El uso de registros en terapia: automonitoreo y reactividad

Durante una clase abierta que hace unos días dicté vía internet, una mención que hice de pasada sobre el papel del automonitoreo en activación conductual suscitó el interés de algunas de las personas que –involuntariamente, asumo– se encontraban entre la audiencia.

Ese día no pude responder como hubiese querido a las muy pertinentes preguntas que me hicieron sobre el tema, a causa de las limitaciones que el formato (esto es, si me pusiese a hablar de reactividad al automonitoreo durante un streaming, terminaría hablando solo). Sin embargo, no he querido dejar desatendida esa ajena curiosidad (nunca hay que ignorar una curiosidad), y como el tema siempre me ha interesado querría dedicarle unas líneas aquí, libre de las limitaciones de las redes sociales.

Síganme los buenos.

Loas al automonitoreo

Empecemos aclarando los términos: automonitoreo se refiere en general a todos los procedimientos de recolección de datos llevados a cabo por la paciente durante su vida cotidiana, que puede ser llevado a cabo con distintos medios (registros en papel, digitales, contadores, etc.), con diferentes objetivos (conductas, experiencias internas, situaciones, etc.), y bajo diferentes indicaciones. En activación conductual, por ejemplo, el automonitoreo involucra pedirle a la paciente que todos los días, una vez por hora, registre en una planilla prediseñada la actividad que estuvo realizando durante la hora pasada, y le asigne dos puntuaciones, según qué tan importante y agradable haya sido la actividad.

El uso de algún tipo de automonitoreo aparece en varias orientaciones teóricas de psicoterapia, pero probablemente sean las terapias conductuales y cognitivas (TCC) las que hacen un uso más intensivo de ese recurso. Esto es así a punto tal que usualmente se puede identificar si un tratamiento es TCC según si asigna o no planillas de registro. En mi caso, cuando recibo en consulta a un paciente que ha atravesado varias terapias me interesa saber qué tipo de terapias ha hecho, para tener una idea de las herramientas con las que cuenta. Cuando no conoce la orientación de sus anteriores terapeutas (porque no lo preguntó, porque no se lo informaron, o porque no lo recuerda), preguntarle si en sus terapias anteriores le asignaron tareas de registros entre sesiones suele ser una buena forma de identificar la orientación teórica de sus terapeutas –si refiere haber llenado planillas regularmente, probablemente se haya tratado de algún tipo de TCC (también sirve en este sentido: si dice haber realizado alguna terapia TCC, pero no le han indicado registro alguno, ejercicios en sesión ni actividades entre sesiones, sospecho que en realidad no fue TCC).

Pese a esto, no se le suele dedicar mucha atención al automonitoreo en clínica. Se trata, después de todo, de un procedimiento muy humilde y sencillo –y como bien me enseñaron en la universidad, en clínica todo lo que es claro y simple es falso o inútil, mientras que todo lo oscuro o complicado es sofisticado y profundo.

Si bien como herramienta es relativamente simple, la introducción del automonitoreo como herramienta clínica, a partir de la segunda mitad del siglo XX, constituyó un paso adelante para que el paciente se convirtiera en “un participante activo en la recolección de datos y en la organización de las condiciones óptimas del proceso de cambio”(Kanfer, 1970, p. 148).

Esto se entiende mejor si señalamos que, en clínica, a pesar de que el foco está puesto principalmente en lo que las personas hacen en su vida cotidiana (i.e. fuera de las sesiones), la mayoría de la información clínica que se recaba depende de reportes retrospectivos realizados durante las sesiones (e.g. la consabida “¿cómo estuviste esta semana?”, o el uso de alguna escala). Pero es sabido que ese tipo de reportes son poco fiables y que están plagados de sesgos: el reporte de eventos de la semana se ve afectado por el paso del tiempo y el estado de ánimo del momento en que se pregunta (por ejemplo, el malhumor del día puede sesgar el reporte de lo sucedido en los días anteriores); la evaluación se ve afectada por la situación de terapia e incluso por la presencia del terapeuta; y además se pierden completamente las circunstancias particulares del evento registrado (véase, por ejemplo Sanchez-Craig & Annis, 1982).

El uso de procedimientos de automonitoreo, al solicitar un registro entre sesiones que está temporalmente cercano a las conductas o experiencias clave, permite reducir esos sesgos, proporcionando información que es más precisa, más contextualizada y sensible a los detalles, e incluso en ocasiones permitiéndole a la persona llevar a cabo una suerte de “análisis funcional naturalista” del problema en cuestión (Schlundt et al., 1985, p. 149).

Ahora bien, el uso del automonitoreo como herramienta de recolección de datos cubre sólo uno de sus usos posibles en clínica –y desde un punto de vista de tratamiento, el menos interesante.

Reactividad

Los procedimientos de automonitoreo no son conductualmente neutros, sino que suelen influir en las conductas monitoreadas –es lo que se denomina la reactividad del automonitoreo. Registrar una conducta puede aumentar o reducir su frecuencia. Esta influencia del monitoreo, cuando sucede (y hay varios recaudos al respecto, como veremos más adelante), suele ser positiva, en este sentido: si el blanco es una conducta deseable tiende a aumentar, mientras que si el blanco es una conducta indeseable tiende a disminuir.

Por ejemplo, Frederiksen (1975), utilizó un procedimiento de automonitoreo como único recurso para el tratamiento de los episodios rumiativos de una mujer de 25 años. La paciente tenía, por día, un poco más de 10 episodios de rumiación, cada uno de aproximadamente 15 minutos de duración, acompañados de intenso malestar. En primer lugar, se le pidió a la paciente llevar un simple registro de la frecuencia de los episodios rumiativos, sin ninguna otra intervención. Ese registro se mantuvo durante un mes, tiempo durante el cual los episodios se redujeron a un promedio estable de 2 por día. A continuación, el monitoreo se modificó añadiéndole algunas variables: fecha y hora del episodio, la actividad observable y los pensamientos antecedentes al episodio, el contenido de cada episodio, las consecuencias inmediatas de cada episodio, y un puntaje de la severidad relativa de ese episodio, en una escala de 10 puntos, a punto tal que, luego de implementado ese monitoreo modificado los episodios se redujeron más aún, y en los últimos 20 días del tratamiento la paciente tuvo 5 episodios en total. Los resultados fueron estables durante el seguimiento, que duró seis meses. El gráfico que proporciona Frederiksen es ilustrativo de la reducción en frecuencia de los episodios a lo largo del tratamiento:

(En caso de que les interese, al final del artículo tienen el link a una planilla de registro que hicimos con los ítems de Frederiksen, para usar con rumiación o preocupación)

Un procedimiento similar utilizó Jason (1975) en un caso de insomnio. Esta vez se trató de un paciente de 24 años que había sufrido de insomnio durante 5 meses, y que había utilizado píldoras para dormir sin éxito. El paciente permanecía despierto hasta las 3 o 4 de la mañana, y durante el día dormía siestas. Durante la primera sesión se le indicó llevar un registro diario del tiempo que le llevó dormirse, la hora a la que se despertó, y el tiempo dedicado a siestas. No se le comunicó ninguna expectativa terapéutica respecto al registro, sino que se lo presentó como un recurso para que su terapeuta pudiera mejor entender su problema. Luego de diez sesiones con el automonitoreo, el paciente pasó a dormirse a la medianoche y despertarse a las ocho de la mañana. Los resultados se sostuvieron en un seguimiento realizado seis meses después de terminado el tratamiento.

Los efectos de reactividad del automonitoreo parecen suceder también con respecto al consumo de alcohol (Schrimsher & Filtz, 2011; Walters et al., 2009), tabaquismo (Abrams & Wilson, 1979; McFall, 1970), abuso de sustancias (Gass et al., 2021), y una larga, larga lista de otras conductas (Chen et al., 2017; Kanfer, 1970; Kopp, 1988; Korotitsch & Nelson-Gray, 1999; Shiffman et al., 2008).

Hago la precaución de que los efectos parecen suceder porque la literatura, aunque copiosa, resulta inconsistente en una primera aproximación. Si bien en general tiende a señalar que el automonitoreo tiene efectos positivos moderados, abundan los casos en los cuales el automonitoreo de una conducta es reactivo en un estudio, pero no en otros.

Sucede que la reactividad del automonitoreo no es absoluta, sino que está ligada a las condiciones en las que se realiza: cuál es el blanco que se elige, cómo se formula, cómo se registra, etc. Por ejemplo, en un estudio de 1979 con fumadores, el monitoreo resultó más reactivo cuando se indicó monitorear la nicotina consumida, y menos reactivo cuando se indicó monitorear los cigarrillos consumidos (Abrams & Wilson, 1979).

Como siempre, el diablo está en los detalles.

En palabras de Sieck y McFall parafraseando a Gordon Paul: “En lugar de preguntar ‘¿es reactivo el automonitoreo?’ o ‘¿es terapéutico el automonitoreo?’, quizá los investigadores deberían estar preguntando “¿Qué efectos ocurren, bajo qué condiciones, en qué conductas, con qué sujetos, y como función de qué procedimientos específicos de automonitoreo?”(1976, p. 958).

La pregunta con respecto a qué condiciones son necesarias para que el automonitoreo tenga un impacto terapéutico apreciable está estrechamente ligada a cómo lo conceptualizamos (es decir, las explicaciones propuestas para el fenómeno), por lo cual de ellas nos ocuparemos a continuación.

Teorías de la reactividad del automonitoreo

¿Por qué el automonitoreo resulta (frecuentemente) reactivo? ¿De qué manera el automonitoreo motiva el cambio conductual? La cuestión es más interesante de lo que parece, ya que una respuesta completa y satisfactoria a ella nos ayudaría a tener mayor claridad en lo pertinente a la autorregulación de la conducta –es decir, todo lo relativo a cómo las personas pueden por sí mismas cambiar hábitos y rutinas.

Las explicaciones actuales del automonitoreo siguen, en líneas generales, las conceptualizaciones desarrolladas en los setenta. A grandes rasgos, tenemos dos líneas de explicación: una más mediacional (más cognitiva, digamos), y otra más conductual (aunque en realidad son dos).

La primera línea de conceptualización sigue los pasos de Kanfer (1970, 1971), que sostuvo que el automonitoreo es parte de un sistema más amplio, con múltiples etapas, de autocontrol o autorregulación de la conducta. Propone que la misma abarca tres etapas: automonitoreo, autoevaluación, autorreforzamiento. La primera etapa, como su nombre nos hace sospechar, consiste en observar y registrar la ocurrencia de la conducta blanco (digamos, registrar que hemos hecho veinte abdominales); la segunda etapa consiste en comparar esa información con los estándares o aspiraciones personales (por ejemplo, evaluar que hacer los veinte abdominales es algo positivo); la tercera etapa es la etapa motivacional, en la cual la persona emite verbalizaciones positivas o se administra alguna recompensa externa (por ejemplo, comprarme un kilo de helado como recompensa por mi logro).

Este es el esquema de la explicación propuesta por Kanfer (1971, p. 42):

En resumidas cuentas, la respuesta que da Kanfer entonces a por qué el automonitoreo es a veces reactivo es que el mismo causa una autoevaluación, que si resulta positiva es autorreforzada, y si es negativa es autocastigada. En última instancia, entonces, la conducta blanco aumenta porque es reforzada por la misma persona, con la mediación de todo este proceso: en mi ejemplo, la actividad de hacer abdominales aumentaría al registrarla porque se ve reforzada por mi recompensa del kilo de helado.

Como ya señalamos, el tipo de modelo explicativo de Kanfer es mediacional/cognitivo, más que estrictamente conductual –particularmente, cabe destacar que en el mismo los eventos externos juegan un papel más bien secundario. Este último punto constituye el eje de las críticas que la segunda línea de explicación de la reactividad del automonitoreo hace a la conceptualización de Kanfer. Esta segunda línea sigue los desarrollos de Howard Rachlin (1974) y es decididamente de corte conductual. Veamos de qué se trata.

Lo que esta línea critica de la explicación de Kanfer no es que incluya cogniciones –las cogniciones son rutinariamente incluidas en las explicaciones conductuales, tanto las del conductismo teleológico de Rachlin, como en el conductismo radical y en el contextualismo funcional, entre otros. Las cogniciones son conductas observables, al menos por una persona. El problema es que, en Kanfer, todo el proceso empieza y termina con conductas: empieza con el registro de una conducta, y termina con un autorreforzamiento, y este último sería el factor responsable de que las conductas fuesen influenciadas por el automonitoreo.

Pero, en un sentido, esto equivale a postular que la causa de lo que una persona hace es… lo que una persona hace. Esto es a todas luces problemático desde una posición conductual, ya que se trata de explicar una conducta (la conducta blanco registrada) a partir de otra conducta (autorreforzarse), lo cual lleva a un cúmulo de objeciones conceptuales. Permítanme una digresión para exponer algunos de los problemas de explicar una conducta a partir de otra conducta.

Tomemos el siguiente ejemplo: si frente a la pregunta “¿por qué cierta persona tuvo un comportamiento machista x?” (una conducta), la respuesta es “porque tiene pensamientos machistas” (otra conducta), la explicación no es necesariamente errónea, sino más bien incompleta: explicamos la conducta A por la conducta B, pero entonces la pregunta sin resolver es por qué la persona emite la conducta B (y la C que es causa de la B, etcétera). Si este tipo de explicaciones se repite, nos quedamos atrapados en una cadena circular de conductas –el cuento de la buena pipa de la psicología.

Por ejemplo, una respuesta así deja sin resolver varias cuestiones cruciales: ¿en qué contexto y de qué manera la persona aprendió y sostuvo esas creencias? ¿cuál es el contexto que sostiene que esas creencias lleven a esas conductas de esa manera particular? ¿cuáles son las consecuencias contextuales de esas conductas? Postular que las conductas machistas serían causadas por pensamientos machistas no considera que la mayoría de las personas tienen alguna creencia de este tipo sin que esto se refleje en conductas observables, o que los comportamientos machistas no son emitidos mecánicamente todo el tiempo, sino que son altamente sensibles a la situación. Si las conductas machistas fuesen causadas por las creencias, tendrían que emitirse siempre que esas creencias estuviesen presentes, pero lo que observamos es que ese vínculo sólo opera en determinadas situaciones, y una explicación conductual requiere especificar cuáles son esas condiciones. El contexto funciona como un límite para la circularidad de las explicaciones.

Las explicaciones conductuales pueden incluir vínculos entre eventos internos (por ejemplo, entre emociones y cogniciones), pero requieren que se especifique las condiciones actuales e históricas que permiten ese vínculo, por lo cual eventualmente es necesario incluir factores del ambiente externo. Por añadidura, las conductas no son directamente manipulables, pero los elementos ambientales del contexto sí lo son. No es posible, por ejemplo, “borrar” creencias machistas, pero sí es posible manipular los elementos ambientales que sostienen o permiten las conductas machistas, por ejemplo, estableciendo consecuencias aversivas graduales y efectivas para dichas conductas.

Volvamos entonces a nuestro tema. Este fue entonces el eje del rechazo a la explicación de Kanfer y a todas las que siguen esa línea: apelar al autorreforzamiento deja sin resolver en última instancia cómo es que el automonitoreo lleva al cambio conductual. No es toda la explicación lo que se cuestiona, sino aquello que se postula como elemento motivacional. Digamos, se cuestiona que autorreforzamiento sea efectivamente un reforzamiento. El autorreforzamiento es generalmente en realidad autoconsecuación: se administra una consecuencia, pero esto no hace que esa consecuencia funcione necesariamente como un reforzador.

Esto es más compatible con la experiencia cotidiana. Si después de hacer abdominales prescindo del helado o de cualquier otra recompensa, es probable que de todos modos vuelva a repetir los abdominales al día siguiente. Pero esto es una contradicción: si el helado fuera efectivamente el reforzador de esa conducta, al retirarlo tendríamos que comenzar a ver un proceso de extinción. Pareciera más apropiado entonces decir que el helado es una consecuencia, mas no necesariamente un reforzador, por lo cual no sería un caso de autorreforzamiento sino de autoconsecuación. Lo que efectivamente sostiene esa actividad son los efectos deseados a largo plazo del ejercicio: si retirásemos el helado seguiría haciendo abdominales, pero si de alguna manera bloqueáramos los beneficios de salud o estéticos de ejercitarse, probablemente la actividad cesaría.

La explicación alternativa propuesta por Rachlin va en esa línea, y propone que la acción de registrar una conducta sirve como señal [cue] de las consecuencias últimas que controlan la conducta. El automonitoreo (como también el supuesto autorreforzamiento) sería entonces una “forma de incrementar la saliencia de las relaciones entre conducta y sus consecuencias”(Rachlin, 1974, p. 105). Por ejemplo, al monitorear el tiempo diario dedicado al estudio, el acto de registrarlo sirve como enlace entre la acción de estudiar y las consecuencias últimas por las cuales se estudia (recibirse de una determinada carrera, aprender, conseguir otro trabajo, o lo que sea la consecuencia deseada en cada caso).

Entonces, la respuesta de Rachlin a por qué el automonitoreo modifica la conducta objetivo es que la acción de registrar actúa como señal o recordatorio de las consecuencias últimas deseadas. Una consecuencia práctica de esta definición es que nos permite prescindir del autorreforzamiento, y nos lleva a enfatizar las consecuencias ambientales últimas de la conducta, que en la conceptualización de Kanfer quedan en segundo plano (también nos hemos ocupado de las ideas de Rachlin hace unos años en nuestro artículo sobre autorreforzamiento)

Pero aún podemos rizar más el rizo conceptual, para desgracia de ustedes. Como mencionamos antes, la explicación conductual tiene dos aristas, y si extienden su paciencia un poco más, intentaremos abordar la segunda.

En 1981, Nelson y Hayes publicaron una revisión de las explicaciones teóricas de la reactividad del automonitoreo, en la cual en líneas generales adhirieron a la conceptualización de Rachlin, pero añadiéndole un elemento crucial (Nelson & Hayes, 1981). Como habrán notado, tanto las explicaciones de Kanfer como la de Rachlin para la reactividad del automonitoreo empiezan por una conducta –la conducta blanco que se registra. Ambas explicaciones divergen sobre cuáles son las consecuencias que están en juego –Kanfer postula que es un evento conductual (autorreforzamiento), mientras que Rachlin postula que es un evento ambiental (la consecuencia distante)– pero ambas postulan un antecedente conductual para la reactividad, que sería la conducta registrada que da pie a la cadena.

Pero, nuevamente, esto es inconsistente con una perspectiva conductual. En toda secuencia de antecedentes–conducta–consecuencias, el ABC del análisis de la conducta, si bien los antecedentes y las consecuencias pueden incluir eventos conductuales, ambos tienen que incluir en última instancia eventos ambientales. Rachlin efectivamente señaló esto con respecto a las consecuencias –y por eso rechazó la idea del autorreforzamiento– pero omitió considerar que lo mismo aplica para los antecedentes.

La propuesta de Nelson y Hayes es esencialmente una expansión y desarrollo de la conceptualización de Rachlin que incluye los antecedentes. Lo dicen de esta manera: “querríamos sugerir que el estímulo disparador no es solamente la respuesta de automonitoreo en sí misma. Más bien, el estímulo que señala las consecuencias ambientales que resultan en cambio conductual es el procedimiento completo de autorregistro, incluyendo las instrucciones de la terapeuta, el entrenamiento en automonitoreo, el dispositivo de automonitoreo en sí, los comentarios de otras personas sobre el dispositivo, las respuestas de automonitoreo, y si ocurren y cuando ocurren, otros eventos descriptos como ‘autoevaluación’ o ‘autoconsecuación’” (Nelson & Hayes, 1981, p. 7).

Es decir, el antecedente de toda la secuencia no es la conducta blanco que se registra (un evento conductual), sino el conjunto de factores involucrados en la prescripción del automonitoreo (un evento ambiental). Este agregado modifica la importancia del automonitoreo, incluyéndolo dentro de una clase heterogénea de eventos que son antecedentes para la conducta blanco.

Usemos un ejemplo para ilustrar la diferencia entre las tres conceptualizaciones. Supongamos que la conducta que se monitorea es sentarse a estudiar, y asumamos que ese monitoreo es reactivo.

La explicación de Kanfer sería que la conducta aumentó porque el automonitoreo dio pie a un autorreforzamiento (algo que la persona se dijo, o una recompensa que se proporcionó en ese momento).

La explicación de Rachlin, en cambio, diría que el automonitoreo le recuerda a la persona las consecuencias distantes deseadas de estudiar –por ejemplo, conseguir un título universitario– y ese contacto mediado con esas consecuencias deseadas distantes refuerza y así aumenta la frecuencia del estudio. El automonitoreo hace más presente el futuro distante deseado, por así decir. La explicación de Nelson y Hayes sería que el automonitoreo forma parte de una constelación de factores, junto con la conversación en sesión sobre el tema, la discusión de la importancia de la conducta, de los objetivos, tener la planilla de registro a mano en su casa (aunque no se use) etc., y es toda esa constelación de factores la que funciona como recordatorio de las consecuencias distantes de estudiar. El automonitoreo sería entonces uno más de los factores clínicos que hace presente el futuro distante deseado.

Cada conceptualización involucra consecuencias para la práctica. Si quisiéramos aumentar la efectividad del automonitoreo en modificar la conducta, si siguiéramos a Kanfer tendríamos que ocuparnos del autorreforzamiento que sigue al automonitoreo. Si, en cambio, siguiéramos a Rachlin, podríamos omitir el autorreforzamiento, enfatizando en cambio las consecuencias distantes deseadas (por ejemplo, escribiéndolas en la planilla de registro). Si añadiéramos a Nelson y Hayes, no enfatizaríamos sólo el automonitoreo en sí, sino que más bien orientaríamos todo el procedimiento de autorregistro de manera de aumentar el contacto con las consecuencias últimas deseadas, por ejemplo, fomentando en sesión una conversación extensa sobre las consecuencias deseadas, alentando a la paciente a explicitar razones a favor de las mismas, y utilizando cualquier otro recurso que involucre hacerlas más salientes, más visibles en la vida cotidiana.

Como reza la expresión: no hay nada más práctico que una buena teoría.

Consideraciones clínicas

Hay algunos puntos a tener en cuenta para utilizar la reactividad del monitoreo como herramienta para el cambio de conductas. Los ítems que revisaremos a continuación han sido extraídos de dos revisiones (Chen et al., 2017; Kazdin, 1974), así que pueden remitirse a ellas para tener un panorama más detallado. Tomaremos como ejemplo la conducta blanco de hacer actividad física y veremos qué implicaría cada recomendación.

Valencia

Para que el automonitoreo tenga un impacto sobre una conducta, ésta debe ser deseable (o indeseable, si lo que se busca es reducirla). Esto es, meramente monitorear una conducta no es reactivo si la conducta en sí no es foco de cambio (Kazdin, 1974). Por ejemplo, varias investigaciones encontraron que el monitoreo no aumenta ni disminuye el consumo diario de marihuana en personas que no están buscando tratamiento (Buu et al., 2020; Isaacs et al., 2021).

Por este motivo sería recomendable que antes de asignar el automonitoreo de una conducta la misma sea mutuamente acordada como foco de cambio –por medio de la conversación clínica o utilizando cualquier recurso terapéutico disponible y viable (entrevista motivacional, análisis funcional, congruencia con valores, etc.). En nuestro ejemplo de la actividad física, esto implicaría que no sería útil solo indicar unilateralmente monitorear el nivel de actividad física, sino que sería preferible una conversación previa sobre si efectivamente se trata de una conducta que la paciente querría cambiar, y conversar sobre sus motivos y razones para ello.

Expectativas

Otro aspecto a tener en cuenta es que fomentar expectativas positivas sobre los efectos del automonitoreo parece aumentar su eficacia. En una investigación en tabaquismo, Karoly y Doyle (1975), encontraron que al indicar un monitoreo del consumo de tabaco, informar a los participantes que el registro servía para ayudar a reducir o eliminar el consumo aumentó la reactividad del automonitoreo.

Esto sugiere que probablemente sea una buena idea explicar en detalle a los pacientes el sentido y propósito del automonitoreo, señalando su doble utilidad (recogida de datos y efectos reactivos), y despejando cualquier duda al respecto. En nuestro ejemplo, bastaría con señalar que monitorear la actividad física probablemente ayude a que ésta aumente.

Criterios u objetivos

La evidencia señala que acordar metas específicas o criterios para el cambio deseado puede aumentar la reactividad del automonitoreo(Kazdin, 1974, p. 711). Esto puede sugerir que además de fomentar expectativas, se discuta cuál sería un objetivo deseable (y realista).

Vale la pena recordar aquí que siempre es preferible escoger objetivos mínimos, que sean alcanzables, antes que objetivos excesivamente desafiantes que terminen resultando aversivos.

Volviendo a nuestro ejemplo, esto nos sugeriría acordar durante la sesión, además del automonitoreo, algún tipo de objetivo para la actividad física, por ejemplo, 10 minutos por día, o cualquier cantidad de ejercicio 3 veces por semana.

Feedback

La evidencia señala que la reactividad se ve favorecida si la persona tiene acceso constante a algún tipo de feedback del monitoreo (Kazdin, 1974, p. 714). Esto es, no es lo mismo meramente contar cada instancia de la conducta blanco que poder ver el registro acumulado de cada vez que se emitió. Por ejemplo, en la primera versión del tratamiento de activación conductual para depresión (BATD, por las siglas en inglés; Lejuez et al., 2001), se incluía un registro acumulativo de las actividades realizadas cada semana, de manera de que el paciente pudiera visualizar su progreso:

El registro fue luego eliminado para simplificar el tratamiento, pero el principio es útil para tener en cuenta. En nuestro ejemplo, que la paciente registre cada día en una misma hoja su actividad física puede ser suficiente para proporcionar un feedback útil. De manera similar, en nuestro libro de ACT con adolescentes (Mandil et al., 2017) compartimos un ejercicio que involucraba depositar una moneda en una alcancía (o algún tipo de ficha en un recipiente cualquiera) por cada acción realizada al servicio de un valor durante la semana. La acumulación de monedas o fichas servía entonces como feedback visual de las acciones realizadas. El punto aquí es que no es necesario atarse al formato, sino entender la función de esos aspectos del automonitoreo.

Complejidad

Puede ser tentador incluir en las planillas de automonitoreo un rango amplio de variables a registrar, pero si bien esto puede ser necesario desde un punto de vista de la recogida de información, puede ser contraproducente para la reactividad del monitoreo. Hayes y Cavior (1977), encontraron que agregar variables al monitoreo redujo su reactividad.

Algo similar encontraron Helsel y colaboradores (2007), en una investigación sobre automonitoreo en descenso de peso: es la conducta de automonitorear, más que el detalle de lo monitoreado, lo que tiene un efecto positivo.

La sugerencia sería mantener el registro tan simple como sea posible, incluyendo los mínimos factores necesarios. En nuestro ejemplo, en lugar de pedir un registro detallado del tipo de actividad física, duración, intensidad, y demás, podríamos limitar el registro a marcar si un día hubo actividad física o no.

Consistencia y frecuencia

Varias investigaciones señalan que, al menos para algunas conductas, la consistencia del automonitoreo está cercanamente asociada a su reactividad (Bauteile & Kirschenbaum, 1998). Esto sugiere que puede ser una buena idea ocuparse de que el automonitoreo se realice de manera consistente (por ejemplo, todos los días).

Esto, por supuesto, viene a apoyar lo que observamos en el apartado anterior: cuanto más complejo y detallado sea el automonitoreo, menos probabilidades habrá de que se mantenga.

En nuestro ejemplo, esto nos sugiere realizar un registro todos los días, sea que haya hecho o no actividad física ese día.

Cerrando

El automonitoreo constituye uno de los ejes centrales en todas las terapias asociadas a la tradición conductual –muy probablemente sea el único componente que es compartido por todas las variedades de terapia cognitivas y conductuales. Pese a ello (o quizá a causa de ello), no es un elemento que reciba demasiada atención, sino que suele darse por sentado o relegarse a los márgenes de las terapias.

Con un poco de suerte algo de estas líneas haya servido para notar que hay bastante tela para cortar, incluso en asuntos que parecen marginales o cotidianos –aunque quizá solo haya servido para mostrar cómo un docente puede enroscarse con casi cualquier tema.

En cualquier caso, espero que les haya resultado interesante.

Nos leemos la próxima!

Bonus: pueden hacer clic aquí para descargar una adaptación de la planilla de automonitoreo de rumiación utilizada en la investigación de Fredericksen

Referencias

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