La tercera herida

En «Una dificultad del psicoanálisis» (1917), Freud usa una analogía que siempre me ha resultado simpática.

Refiere que el amor propio de la humanidad ha sufrido tres graves afrentas o heridas por parte de la investigación científica. La primera afrenta tuvo lugar cuando se reconoció de manera general que la Tierra no era el centro del universo sino un planeta más; esta afrenta se denomina «cosmológica«, y se asocia comúnmente a Copérnico. La segunda afrenta consistió en ubicar a la especie humana no en el centro, sino en una más de las ramas del árbol de las especies, el hombre dejó de ser el fin último de la evolución y esta afrenta biológica es la que se asocia con los trabajos de Darwin. La tercera y última afrenta, postula Freud, es psicológica y consiste en aseverar que la pulsión sexual no puede domesticarse y que los procesos anímicos son en su mayor parte inconcientes; «el yo no es el amo en su propia casa«, escribe.

En la 18va Conferencia de introducción al psicoanálisis (1916), Freud asevera que al haber así herido el amor propio de la humanidad ha «convocado a los más malignos espíritus de la crítica en contra del psicoanálisis», y ello ha sido causa del rechazo generalizado al psicoanálisis. En otras palabras, cada una de estas heridas ha refutado la idea de que la humanidad es especial de alguna manera, y rota la ilusión, sus voceros sufrieron la furia y el rechazo.

Ahora bien, la idea de las afrentas referida a las figuras de Copérnico y Darwin es atractiva, pero cuando se refiere a la psicología no cierra, algo hace ruido porque la afrenta psicológica no parece pertenecer a la serie, y creo que hay algunas objeciones para hacerle a esta tesis.

En primer lugar, consideremos que tanto la afrenta cosmológica como la biológica tuvieron como resultado expulsar a la humanidad del eje de estudio. Con el giro copernicano, la Tierra dejó de ser un lugar especial con leyes físicas especiales, y los esfuerzos de la astronomía se ampliaron al resto del universo: los planetas, lunas, estrellas. La Tierra, sujeta así a leyes generales, entró a formar parte de un universo más grande y se volvió uno más de los posibles sujetos de estudio. La afrenta biológica, de manera similar, tuvo como resultado que el hombre dejó de tener un origen especial y un lugar especial en el mundo, sino que pertenecía al mismo orden de existencia que cualquier otro ser vivo. El hombre, sujeto así a leyes generales, entró a formar parte del mundo y se volvió uno más de los posibles sujetos de estudio.

Pero en la afrenta psicológica descripta por Freud pasa algo distinto. Por supuesto, se postula que las fuerzas inconcientes son las que rigen sus actos, pero a diferencia de las afrentas anteriores, en ésta el hombre sigue siendo completamente el centro de estudio. No sólo eso, sino que este movimiento puso especial énfasis en el hombre: una rica mitología poblada de edipos, hordas, angustias y envidias vive en el seno de la humanidad, y es crucial no perder de vista el mínimo detalle, sean gestos, chistes, olvidos o sueños, ya que podrían ser las puertas a un conocimiento más profundo. Esto es central: a diferencia de las dos primeras, en la denominada afrenta psicológica el hombre sigue siendo el centro del universo. Basta ver la bibliografía que surgió a raíz de esto:  se refiere en su totalidad al hombre (y me atrevería a añadir que a cierto tipo de hombre: occidental y del siglo XX).

Hay otros indicios que señalan que la afrenta psicológica no pertenece a la serie:  por ejemplo, los campos que surgieron de las afrentas cosmológica y biológica terminaron trabajando sin contradicciones, con métodos y perspectivas que si no son similares son, como mínimo, homologables. En otras palabras, la astronomía y la biología adoptaron ontologías y epistemologías muy similares.

Otro aspecto notable en el cual difiere la tercera afrenta es en el rechazo sufrido: Copérnico no se animó a publicar su obra en vida, y sus libros estuvieron incluidos en el Index -el índice de libros prohibidos por la inquisición que estuvo vigente hasta mediados del siglo XX. Las teorías de Darwin son hoy mismo, 150 años después, vivamente rechazadas en algunos países y han sido objeto de un acalorado debate (por ejemplo, podemos recordar que recién en 1996 la Iglesia Católica apoyó públicamente la teoría de la evolución). Notemos que estos rechazos no vinieron de parte de los científicos, que en general acogieron estas ideas, sino de parte de la sociedad y la cultura de cada época.

Pero respecto a la tercera afrenta, la actitud fue radicalmente otra: la sociedad, que mostró rechazo hacia las teorías de Copérnico y Darwin, adoptó fervorosamente las ideas psicoanalíticas. Cine, arte, literatura, filosofía, todos se vieron permeados por sus ideas. El campo de la psicología no tardó mucho en hacerse eco de esto tampoco: no habían pasado dos décadas desde los primeros trabajos conocidos de Freud cuando se creó la Asociación Psicoanalitica Internacional, que hoy tiene 70 filiales en 33 países, y sería una ardua tarea encontrar un psicólogo que no haya leído algún texto de Freud (compárese esto con los textos de Wundt, por ejemplo). No es el tipo de acogida que tuvieron Copérnico y Darwin, ciertamente.

Todo esto que señalamos no es algo negativo, por supuesto, pero sí nos permite considerar que la tercera herida no pertenece a la serie. Pero no descartemos la idea, avancemos un poco más con ella.

Freud denomina afrenta o herida al amor propio de la humanidad a movimientos científicos que prohíben a todo lo humano detentar un lugar o trato especial en el universo, rupturas que le dicen claramente al hombre «sos uno más». Ahora bien, creo que efectivamente hay una ruptura análoga en el campo psicológico que cumple con los criterios especificados por Freud, y esta ruptura es la representada por el campo de las ciencias de la conducta, siendo su representante destacado B.F. Skinner. Permítanme explicar por qué.

El campo del conductismo postuló que los actos de los hombres están sujeto a las mismas leyes que el resto de los animales. Al igual que la teoría de la evolución, que postula que todas las variaciones biológicas son resultado de la interacción entre el organismo y el ambiente, el conductismo postula que todas las variaciones conductuales son resultado de las interacciones entre el organismo y su ambiente. A tal punto esto es así que el primer libro de Skinner se llama «La conducta de los organismos», no «La conducta del hombre». Al igual que Darwin y Copérnico, Skinner está claramente estableciendo desde el título mismo que no hay un tratamiento especial según el tipo de organismo en cuestión. Lo mismo se puede notar viendo las publicaciones de este campo, que incluyen con igual regularidad animales y humanos como sujetos de estudio. Y esto es porque sea una ameba o un japonés de mediana edad, las leyes de la conducta son las mismas para todos los organismos.

Esto es efectivamente una afrenta narcisista. Las críticas al conductismo suelen ser de este tenor: que son principios que sólo sirven para animales, que trata a personas como robots, que no puede captar lo que de único tiene el ser humano, etc. Son críticas erróneas, claro, pero son inquietamente similares al tono de las críticas que recibió la teoría de la evolución: que no somos monos, que el hombre tiene un alma y por eso somos excepcionales y la teoría de la evolución pretende borrar esto, etc.

Y es que Freud estaba en lo cierto en esto: cuesta digerir la idea de que no somos tan especiales como creemos. Esto, por supuesto, no impide que el conductismo estudie los seres humanos, del mismo modo que la revolución copernicana no impidió que se estudiara a la Tierra; las tres afrentas tienden a expandir el foco, postulando leyes generales a través de un campo de saber en el cual lo humano es sólo un caso más. El conductismo estudia la conducta de los seres humanos del mismo modo que estudia la conducta del resto de los organismos.

La tercera afrenta esta ahí; Freud no pudo apreciarla por una cuestión de tiempo y lugar (Watson publicó el manifiesto conductista en 1913, pero supongo que la conexión a internet en esa época era malísima, por lo cual las noticias viajaban más lentamente), pero creo que estaría de acuerdo en que, según los criterios que él mismo postuló, el campo general de las ciencias de la conducta es la tercera afrenta al amor propio de la humanidad.

No somos especiales. Eso duele, sin duda. Pero viendo la relación tan a menudo destructiva que la humanidad establece con su ambiente, quizá ya vaya siendo tiempo de que comencemos a formar parte del mundo.

 

 

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