Flores, abejas, evolución, y psicopatología

Cada tanto volvemos a insistir aquí con el nexo entre la psicología (especialmente en las variantes conductuales) y algunos aspectos de la teoría de la evolución (como por ejemplo aquí y aquí).

El tema tiene su atractivo porque, sin reducir nuestra área de estudio, permite utilizar el marco general de la teoría de la evolución para comprender mejor las conductas humanas, compartiendo un lenguaje común con todo un campo del conocimiento. Es una buena cosa que la psicología salga de su isla. En particular, hemos dicho que es posible pensar a la psicoterapia como un proceso evolutivo –en el sentido de la teoría de la evolución (tendría que usar el término “evolucionista” pero me resisto porque suena espantoso). Hoy querríamos entonces proponer una forma de pensar a la psicopatología desde una perspectiva evolucionista (arrrgggh).

Variación y selección retentiva

Primero, hagamos un repaso de algunos conceptos básicos de la evolución. Supongamos un proceso de selección evolutiva sencillo, digamos, el color predominante que tomarán las flores en una mata de flores que tienen ligeras variaciones de color. Las abejas, que son necesarias para la polinización de las flores, prefieren ciertos colores, más cercanos al violeta, porque son los que mejor pueden ver. Un proceso de evolución, entonces, requiere que sobre una población actúen dos procesos:

  • Variación en los rasgos en la población: si todas las flores tuvieran el mismo color, las abejas visitarían las flores al azar (o guiadas por otras características). Cierta variabilidad es necesaria para que la selección pueda actuar sobre las diferencias, amplificándolas o reduciéndolas.

Maravillaos ante mi magnificencia gráfica

  • Retención selectiva de los rasgos: cuando hay variación, la presión del ambiente favorecerá a ciertos rasgos. Si las abejas pueden ver mejor el color de ciertas flores habrá mayor probabilidad de que las visiten, polinizándolas en el proceso y favoreciendo la diseminación de ese color, la retención de ese rasgo en la población.

No se trata de que el rasgo favorecido sea “mejor” que otros, sino que en un contexto específico proporciona ventajas, porque las consecuencias de tener ese rasgo son favorables en ese contexto. Por ejemplo, si la misma mata de flores fuese llevada a un lugar en el cual no hay abejas y la polinización fuese realizada por pájaros, tendería en cambio a seleccionarse el color rojo para las flores, ya que es un color que los pájaros prefieren y que las abejas en cambio no pueden ver.

Repertorios conductuales

Esta forma de pensar la selección de rasgos nos puede ayudar a pensar algunos procesos que suceden en nuestro campo.

Podríamos acordar que el objeto general de estudio de la psicología es lo que hacen las personas. Incluso cuando postulamos entidades hipotéticas (psique, mente, emociones, etc.), se trata de hipótesis para comprender por qué o cómo una persona hace o deja de hacer algo, predecir lo que hará e intervenir sobre ello.

Esto es decir que nos interesan las conductas de las personas, y una forma de hablar sobre las conductas de las personas es referirnos a su repertorio conductual.

El repertorio conductual está constituido por todas las conductas o actividades que una persona puede emitir en un momento dado. Ahora mismo, mientras están leyendo estas líneas, hay un enorme número de conductas posibles que podrían realizar –salir corriendo, tomar un whisky, darse un tiro en el pie izquierdo u otras actividades que hicieran más tolerable la lectura; el conjunto de esas conductas constituyen su repertorio conductual, que es único e irrepetible –nadie más puede desplegar la misma exacta constelación de conductas.

Si volvemos a nuestra analogía con las flores, podemos pensar al repertorio conductual como una población que está integrada por las conductas y clases de conducta de un individuo. Cada contexto selecciona ciertas conductas por sus consecuencias, favoreciendo la retención de algunas conductas y no de otras. Por ejemplo, si están en un lugar frío probablemente tenderán a hacer ejercicio cerca del mediodía cuando la temperatura es más cálida, mientras que si viven en un lugar muy caluroso (digamos, la ciudad de Santa Fe, que está ubicada a quince metros del infierno), harán ejercicio más cerca del amanecer o anochecer, cuando la temperatura es más agradable. Esta selección por consecuencias es lo que llamamos reforzamiento cuando nos referimos a conductas (junto con el resto de la terminología y procesos, claro está).

El repertorio de una persona puede ser más o menos amplio, es decir, abarcar mayor o menor cantidad de conductas en una situación. Esto es lo que llamamos la variabilidad del repertorio conductual, que es análoga a la variabilidad de los colores de las flores, y constituye una dimensión muy importante a la hora de comprender la conducta.

La variabilidad del repertorio se va modificando a lo largo de la vida de la persona gracias a los procesos de aprendizaje: se aprenden nuevas conductas, se inhiben otras, etc. La historia de aprendizaje puede aumentar la variabilidad conductual: por ejemplo, un actor experimentado tendrá mayor variabilidad conductual sobre un escenario que un actor novato (lo que se suele denominar el “rango actoral”); pero también la historia de aprendizaje puede disminuir la variabilidad conductual, como por ejemplo cuando un pianista aprende a reducir movimientos innecesarios con los codos al tocar.

El punto es este: el contexto puede ampliar o reducir la variabilidad conductual.

¿Siguen despiertos? Bien, porque podemos complejizar un poco la cosa, y con un poco de suerte un par de párrafos más adelante llegaremos a algunas aplicaciones prácticas de todo esto.

Quizá recuerden que hay dos formas generales de caracterizar a una conducta: su forma o topografía, por un lado, y su función, por otro. La forma de una conducta se refiere a las características concretas que exhibe: por ejemplo “levanto una mano”; la función, en cambio, se refiere a las relaciones entre la conducta y el contexto en que se emite (su efecto, si se quiere): “levanto la mano en clase indicando que quiero hacer una pregunta”. Forma y función son diferentes aspectos de la conducta. Podría en lugar de levantar la mano decir en voz alta “quiero hacer una pregunta” (distinta topografía, misma función); o podría estar levantando la mano para estirar los músculos del brazo (misma topografía, distinta función).

Por esto, la variabilidad de un repertorio conductual puede ser considerada en dos dimensiones: la variabilidad formal y la variabilidad funcional. La variabilidad formal se refiere a la variación en las topografías conductuales: cuántas conductas descriptivamente distintas puedo emitir. La variabilidad funcional se refiere a las diversas funciones que abarca mi repertorio conductual.

Variabilidad y psicopatología

Una forma de graficar esto sería con un par de coordenadas cartesianas. Si ponemos en el eje horizontal la variabilidad funcional del repertorio y en el vertical la variabilidad formal del repertorio nos quedaría esto:

Esto nos va a permitir caracterizar a un repertorio según su posición en ambos ejes. Un repertorio con alta variabilidad funcional y formal se vería así:

En este caso tenemos un repertorio con diversas topografías conductuales con diversas funciones. Por ejemplo, en el contexto de usar un celular, nuestro repertorio conductual se podría caracterizar así:

Lo vemos agrupado así porque el uso del celular involucra poca variabilidad topográfica (ya que básicamente es usar los pulgares y los índices sobre la pantalla), pero con una variabilidad funcional enorme: tanto puedo estar escribiendo un mail romántico como puteando a alguien en Twitter.

Por otra parte, un repertorio con baja variabilidad formal y funcional se vería así:

Si se están preguntando donde podrían ver este tipo de repertorio, una respuesta posible estaría en el repertorio de una persona con autismo severo en el cual predominan las estereotipias, es decir, conductas con poca variabilidad formal y funcional.

Ahora, dirán ustedes a esta altura, ¿Por qué, por qué, por qué, por qué tanto sufrimiento conceptual y aburrimiento al por mayor?

Porque la variabilidad del repertorio conductual nos permite funcionar mejor en contextos cambiantes. Cuando vimos el ejemplo de las flores, mencionamos que tiene que haber variabilidad de color. Si las flores tuvieran el mismo idéntico color siempre, serían muy poco tolerantes a un cambio de contexto –es de hecho así como muchas especies hiperespecializadas entran evolutivamente en callejones sin salida, pudiendo subsistir sólo en un ambiente muy específico. El problema es que mientras los contextos biológicos son relativamente estables, los contextos psicológicos son enormemente variables.

La variabilidad del repertorio, entonces, es importante porque en cada momento la vida requiere que despleguemos conductas con diversas topografías y con diversas funciones. Por ejemplo, alguien que acaba de tener su primer hijo necesita emitir nuevas conductas (tanto en topografía como en función), para lidiar con los desafíos de esa nueva situación. Lo mismo sucede cuando tratamos de entender un texto, llevar una relación de pareja, cocinar, crear una comunidad de fanáticos de la ornitología o cualquier otra cosa. Cada situación nueva (y recordando a Heráclito, podríamos decir que todas las situaciones son nuevas) requerirá que despleguemos conductas de nuestro repertorio para funcionar exitosamente en él.

Lidiar con contextos cambiantes es más fácil cuando el repertorio conductual es más variable., ya que cuando el repertorio es muy limitado, podemos fácilmente quedar atascados. Por ejemplo, si mi repertorio para socializar se reduce rígidamente a algunas conductas que son útiles en Argentina, tendré dificultades para lidiar con contextos de socialización distintos, como Rusia, digamos. O para decirlo con un ejemplo más clínico, si mi repertorio de socialización no es lo suficientemente variado como para incluir expresiones emocionales, tendré dificultades para lidiar con relaciones sociales cercanas. Una aclaración que vale la pena hacer: el repertorio se refiere siempre a un contexto determinado –podemos tener mucha variabilidad conductual en algunos contextos y poca en otros.

Considerar la variabilidad del repertorio nos permite postular esto: en psicoterapia  lidiamos ante todo con problemas derivados de la baja variabilidad funcional del repertorio conductual (Hayes & Monestès, 2018).

Consideren los trastornos de ansiedad, digamos por ejemplo, pánico. El repertorio conductual de una persona con un trastorno de pánico severo está dominado en contextos clave por conductas con moderada variabilidad topográfica, pero baja variabilidad funcional. Por ejemplo, una persona con ese diagnóstico lleva calmantes consigo, da un rodeo cuando pasa por una plaza, toma café descafeinado, evita subir escaleras o tomar ascensores, etc. Se trata de conductas con topografías diversas pero con una función común: evitar las sensaciones de pánico. Lo mismo pasa con los trastornos del estado de ánimo, alimentarios, y demás: el problema consiste en que la persona no puede hacer nada distinto de lo que está haciendo, quedando “atascada” en un reducido conjunto de conductas con funciones similares.

Sería posible argumentar que la psicopatología se trata de problemas de repertorio y no de conductas individuales, incluso si consideramos conductas que suelen tomarse como problemáticas per se, como es el consumo de sustancias (drogas o alcohol). En sí mismo el abuso de ciertas sustancias no es algo psicopatológico (caso contrario habría que desempolvar el DSM algunos fines de semana), sino que se vuelve un problema cuando lleva a un proceso en el cual la persona no puede dejar de consumir, es decir, cuando lleva a que su repertorio pierda variabilidad funcional porque las conductas de consumir se emiten desplazando a otras conductas. Veremos entonces una proliferación de las conductas para conseguir drogas, desplazando a otras conductas como trabajar, cultivar relaciones sociales, aprender, etc.

El punto aquí es que tanto la persona con ataques de pánico como la persona con consumo problemático de sustancias presentan un perfil similar de repertorio conductual, con variación en la topografía limitadas a pocas funciones (varias conductas para lograr lo mismo, digamos).

Psicoterapia y variabilidad

Pensar a la psicopatología como una reducción en la variabilidad funcional del repertorio es interesante porque nos permite considerar la función de la psicoterapia más allá de técnicas y “marcas” específicas: la psicoterapia intenta fomentar la variabilidad conductual para favorecer la selección de conductas más útiles en ciertos contextos.

La mayoría de las intervenciones en los modelos contextuales (incluso podría esgrimirse lo mismo para la psicoterapia toda) intentan hacer precisamente eso: reducir la influencia de los factores que limitan la variabilidad conductual para favorecer mayor variabilidad.

Por supuesto, con los seres humanos con frecuencia (pero no siempre), los procesos que reducen la variabilidad del repertorio se relacionan con el lenguaje, por lo cual una buena parte de nuestras intervenciones se dirigen a intentar reducir la influencia perjudicial que ese proceso pudiera tener, pero no se limitan a eso. Por ejemplo, un contexto escaso en opciones puede reducir la variabilidad funcional, por eso la pobreza económica suele asociarse con altas tasas de depresión y abuso de sustancias. También los procesos típicos de condicionamiento respondiente y operante pueden tener este efecto –por ejemplo, vayan a un casino y observen la rigidez conductual de los apostadores crónicos, generada por un proceso que podemos ver idénticamente en ratas y palomas.

Cuando trabajamos exposición, por ejemplo, estamos intentando ampliar el rango de conductas disponibles frente al estímulo temido –digamos, que frente a una serpiente no sólo haya conductas de evitación o escape, sino también observación, apreciación, curiosidad, etc. –de paso, el cambio en la forma de hacer exposición que hemos visto en la última década se ajusta mejor a esta forma de pensar la psicopatología, ya que se trata de introducir variabilidad en el proceso (Craske, Treanor, Conway, Zbozinek, & Vervliet, 2014; Craske et al., 2008). Lo mismo sucede cuando trabajamos recursos de aceptación, contacto con emociones, compasión, u otros. Incluso el mero hecho de escuchar sin juzgar puede facilitar la ampliación del repertorio. Por eso una buena psicoterapia requiere su dosis de creatividad y flexibilidad, ya que sin eso es difícil promover la ampliación del repertorio.

Defusión, por ejemplo, consiste en propiciar mayor variabilidad conductual frente a estímulos verbales que suelen restringir el repertorio del paciente. Cuando una persona está fusionada, su repertorio frente a estímulos verbales es reducido. Cuando aparecen determinadas palabras o pensamientos sólo puede hacer una cosa: tomar a las palabras por su significado literal, y responder de manera simbólica (por ejemplo, haciendo resolución simbólica de problemas, lo que llamamos preocupación).

Cuando trabajamos defusión, en cambio, intentamos que haya conductas con otras funciones además de las puramente verbales. Intentamos que ante un estímulo verbal problemático haya, además de las conductas fusionadas, conductas de apreciación, observación, creatividad, o conductas guiadas por las propiedades físicas de las palabras (por ejemplo su sonido, o la forma en que están escritas). Por eso el trabajo de defusión se parece bastante a veces a jugar con las palabras, porque estamos tratando de que haya mayor cantidad de opciones.

Ahora bien, con las flores, la selección del color era realizada por el ambiente (las abejas o pájaros) por sus consecuencias sobre la polinización. ¿Cuál podría ser una guía para seleccionar y retener conductas en el repertorio conductual? Encontramos la respuesta en las cualidades deseadas de la acción, es decir, en los valores personales de la paciente. Los valores nos pueden ayudar a guiar la selección de conductas del repertorio conductual en un contexto determinado.

Esta perspectiva permite comprender algunos fenómenos clínicos. Por ejemplo, por qué las psicoterapias contextuales suelen trabajar “en dos tiempos”: primero se trata de disminuir las fuentes de rigidez (por medio de normalizar el malestar, disminuir la influencia de pensamientos, emociones, creencias, etc.), y ampliar el repertorio de conductas (lo que se suele denominar entrenamiento en habilidades), mientras que en un segundo momento se alienta a los pacientes a actuar hacia una vida con sentido (selección de conductas basada en cualidades deseadas, es decir, valores). Esta secuencia es así porque se necesita primero ampliar el repertorio funcional para poder luego retener selectivamente conductas más efectivas en el contexto en cuestión.

Sin esa primera ampliación el cambio es imposible porque no hay conductas disponibles en el repertorio, por eso decirle a una persona que sufre de ansiedad generalizada “lo que tenés que hacer es relajarte” es una estupidez; sin disminuir el impacto de aquellos procesos que llevan a que la persona sólo tenga conductas de evitación, sin propiciar conductas alternativas en el repertorio, el “relajarse” es imposible, es como decirle a un pez que vuele.

Una forma entonces para pensar todo tipo de intervención contextual podría bosquejarse torpemente así desde esta perspectiva:

  • ¿En qué contextos está restringido de manera problemática el repertorio conductual del paciente? Esto es explorar en qué contextos hay poca variabilidad funcional.
  • ¿Cuáles son los procesos involucrados en esa restricción? Esto involucra la evaluación de todo tipo de procesos conductuales: falta de habilidades, reforzamiento negativo de conductas de evitación, evitación experiencial, excesiva regulación verbal, etc.
  • ¿Cuál será el criterio de selección para las nuevas conductas? Esto es indagar los valores u objetivos que guiarán la selección conductual
  • ¿De qué manera podemos ampliar el repertorio conductual funcional y fomentar la selección retentiva de conductas valiosas? Es decir, formular un plan de acción.

Cerrando

Tzvetan Todorov solía distinguir entre conversación y diálogo. La primera consiste en la exposición alternada de puntos de vista, una sucesión de presentaciones en la cual cada uno aguarda su turno para decir lo suyo, mientras que el diálogo implica un intercambio, una interacción entre los diversos puntos de vista para construir algo en común.

La psicología suele ser terreno fértil para las conversaciones, la yuxtaposición de posiciones sin verdadera interacción. Creo que estas perspectivas (de las cuales, aclaremos por si hay algún confundido, no soy el autor ni por asomo), lo que propician es un diálogo entre psicología y ciencia evolutiva, un intercambio del cual ambas disciplinas pueden salir enriquecidas.

Si han llegado hasta aquí, gracias por la compañía. Nos leemos la próxima!

Referencias

Craske, M. G., Treanor, M., Conway, C. C., Zbozinek, T., & Vervliet, B. (2014). Maximizing exposure therapy: An inhibitory learning approach. Behaviour Research and Therapy, 58, 10–23. https://doi.org/10.1016/j.brat.2014.04.006

Craske, M., Kircanski, K., Zelikowsky, M., Mystkowski, J., Chowdhury, N., & Baker, A. (2008). Optimizing inhibitory learning during exposure therapy. Behavior Research and Therapy, 46, 5–27. https://doi.org/10.1016/j.brat.2007.10.003

Hayes, S. C., & Monestès, J.-L. (2018). Variation and Selection in Psychology and Psychotherapy. In Evolution and Contextual Behavioral Science (pp. 283–295).

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