Ahora me ves, ahora no: conciencia y condicionamiento

Como cada tanto, hoy vuelvo a repetir la columna de divulgación “Lea conductismo que casi no duele”, motivo por el cual les comparto una investigación que es de lo más interesante.

Hay una pregunta respecto al condicionamiento operante que vuelve a formularse cada vez que se habla de condicionamiento operante, y es: ¿qué tanto efecto tienen los refuerzos y castigos sobre los seres humanos? Después de todo, pareciera ser que somos animales bastante sofisticados -un poco más que las palomas de Skinner, al menos-, animales con un montón de ideas respecto a la autodeterminación, con claras explicaciones sobre lo que hacemos y por qué, y con la capacidad de introspección que nos separa del resto del reino animal. ¿A quién se le ocurre que los mismos procedimientos que funcionan con ratas podrían funcionar con nosotros?

Denme quince minutos y les cuento.

Al laboratorio, fucking yeah

El estudio que les traigo para lidiar con esa pregunta es uno que Hefferline, Keenan y Harford realizaron en 1959. Explícitamente, lo que querían investigar era si podían condicionar una respuesta, en un ser humano, que no estuviera bajo control voluntario, es decir, condicionar una respuesta que tuviera lugar aún cuando el sujeto no tuviera conciencia de estar respondiendo (el término es mío, no de ellos).

Para esto, tomaron cuatro grupos de personas a las cuales adhirieron varios electrodos, con la excusa , de que iban a estudiar la tensión muscular en respuesta a la música y a sonidos fuertes. En realidad, sólo un conjunto de electrodos estaba activo, el que monitoreaba la mano izquierda. La respuesta que buscaban condicionar era una pequeña contracción del pulgar izquierdo.

El corazón del experimento era este: expondrían a los sujetos a un estímulo desagradable (un sonido fuerte), y sólo cuando los sujetos produjeran una leve contracción del pulgar el sonido cesaría –es decir, un procedimiento estándar de refuerzo negativo. La contracción que establecieron como objetivo era tan pequeña como para no ser notada ni siquiera por los propios sujetos, y ni siquiera los experimentadores podían observarla sin los electrodos (prueben a mover el pulgar izquierdo un mílimetro y verán por qué es difícil de observar).

Cada  persona entró en uno de cuatro grupos experimentales a los cuales se les dieron distintas instrucciones:

  • Al Grupo 1 se le dijo que el estudio era para observar los efectos de la música y los sonidos fuertes sobre la tensión del cuerpo –ninguna otra instrucción
  • Al Grupo 2 se le dijo que iban a experimentar un sonido fuerte y que si realizaban un pequeño movimiento iba a silenciar ese sonido o a posponer que apareciera –no se les dijo de qué movimiento se trataba
  • Al Grupo 3 se le dijo que el movimiento era una pequeña contracción del pulgar –es decir, se les dijo efectivamente cuál era la respuesta que terminaría con el sonido aversivo.
  • Al Grupo 4 también se le dijo cuál era el movimiento, pero además se ubicó frente a los sujetos un medidor que reflejaba los movimientos del pulgar reflejados por los electrodos –una especie de ayuda visual.

El experimento se hizo con una persona por vez, y básicamente consistió en esto:

  1. En primer lugar a través de un par de auriculares se reprodujo música durante unos 10 minutos y los sujetos se relajaron.
  2. A continuación se empezó a reproducir superpuesto a la música un sonido fuerte y desagradable (un zumbido de tono grave).
  3. Si se detectaba la respuesta blanco (es decir, si se detectaba la pequeña contracción del pulgar), el sonido desagradable cesaba por 15 segundos, o se posponía su inicio durante 15 segundos si no estaba sonando en ese momento.
  4. Esto se mantuvo durante una hora, con una interrupción de 5 minutos luego de la media hora.

– ¿Y?, ¿qué pasó? -dirán ustedes.

Bien, de acuerdo al estudio, todos los sujetos respondieron según lo esperado. Es decir, todos emitieron las pequeñas contracciones del pulgar izquierdo que demoraron o terminaron el sonido aversivo. Sin importar si les habían dado instrucciones o no, en todos los grupos respondieron de manera similar, contrayendo levemente el pulgar cuando el sonido comenzó y siguieron contrayéndolo, evitando así que el sonido volviera.

Bueno, seguramente los sujetos se dieron cuenta de qué era lo que tenían que hacer para cortar el dichoso ruidito – insistirán ustedes, escépticos.

Pero…no fue así. En una entrevista posterior, los miembros del Grupo 1 dijeron que habían sido “víctimas pasivas con respecto a cuándo empezaba y cuánto duraba el sonido”. Es decir creían que habían sido pasivos en la situación, que el sonido empezaba y terminaba arbitrariamente, aún cuando ellos efectivamente habían estado controlando la duración del sonido sin notarlo.

Los miembros del Grupo 2, a los cuales se les dijo que un pequeño movimiento pondría fin al sonido, no pudieron descubrir cuál era ese movimiento… también a pesar de que efectivamente habían estado efectuando ese movimiento y controlando el sonido. Los miembros del Grupo 2 creyeron entonces, al igual que los del Grupo 1 que no habían tenido ningún control sobre el sonido.

Los miembros del Grupo 3 afirmaron haber “descubierto”, una secuencia que ponía fin al sonido desagradable: “(realizar) un movimiento sutil de remo con ambas manos, pequeñas sacudidas en los tobillos, mover ligeramente la mandíbula hacia la izquierda, exhalar y luego esperar” (cita del original). Esta respuesta es preciosa. Por las dudas, repito: al igual que los otros grupos, estos sujetos también habían estado respondiendo efectivamente contrayendo el pulgar cada vez que aparecía el sonido desagradable. A este grupo se le había informado que el movimiento en cuestión era una contracción del pulgar. Todas esas respuestas accesorias (la exhalación, la mandíbula) eran absolutamente innecesarias e inefectivas.

 

Derivando ideas

Esta investigación es preciosa aún cuando su alcance sea limitado: se trabajó con una respuesta simple y discreta, algo que es completamente esperable cuando se está avanzando en una línea de investigación nueva. Por supuesto, esta investigación se replicó posteriormente (pueden replicarla ustedes mismos si tienen un par de electrodos que no usen), y surgieron investigaciones más complejas sobre esta línea. De todos modos, creo que como ejemplo, permite arrojar algo de luz sobre varios puntos.

En primer lugar, el condicionamiento operante funciona en humanos tanto como en animales. Por supuesto, esto no quiere decir que los modos de responder sean exactamente iguales, el ser humano tiene algunas características únicas, pero las leyes del comportamiento aplican en ambos casos.

En segundo lugar, es interesante notar que se puede condicionar una respuesta aún cuando no estemos al tanto de que está sucediendo. Dicho en un lenguaje no técnico: no es necesaria la conciencia para responder.

En tercer lugar, creo que este estudio sugiere algo a tener en cuenta para la clínica: no tomen al pie de la letra las explicaciones y justificaciones, y menos aún las interpretaciones de toda índole.

Si en algo tan simple como la contracción de un pulgar nos encontramos con tantas explicaciones fuera del tarro (“en realidad no tenía control sobre el sonido”, “tenía que mover la mandíbula hacia la izquierda), quizá sea saludable tomar toda historia, toda narrativa con un grano de sal. Como bien saben los clínicos con experiencia, algunos terapeutas ayudan a sus pacientes a crear excelentes explicaciones e interpretaciones de por qué les pasa lo que les pasa, explicaciones tan bonitas como estériles, que no ayudan a que nada cambie (o peor aún, cuando las cosas cambian por otros motivos, se atribuye ese cambio a las explicaciones).

Sean escépticos con todo, pero ante todo sean escépticos de ustedes mismos.

 

 

 

 

Referencias

 

Hefferline, R. F., Keenan, B., & Harford, R. A. (1959). Escape and avoidance conditioning in human subjects without their observation of the response. Science, 130, 338-1339.