La ducha fría, el orgullo y demás conceptualizaciones del Yo

De tanto en tanto sucede, a nuestro pesar, que  las teorías que sostenemos se vienen a colar sin pedir permiso entre inocentes párrafos literarios cuyo último objetivo es venir a servir de buen ejemplo de ninguna cosa.

Este es uno de esos casos por lo que, les sugiero, no lo tomen muy seriamente, lo cual básicamente consistiría en considerar que se trata de una pequeña lectura entre tantas otras posibles y quizá más acertadas.

A la sauna entró una joven desconocida y ya desde el umbral empezó a organizarlas a todas. El vapor caliente que subía obligó a la mujer que estaba sentada junto a Agnes a hacer un gesto de dolor y taparse la cara con las manos. La desconocida lo advirtió, afirmó “me gusta el vapor, así por lo menos siento que estoy en la sauna”, se metió entre dos cuerpos desnudos a los que desplazó y enseguida empezó a hablar del programa de la noche anterior en televisión, en el que había participado un famoso biólogo que acababa de publicar sus memorias. “Fue estupendo”, dijo.

Otra mujer asintió: “Oh sí ¡Y qué modesto!”.

La desconocida dijo: “¿Modesto? ¿No se dio cuenta de que ese hombre es extremadamente orgulloso? ¡Pero es un orgullo que me gusta! ¡Me encanta la gente orgullosa!” (…)

Los humanos no vivimos, simplemente, en el mundo: interactuamos con él verbalmente; lo interpretamos, construimos narraciones sobre él, lo evaluamos. Formulamos nuestras características personales, nos contamos historias sobre nuestra vida, definimos nuestras cualidades y las comparamos con las de otras personas y, además, construimos relaciones causales entre esas cualidades y nuestras historias personales.

Agnes se encogió de hombros y la desconocida dijo: “yo en la sauna tengo que sentir calor de verdad. Tengo que sudar a gusto. Pero después tengo que darme una ducha fría. ¡Adoro la ducha fría! ¡No entiendo a la gente que después de la sauna puede darse una ducha caliente! Y también en casa por la mañana, sólo me ducho con agua fría. La ducha caliente me da asco.”

Al poco tiempo empezó a asfixiarse en la sauna, así que, después de repetir una vez más que no soportaba la modestia, se levantó y se fue.

Nos describimos a nosotros mismos en términos de nuestros roles, nuestras preferencias, nuestras cualidades. Estas auto-definiciones de nuestro yo –a las que llamamos “yo-contenido”- nos parecen bastante ajustadas y basta con que alguien nos proponga completar la frase “yo soy…” para que una cascada de contenidos surjan sin esfuerzo y sin contradicción. Desde pequeños nos han entrenado en definirnos y definir el mundo y estas definiciones suelen presentarse como “hechos” más que como simples definiciones verbales dependientes del contexto.

Agnes se acordó de la desconocida que poco antes les había comunicado a todas que odiaba la ducha caliente. Había ido para darles a conocer a todas las mujeres presentes que: 1) le gusta el calor cuando está en la sauna, 2) adora el orgullo, 3) no soporta la modestia, 4) ama la ducha fría, 5) odia la ducha caliente. Con estos cinco trazos había dibujado su autorretrato, con estos cinco puntos había definido su yo y se lo había ofrecido a todas. Y no modesta (¡ya había dicho que no soportaba la modestia!), sino combativamente. Había empleado verbos apasionados, adoro, no soporto, me da asco, como si hubiera querido decir que por cada uno de los cinco trazos del retrato, por cada uno de los cinco puntos de la definición, estaba dispuesta a ir a la lucha.

Con el tiempo nos apegamos a estas historias como si definieran realmente quienes somos. En este estado “fusionado”, cualquier amenaza a estos relatos es cuestión de vida o muerte. Intentamos vivir dentro de esas historias; intentamos ser lo que decimos que somos.

¿Por qué esa pasión?, se preguntó Agnes, y se le ocurrió lo siguiente: Cuando nos escupieron al mundo tal como somos, tuvimos en primer lugar que identificarnos con esa jugada de dados, con esa casualidad organizada por la computadora divina: tuvimos que dejar de asombrarnos de que precisamente esto (lo que vemos frente a nosotros en el espejo) fuera nuestro yo. Sin la fe en que nuestro rostro expresa nuestro yo, sin esa ilusión básica, sin esa protoilusión, no podríamos vivir o al menos no podríamos tomarnos la vida en serio. Y no bastaba con que nos identificáramos con nosotros mismos, era necesario que nos identificáramos apasionadamente, a vida o muerte. Porque sólo así podemos considerarnos no como una de las variantes del prototipo hombre, sino como un ser que tiene su propia esencia irremplazable. Este es el motivo por el cual la joven no sólo necesitaba dibujar su propio retrato, sino que quería al mismo tiempo poner ante todos de manifiesto que hay en él algo totalmente único e irremplazable, por lo que vale la pena pelear y hasta dar la vida.

El apego al yo-contenido puede resultar muy problemático si desemboca en el intento de “mantener la consistencia” mediante la pérdida de contacto con la experiencia en caso de que ésta sea incongruente con la propia historia del yo.

Las historias no son el problema. El apego a ellas lo es.

El Yo no es una historia, no es una suma de cualidades, ni de formas de ver la vida, ni determinadas ideas. Estas cosas han cambiado a lo largo de nuestra vida y probablemente lo seguirán haciendo. Hemos pensado diferente -no pensamos igual que cuando teníamos 10 años, por ejemplo-, hemos sentido diferente, nuestro cuerpo ha cambiado. El Yo es aquello que sirve de contexto a estos contenidos y a la vez no tiene ningún contenido. Nada puede amenazarlo.

Quizá eso sea lo verdaderamente único e irremplazable. Algo que todos compartimos. El Yo es Nosotros.

 

La Inmortalidad- Milan Kundera

Terapia de Aceptación y Compromiso- Hayes, Strosahl, Wilson (edición en español)