La AF es una de las más poderosas variables conocidas para el comportamiento humano, a menudo excediendo el impacto de sexo, raza, o inteligencia. Para mencionar sólo algunos resultados, controlando todas las otras variables, las personas atractivas ganan más dinero, son arrestadas por menos crímenes, tienen menos problemas psicológicas, pero permanecen en terapia más tiempo que las personas poco atractivas (estos últimos dos resultados proporcionan un insight bastante entretenido sobre las motivaciones de los terapeutas).

Ahora, este es el problema: cualquier resultado vinculado significativamente a la atracción física será llamado “genético” si ese factor es examinado con un estudio de gemelos. Es una certeza matemática, dado que (a) los niveles de AF raramente variarán en gemelos monocigóticos (ese es el motivo, después de todo, por el cual los llamamos gemelos “idénticos”), pero variarán a menudo en gemelos dicigóticos, y (b) los efectos de sesgo del AF en el ambiente social es casi universal. Esta es una repetición del problema del género ya mencionado. Sí, la apariencia física es dominantemente genética (si se la compara con la alimentación, dieta, enfermedad, o lesión), pero la apariencia tiene sus efectos conductuales porque altera el ambiente social. Por eso, el input es genético pero el proceso en sí –la secuencia funcional de eventos que llevan a un resultado-  no lo es.

(…)

Si uno ve el problema con los estudios de gemelos en el caso de los efectos de sexo o AF, entonces la metodología entera debe ser vista de manera diferente. No es suficiente controlar post hoc el género, AF, o variables similares en estudios de gemelos. Puede haber una miríada de variables (por ejemplo, color de la piel, etnicidad aparente, voz, peso, metabolismo nutricional, y así), y no hay forma a priori de saber qué son esas variables o si participan en los resultados de algún estudio dado.

Correlatos biológicos

Una metodología mucho más débil involucra la búsqueda de correlatos biológicos. Este es un abordaje antiguo, y desde los frenologistas en adelante ha sido marcado por un ciclo de entusiasmo, descubrimiento, y colapso. La verdadera causa biológica subyacente está siempre supuestamente en el horizonte; correlatos tantalizantes son encontrados con frecuencia; y en exámenes más detenidos muestra que no son ni sensibles ni específicos. Actualmente, no estoy al tanto de ningún marcador biológico para ninguna condición común de salud mental que sea sensible y específico.

Pero supongan que los tuviéramos. Qué tendríamos entonces? Sabríamos que el proceso es biológico? Creo que la respuesta es claramente “no”. El problema es que en principio nunca sabemos si los cambios en el contexto moderan la relación entre los eventos biológicos y conductuales.

Permitanme dar un ejemplo en un área que es bien entendida. La PKU [fenilcetonuria] es completamente biológica en un sentido: los seres humanos con un gen defectuoso no pueden digerir la fenilalanina y como resultado tienen una acumulación tóxica de ácido fenilpirúvico. Pero la PKU es completamente ambiental en otro sentido: sin fenilalanina en la dieta no hay PKU. Si viviéramos en un planeta sin fenilalanina en la comida, no sabríamos que la PKU existe. A la inversa, si la fenilalanina estuviera en toda la comida, no sabríamos si la PKU es en cierto sentido ambiental. Se requieren ambos factores, trabajando en conjunto, para producir el efecto.

La pregunta real

Cuando guío a los estudiantes a través de los problemas lógicos de los estudios de gemelos y la correlación biológica suelen reaccionar con enojo o frustración. Recuerdo un estudiante exclamando “Bueno, entonces, ¿cómo respondería usted a la pregunta?”. Mi respuesta es: estos estudios plantean una mala pregunta, y no veo necesidad de contestarla.

El problema es que la fórmula “G+A+B*A” es intrínsecamente errónea. No hay efectos conductuales para G, en sí misma y considerada aisladamente. Ninguno. Sólo los organismos se comportan y “G” es una mera secuencia de nucleótidos, no un organismo. Los organismos siempre se comportan en y con un contexto. Demonios, dadas las condiciones nutricionales adecuadas es posible hacer que los pájaros desarrollen estructuras similares a los dientes, de manera que incluso la estructura misma del organismo (ni siquiera consideremos su conducta) es epigenética, no genética. De similar manera, no hay efectos para A, en sí mismo y considerado de manera aislada. Los ambientes deben ser funcionales para un organismo antes de que A pueda tener un impacto.

Por esto las preguntas importantes sobre naturaleza y crianza nunca son aditivas sino que son siempre interactivas. La pregunta “qué porcentaje de este problema es genético” es una pregunta aditiva y por tanto es inherentemente sin sentido. Si uno insiste en preguntar sólo puede obtener confusión.

Permítanme un ejemplo de sentido común para los problemas que acarrea plantear preguntas aditivas sobre fenómenos interactivos: ¿qué porcentaje del agua es oxígeno? Si uno cuenta moléculas, se pueda dar una respuesta. Si uno suma pesos atómicos, se pueda dar otra respuesta. Pero la respuesta real es “esa es una pregunta que no tiene sentido. El agua no es un fenómeno aditivo y por tanto no puede ser reducida a porcentajes” Sin hidrógeno y oxígeno combinados de cierta manera particular, no tendríamos agua. Si uno insiste en hablaren términos de porcentajes, lo más cercano que podemos tener a una respuesta honesta y precisa es que el agua se debe en un 100% al hidrógeno, un 100% al oxígeno, y un 100% a su interacción.

Los seres humanos son así. Si alguien pregunta, “¿qué porcentaje de la conducta es genética versus ambiental?”, la respuesta real es “esa es una pregunta sin sentido. La conducta de los organismos no es un proceso aditivo y por tanto no podemos reducirla a porcentajes”. Si alguien insiste en hablar en términos de porcentajes, lo más cercano que podemos dar a una respuesta honesta y precisa es que la conducta se debe en un 100% a la genética, 100% al ambiente, y 100% a su interacción.

(…)

Enfrentando el desafío

Tal como lo veo, los científicos conductuales no han afrontado el desafío del biologismo. Necesitamos hacerlo. Cuando nos dicen que las lesbianas tienen oídos internos atípicos, o que los disléxicos tienen cerebros atípicos, o que los fumadores tienen genes atípicos, nos nos están hablando acerca de los contextos en los cuales esos hechos estructurales se relacionan con los resultados vistos, ni nos están diciendo acerca de los contextos alternativos que podrían diseñarse. No nos están diciendo que existen métodos biológicos firmemente ligados al conocimiento estructural para una intervención exitosa. No nos están diciendo que los procesos funcionales involucrados son dominantemente biológicos. En lugar, meramente nos están diciendo (usualmente de forma implícita), que la estructura del organismo explica su acción contextualmente situada. Pero esta creencia central del biologismo no es una conclusión: es su presuposición inicial. Los métodos que se utilizan no someten esta presuposición a examen empírico y los resultados obtenidos no demuestran esa presuposición frente a criterios pragmáticos o de correspondencia de la verdad.

(…)

El triste efecto del biologismo es que las políticas importantes no son llevadas a cabo. Cuando permitimos que problemas conductuales sean etiquetados como genéticos, basados en métodos pobras y preguntas igualmente pobres, cercenamos la cultura de entre las fuentes importantes de cambio conductual. Por ejemplo, los estudios de gemelos parecieran sugerir que la conducta intelectual es genética, pero los métodos utilizados no pueden (y no lo hacen, de hecho) desenredar el impacto generalizado y consistente del color de piel o la etnicidad en las prácticas culturales. Sería mucho mejor estudiar cómo la conducta intelectual puede ser cambiada, especialmente en niños de color, pero libros como The Bell Curve (Murry & Hernstein, 1994), sugieren la conclusión exactamente opuesta.

(…)

La terapia conductual puede trabajar cómodamente ocn un modelo biopsicosocial, pero sólo si estos diferentes aspectos son reconocidos como participantes en un todo, no como competidores que pueden ser reducidos o expandidos, uno al otro”


Hasta aquí, Hayes.

Por mi parte, añadiría esto: noten que el razonamiento puede ser aplicado también al cerebrocentrismo en boga en estos días –me refiero a la tendencia a reducir conductas que suceden en y con un contexto a determinadas estructuras cerebrales. La tendencia a pensar que un determinado trastorno es “real” sólo cuando se encuentran los correlatos cerebrales correspondientes –basta con hacer un rápido recuento de la cantidad de veces que hemos leído que la adicción o la depresión es una enfermedad “real” porque hay cambios cerebrales. Pareciera que si no encontráramos esos cambios, la adicción, depresión, u otras condiciones no serían reales (probablemente serían conceptualizadas como un hobby).

No voy a seguir hoy con los problemas del cerebrocentrismo para no agotar la poca paciencia que ya nos deben tener los lectores, pero bástenos para cerrar esto:

A veces lo que necesitamos no son más respuestas, sino plantear mejores preguntas.

¡Nos leemos la próxima!

 

Referencias

Hayes, S. C. (1998). Resisting biologism. The Behavior Therapist, 21, 95–97.

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