El canon de Morgan – Citas ilustradas

¡Volvimos con el favorito de toda la familia, las citas ilustradas!

Hoy hablaremos de alguien que afiló la Navaja de Occam para usarla en psicología.

Como quizá sepan, la navaja de Occam (también conocida como principio de parsimonia), es un principio metodológico que establece que ante varias hipótesis igualmente válidas para explicar un fenómeno, debe elegirse la que implique menos supuestos –en otras palabras, debe preferirse siempre la explicación más simple. La formulación canónica del principio de parsimonia es “no deben multiplicarse las entidades sin necesidad” (yo prefiero la interpretación en castellano lunfardo bajo la forma “no hay que conjeturar al pedo”, pero es cuestión de gustos). Esto, por supuesto, sólo aplica cuando las hipótesis son igualmente útiles –si la hipótesis más compleja permite explicar mejor, entonces debe preferírsela.

En psicología, curiosamente, la navaja funciona al revés, ya que en igualdad de condiciones, solemos preferir la hipótesis con mayor número de supuestos (“cuanto más complicada sea una teoría, mejor”). Si la navaja de Occam se llama así porque se utiliza para podar y recortar hipótesis innecesarias, creo que en psicología estaríamos haciendo un uso excesivo de la regadera de Occam, aquella con la función inversa (#detenganlaregaderadeOccam).

Con esto en mente presentemos el objeto de la cita ilustrada de hoy: una aplicación especial del principio de parsimonia en psicología.

Conwy Lloyd Morgan fue un etólogo y psicólogo que trabajó en el área de psicología animal comparada entre finales de siglo XIX y principios del XX, y acuñó el canon de Morgan, que prescribe una forma de aplicación del principio de parsimonia al estudiar la conducta animal:

 

 

En ningún caso debe interpretarse una actividad animal en términos de procesos psicológicos superiores si puede ser igualmente interpretada en términos de procesos inferiores en la escala de evolución y desarrollo psicológico (Morgan, 1903)

 

 

Creo que el canon de Morgan sigue siendo una buena prescripción no sólo para psicología comparada (Morgan lo utilizó para criticar el excesivo antropocentrismo en psicología animal), sino para la psicología en general: si algo se puede explicar en términos de procesos más básicos, es mala práctica recurrir a procesos más complejos (salvo, como mencionamos antes, cuando la explicación más compleja tuviere mayor poder explicativo). Al examinar una explicación psicológica, vale la pena detenerse y hacerse esta pregunta: ¿podría explicarse igualmente con procesos más básicos?

Nos leemos la próxima!

 

Referencias

Morgan, Conwy Lloyd (1903). «Chapter 3. Other minds than ours». An Introduction to Comparative Psychology (2nd ed.).

 

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